Hace diez años, Jimena Zicavo recibía en el Coliseo Podestá junto otros estudiantes el premio “Joaquín V. González”, una distinción que se entrega todos los años a los mejores promedios en cada una de las facultades de la UNLP. En su caso, acababa de recibirse de abogada con 8,94, la nota más alta de su promoción. Pero ya para entonces hacía tiempo que ella trabajaba como asistente en el estudio jurídico de su papá y había hecho además una pasantía en la Justicia para aprender la profesión. Es por eso que una década más tarde al pensar cómo ha sido su carrera hasta hoy, Jimena sostiene que “si bien el desempeño académico es importante”, en su caso no le habría servido de mucho de no haber ido acompañado de una constante inquietud por “aprender las exigencias del mundo laboral”.
Jimena -que hasta hace unos meses dirigía una de las áreas de la Unidad de Información Financiera (el organismo “antilavado” del gobierno nacional) y hoy trabaja en la Fiscalía de Estado Bonaerense- representa en su realidad laboral a muchos de los mejores promedios de su promoción: pese a haber tenido oportunidades, se quedó a trabajar en el país, hoy tiene más de un empleo y parte de sus ingresos provienen del sector estatal.
Ese perfil dominante surge de un pequeño sondeo que realizó EL DIA entre los mejores promedios de la UNLP del año 2006. La idea era conocer cómo resultó para ellos la experiencia de hacerse un lugar en el mercado del trabajo, en qué áreas terminaron desempeñándose profesionalmente, si se quedaron o no en Argentina y en qué medida el hecho de haber tenido un promedio académico alto incidió en sus carreras, según creen diez años después.
EL PESO DEL PROMEDIO
Uno de los temas que más dividió opiniones entre los entrevistados fue la importancia graduarse con un promedio alto. Mientras que una mitad no cree que haya incidido en su carrera, la otra mitad reconoce que resultó determinante para su devenir laboral. No resulta curioso que quienes más valoran el peso de su desempeño académico sean aquellos que eligieron hacer carrera en el campo de la investigación.
Uno de los temas que más dividió opiniones entre los entrevistados fue la importancia graduarse con un promedio alto. Mientras que una mitad no cree que haya incidido en su carrera, la otra mitad reconoce que resultó determinante para su devenir laboral
“El promedio fue decisivo para ingresar como becario al CONICET. Yo sabía que con esa nota me aseguraba una beca bajo casi cualquier escenario posible”, reconoce Diego Balseiro, quien se graduó como licenciado en Biología con un promedio de 9,30 y gracias a aquella beca se doctoró más tarde como geólogo en la Universidad Nacional de Córdoba, donde hoy trabaja como investigador. “Más allá de que gran parte de mi familia se dedica a la ciencia, lo que me daba un buen panorama del campo laboral, en nuestra facultad muchos profesores nos aconsejaban preocuparnos de entrada por sacar notas altas, como el medio para entrar a trabajar donde querés”, agrega Diego, que hoy se dedica a investigar las consecuencias del cambio climático en el Paleozoico.
También Agustín García Iglesias, el mejor promedio en la licenciatura en Matemática de aquel año, admite que el 9,89 de promedio con que terminó su carrera de grado fue para él “la puerta de entrada a la carrera de investigador”. Y es que esa nota le permitió ganar una beca del CONICET para hacer su doctorado en el área del álgebra abstracta en la Universidad Nacional de Córdoba, el centro académico que le ofrecía mejores oportunidades en ese campo y donde hoy trabaja como docente e investigador.
PLURIEMPLEO
“Tener un promedio destacado sirve como una primer carta de presentación cuando aspirás por ejemplo a concursar por un cargo docente, ya que apenas recibido uno no suele tener tanta experiencia en el ámbito profesional. Ser un promedio destacado es siempre algo muy reconocido por pares o incluso por clientes, les da cierta `referencia` más allá de conocer previamente lo que uno hace o ha hecho a nivel profesional”, coincide al opinar Matías García Vogliolo, arquitecto y mejor promedio de su facultad en 2006.
Para Matías, que ya venía trabajando desde estudiante en el estudio de su padre -donde pasó de ser cadete a socio-, la experiencia como profesional independiente siempre fue complementaria a su vocación por enseñar. “Arranqué con cargos ganados por concurso desde ayudante alumno y ayudante diplomado pasando por jefe de trabajos prácticos hasta llegar a ser en la actualidad profesor adjunto”, cuenta Matías, quien hoy reparte sus compromisos laborales entre proyectos privados y la docencia en la Universidad.
El hecho de tener al menos dos trabajos como Matías es otra de las características que comparte la mayoría de los mejores promedios de su generación. También Ismael Malbrán, uno de los mejores promedios de aquel año en la Facultad de Agronomía, tiene dos ocupaciones. Hoy doctor en Ciencia Agropecuarias, se dedica tanto a investigar ciertos hongos que afectan los cereales y las hortalizas como a trasmitir sus conocimientos desde la cátedra de Fitopatología de la UNLP.
El hecho de tener al menos dos empleoses otra de las características que comparte la mayoría de los mejores promedios de esta generación, donde algunos tienen hasta cuatro
Pero tener dos empleos que se complementan -como en el caso de Ismael- constituye apenas la base para la mayoría de esa generación de graduados, donde algunos tienen hasta cuatro. Es el caso por ejemplo de Laura Yebra, premiada entre los mejores promedios de Psicología aquel 2006. Tras dedicarse algún tiempo a la docencia, ella comenzó a trabajar en 2009 en el Patronato de Liberados de la Provincia realizando evaluaciones psicológicas a personas en conflicto con la ley, una ocupación que hoy desarrolla a par de su propia práctica privada y la atención de consultorios en una clínica de La Plata y una salita sanitaria en una localidad del interior.
El suyo no es con todo un caso excepcional. También Rodrigo Cerezo, el mejor promedio de la Facultad de Medicina de su promoción, tiene cuatro empleos. Especialista en cirugía vascular periférica y endovascular, hoy trabaja como cirujano ablacionista para el CUCAIBA, es docente en cátedra de Anatomía Humana de la UNLP, implanta marcapasos en hospitales municipales y forma parte del Servicio de Emergencias del San Juan de Dios.
EN EL ESTADO
Como se desprende de los relatos de los entrevistados, la mayoría no sólo tiene más de un empleo sino que uno de ellos está en el sector estatal. “Salvo un breve paso por la docencia en un instituto privado, mis trabajos siempre fueron para organismos del Estado, en especial para la Universidad, que ha sido mi gran espacio tanto de formación como a nivel laboral”, reconoce Analía Martino, mejor promedio de su camada en la Facultad de Periodismo y creadora del área de Comunicación del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, modelo de esta práctica en la Ciudad.
Pese a haber trabajado también para el Estado y haber tenido más de un empleo, el caso de Andrés Fortier, el mejor promedio de la Facultad de Informática en 2006, es más bien excepcional. Y es que si bien apenas graduarse como licenciado en Informática se abocó a la docencia y la investigación, hace unos años renunció a su beca doctoral del CONICET para pasarse al sector privado. “Con mi mujer decidimos venir a vivir a San Martín de los Andes y la mejor alternativa era trabajar en forma remota para alguna empresa”, explica Andrés, hoy programador de una firma que presta servicios informáticos en el área de la robótica: “desde vehículos autónomos hasta robots para delivery en hoteles y drones”, detalla él.
FUERA DEL PAIS
Así como Andrés eligió vivir en San Martín de los Andes, Josefina Eliggi, mejor promedio de Bellas Artes en 2006, se fue a vivir a Zurich, donde actualmente desarrolla un emprendimiento en el campo del diseño textil. “En 2011 creé junto con mi marido un proyecto llamado `Anna & Juan` basado en el desarrollo de textiles sustentantes y el uso de tintes naturales, con el objetivo de recuperar técnicas tradicionales y aplicarlas de forma moderna y desde una perspectiva de diseño contemporáneo”, cuenta.
Aunque varios reconocen haber hecho experiencias laborales afuera del país, sólo un porcentaje menor de los mejores promedios de aquel año trabaja hoy en el exterior. Mientras que algunos tomaron esa decisión por cuestiones personales otros lo han hecho siguiendo una aspiración laboral. Tal es el caso de Cecilia Fariña, mejor promedio de su carrera en 2006. Tras un año como becaria postdoctoral en La Plata, “me salió la oportunidad de trabajar en el observatorio Isaac Newton Group of Telescopes. Tengo la suerte de decir que es exactamente el trabajo que soñaba hacer cuando comencé a estudiar”, dice ella desde La Palma, Islas Canarias, donde reside hoy.
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