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Quizás muchos lectores conozcan este cuento, pues circuló profusamente hace unos años (allá por 2008 y 2009), pero estos días de cierre del año son oportunos para recordarlo. El relato se centra en un profesor de filosofía que cierto día llega a clase con un frasco grande en la mano. Saluda a sus alumnos y, ante la atención y la sorpresa de ellos, saca de su portafolio varias pelotas de golf y las introduce en el frasco hasta que no cabe una más.
“¿Este frasco está lleno?”, pregunta a la clase y la respuesta colectiva es “Sí”.
Toma entonces una bolsa de maíz y la vacía en el frasco. Los maíces ocupan los intersticios entre las pelotas. “¿Está lleno ahora?”, pregunta. Y, entre risas, la respuesta es “Sí”. Como tercer paso el profesor saca del portafolio, que parece la galera de un mago, una bolsa con arena y la vuelca en el frasco donde la arena se desparrama en cada espacio posible. El hombre inquiere: “¿Está lleno?”. Sube el volumen de las risas: “Sí”.
Cuando parece que nada más cabrá en el recipiente, el profesor extrae un termo y dos pocillos. Echa café humeante en cada una de las tacitas y luego las vacía en el frasco, donde el café se desparrama y tiñe el contenido. Los estudiantes se miran entre sí con una mezcla de admiración y asombro mientras ríen gozosamente. ¿Cómo es posible aquello que ocurre ante sus ojos, cuando el frasco ya estaba aparentemente lleno con las pelotas de golf?
Mientras la clase se serena el profesor toma el pote en sus manos y lo eleva para que todos lo vean. “Este frasco, dice, es la representación de la vida, obsérvenlo bien”, comienza. “Si yo hubiera empezado por poner en él la arena, no hubiera habido espacio para el maíz y las pelotas de golf. Y las pelotas significan, en verdad, las cosas importantes de la vida. El amor, los seres queridos, nuestras vocaciones, la salud, la contemplación del mundo en que vivimos, su cuidado, el tiempo que dedicamos a todo eso. Podrían no caber las otras cosas en el frasco, pero con esto nos bastaría”.
A continuación explica que el maíz representa temas tales como el auto, el trabajo, las diversiones, la ropa, los artefactos que nos compramos y que creemos imprescindibles. Si no hubiera lugar para todos ellos, de todos modos nuestra vida sería llevadera y con muchos momentos de felicidad. Finalmente, la arena es sinónimo de pequeñas cosas sin importancia decisiva, veleidades, deseos fútiles, tonterías que nos incitan a tener o a comprar. Si no cupieran, nada se alteraría.
El silencio sigue a estas palabras en tanto los estudiantes recapacitan sobre lo que acaban de ver y escuchar. Entonces uno de ellos irrumpe: “Disculpe, profesor. ¿Y qué significa el café?”. El docente lo mira y sonríe; “Qué excelente pregunta”, responde. “Que el café haya entrado en el frasco demuestra que, aun cuando tu vida parezca llena y completa, siempre habrá espacio para compartir un café con un amigo”. A continuación insiste en la importancia de dedicar tiempo a lo que representan las pelotas de golf, de establecer prioridades y respetarlas, de no dejarse ganar por lo más superficial e intrascendente. “El resto es solo arena, recuerden, si cabe, cabe, y si no, no importa”. En cuanto al café, sonríe, siempre cabe.
Somos seres dotados de conciencia y libertad. La libertad, sin embargo, tiene exigencias. No consiste en hacer lo que se nos da la gana en cualquier momento y lugar o en ignorar límites. La libertad requiere noción de las consecuencias de nuestras acciones y responsabilidad para hacernos cargo de esas consecuencias
VALORAR LO VALIOSO
Acaso este sea un buen momento para revisar que hemos hecho durante el año con aquello que hay en el frasco de nuestra vida, el orden en que introdujimos los ingredientes, qué quedó afuera si es que algo no entró y, por último, que fue del café. La médica suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004) hacia una reflexión que entra en sintonía con este relato después de haber dedicado su vida al acompañamiento de enfermos terminales y a los cuidados paliativos. Según ella, jamás había escuchado a una persona quejarse, en el momento final de su vida, de no haber dedicado más tiempo a las compras, al trabajo, a mirar televisión (hoy podríamos agregar a navegar en internet o a sumergirse en las redes sociales), a concurrir a fiestas, a visitar shoppings. En cambio, le resultaba común oír (y trataba de mitigar ese dolor) los lamentos agónicos por haber desperdiciado las oportunidades de compartir tiempo, proyectos, dolores y alegrías con los seres más cercanos y queridos, por haberlos desatendido cuando llamaban o invitaban. Las personas se quejaban (inútilmente ya) por no haber escuchado sus propias voces interiores cuando estas procuraban guiarlos hacia propósitos o búsquedas que quedaron abortadas o inéditas. También por no haber correspondido al amor recibido al hallarse distraídas en cuestiones banales. Casi nadie se queja, decía Kübler-Ross, de no haber tenido más dinero, más joyas, más autos, pero sí de no haber cultivado sus amigos, de no haber explorado más intensa y profundamente los maravillosos escenarios (geográficos, físicos, espirituales) del mundo en el que vivió.
Llegados a ese punto no hay nadie a quien culpar, aunque se suele apelar, como antídoto ante lo irremediable, a echarle la culpa a alguien: padres, familia, pareja, jefes, hijos, vecinos, gobernantes y una amplia gama de las personas que pasan por la propia vida. Esto no solo es estéril, sino que no cambia la ecuación. Se nos otorga el don de una vida y, simultáneamente, se nos convierte en responsables de lo que hagamos con ella. Esto se debe a que somos seres dotados de conciencia y libertad. La libertad, sin embargo, tiene exigencias. No consiste en hacer lo que se nos da la gana en cualquier momento y lugar o en ignorar límites. La libertad requiere noción de las consecuencias de nuestras acciones y responsabilidad para hacernos cargo de esas consecuencias. Donde aumenta la responsabilidad decrece la culpa. Quien se hace responsable no necesita evadirse culpando a otros. La decisión de actuar responsablemente en la vida y de honrar a la libertad recibida bien puede contarse entre las pelotas de golf.
“Que el café haya entrado en el frasco demuestra que, aun cuando tu vida parezca llena y completa, siempre habrá espacio para compartir un café con un amigo”. “El resto es solo arena, recuerden, si cabe, cabe, y si no, no importa”
LA HORA DEL CHEQUEO
De la misma manera en que el profesor del relato compara la vida de cada persona con un frasco y su contenido, sería posible compararla con un barco. Cada uno es el capitán de su vida y fija el rumbo de la navegación. Todo capitán responsable recuerda que lleva personas a bordo y que el modo en que navegue influirá sobre ellas. Atender las señales de los faros, observar los factores climáticos, respetar lo que el mar dice o anuncia, tener en buenas condiciones y al día los instrumentos y convertir en sabiduría las experiencias acumuladas en viajes anteriores son elementos que si bien no garantizan completamente la llegada a destino (nada lo garantiza, porque el imponderable es parte ineludible del viaje), contribuyen a hacer de la travesía una vivencia con sentido.
Quizás lo más importante de estos días del año es revisar el propio frasco, observar el orden del contenido. Acaso todo esté bien. O quizás haya que vaciarlo y reordenar las prioridades. También puede ser el momento de repasar la hoja de navegación, mirar la brújula para ratificar o corregir el rumbo, echar un ojo a los instrumentos (o recursos existenciales) y, finalmente, evitar ahora los motivos de una queja que, en el final, no tendrá ni sentido ni remedio. Que haya paz y lucidez en las mesas y que los propósitos de los brindis sean más que palabras.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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