¿Prat Gay se fue por no haber podido bajar el déficit fiscal? ¿Nicolás Dujovne llega con esa misión? Estas preguntas, que dominan los análisis posteriores al relevo ministerial, no tienen respuestas categóricas. En la gestión de Prat Gay, es cierto, no se pudo llevar adelante el ajuste fiscal que demanda una economía más saneada y equilibrada. ¿Pero fue por decisión del ministro que se va, o fue la consecuencia de acuerdos políticos a los que se vio obligado un Gobierno sin mayorías parlamentarias? Los analistas coinciden en que fueron esos acuerdos -muchos de ellos necesarios, otros quizá precipitados y mal hechos- los que dificultaron una reducción del déficit fiscal.
El mayor costo fiscal estuvo representado por medidas eminentemente políticas, en muchas de las cuales Prat Gay no participó. Los acuerdos con los gobernadores; el pago de la deuda con los jubilados; los compromisos de la emergencia social y la reforma acordada para Ganancias son medidas que adoptó, en definitiva, el ala política del Gobierno. Todo vuelve, entonces, a lo que este diario explicó en su edición de ayer: el despido de Prat Gay y la asunción de Dujovne y de Caputo en un ministerio desdoblado no debe entenderse como un cambio de rumbo económico sino como una decisión política que fortalece al supremo triunvirato (Marcos Peña, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana) y desplaza a un funcionario que no terminaba de sintonizar con la lógica del PRO y con el “funcionamiento de equipo” que exige el Presidente. Las explicaciones sobre el primer despido ministerial hay que rastrearlas en los choques de egos y los equilibrios de poder hacia adentro del Gobierno, más que en criterios o enfoques estrictamente económicos.
La perspectiva de un año electoral, el comportamiento exhibido por la oposición y la realidad de un Gobierno “condenado a negociar” para aprobar cualquier ley, permiten anticipar nuevos acuerdos políticos, similares a los que condicionaron este año las metas fiscales. En ese sentido, la realidad parece exponer los mismos desafíos antes o después de Prat Gay.
Lo que se necesitará, seguramente, es una mayor muñeca para algunas negociaciones, por ejemplo con los gremios.
No son pocos los analistas que señalan que la reforma de Ganancias hubiera merecido otro tipo de negociación con algunos sindicatos. Prat Gay miró todo el asunto desde un costado (su marginación se hizo notoria en las tratativas para salir de la crisis que detonó con el proyecto opositor que había aprobado Diputados). Ahora se sabe que para gremios como Bancarios o Camioneros, los cambios finalmente acordados en Ganancias representan un aumento salarial del 17% (por afuera de la negociación paritaria). ¿Cómo no negociaron antes con los gremios? ¿Cómo no incluyeron el impacto por la rebaja en Ganancias “a cuenta” de la paritaria?
El objetivo del equilibrio fiscal se cruza, inexorablemente, con las necesidades políticas (o de gobernabilidad). En ese cruce, los caminos de estrechan (se estrecharon para Prat Gay y se estrecharán para Dujovne; es una realidad que excede las intenciones de cualquier ministro). Para transitarlos, la muñeca política parece indispensable.
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