Carrie Fisher consiguió escapar a la larga sombra que sobre su vida consiguió echar la Princesa Leia, ícono mundial y hasta “protoheroína” feminista en una era donde los hombres dominaban la acción, gracias a una perspectiva humorística y ácida sobre el mundo y sobre sí misma.
“El hecho de que sepas que todo eso es gracioso es lo que te va a salvar la vida”, llegó a decir la actriz en su biografía, restándole importancia a aquella princesa heroica de la saga que obsesiona a millones: claramente, para ella no existían los tabús.
El humor y la reflexión habían curado a Fisher, quien en los últimos años se había “amigado” con el personaje que la llevó a la fama y la oscuridad: “La gente quiere que diga que estoy asqueada de interpretar a Leia y que eso echó a perder mi vida. Pero si mi vida era tan fácil de arruinar, entonces merecía ser arruinada”, afirmó en 2015, en la previa del estreno del séptimo episodio de “Star Wars”, que marcó su regreso a la saga.
Y con la misma irreverencia, habló sin reparo y con humor de ese pasado de drogas y alcohol, su trastorno bipolar y su depresión, y así consiguió, a la vez y paradójicamente, trascender la bidimensionalidad del ícono pop que será por siempre la Leia Organa, y hacerle profunda justicia a la Princesa, al transformarse en una mujer tan rebelde y fuerte como el personaje de la saga galáctica.
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