El de las fiestas clandestinas es un problema de todos: del Estado, por supuesto, que debe controlar, fiscalizar y sancionar. Pero también de los padres, que deben tener un ojo atento sobre los lugares a los que van sus hijos menores.
En estos días se escuchan estas preocupaciones: “Mi hijo quiere ir a una fiesta de egresados del colegio; pero no sabemos quién la organiza ni qué controles tiene”. Las “fiestas de egresados” se han convertido en una suerte de pantalla para cubrir fiestas clandestinas en las que hay alcohol libre y explotación comercial. “No sabemos qué hacer; van todos sus compañeros...”, dicen muchos padres de pibes adolescentes.
Hablar entre los padres, promover acuerdos, averiguar qué hay detrás de cada fiesta, parecen necesidades básicas en los tiempos que corren. Hablar con los propios chicos, para que sepan que lo clandestino los pone en peligro y los hace más vulnerables.
Se necesita hacer funcionar una alianza tácita entre el Estado y las familias. Debe ser una alianza en defensa de los chicos.
La batalla por una noche sana se debe dar en conjunto con los padres.
Ya hay antecedentes trágicos que obligan a reforzar el estado de alerta.
La principal responsabilidad, en esta materia, es -por supuesto- del que tiene el poder de intervenir, que en este caso es el Estado municipal. Pero lo que está en juego son los chicos. Por lo tanto, nadie debería hacerse el distraído.
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