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Como propuesta de fin (y comienzo) de año, aquí va un ejercicio de imaginación. Se trata de suponer que, cuando ya somos adultos y hemos cruzado la mitad de la vida, un día llega un editor a nosotros y nos propone publicar nuestra autobiografía. Sólo hay dos condiciones. No deberá exceder las 200 páginas y deberemos entregarla en un plazo no superior a los seis meses. La oferta es atractiva. Nuestra vida quedará impresa en tinta indeleble, podrá ser leída por otros, cuando ya no estemos, y a lo largo del tiempo, y en sucesivas lecturas, permaneceremos en el conocimiento y en la memoria de muchos. Por lo demás, si lo pensamos bien, las dos condiciones tienen sus ventajas. Al acotar el espacio, el editor nos obliga a seleccionar muy bien aquello que habremos de incluir. Y al estipular un plazo nos pone a trabajar de manera intensa y concentrada, sin distracciones. Ambas cosas nos llevarán a poner mucha atención en la revisión que haremos de nuestra existencia.
Puestos a la tarea, empiezan las preguntas. ¿Le dedicaremos algún párrafo a aquella pelea con la persona que se coló en la fila del banco y con la que discutimos durante diez minutos para quedarnos después enojados durante todo el día? ¿Qué espacio tendrá en nuestro relato la bronca con el que nos pasó por la derecha en la ruta y luego nos cerró en la siguiente curva mientras lo perseguíamos a los bocinazos? ¿Habrá un capítulo completo para aquel jefe (o subordinado, o proveedor) que nos sacaba de las casillas cada vez que lo teníamos que ver? ¿Y para el mal humor que nos produjo ese par de días de lluvia durante aquellas vacaciones tan soñadas? ¿O para la indignación que nos provocaban los aires que se daba ese cuñado o esa cuñada a los que veíamos una vez por año? ¿O para lo mal que nos ponía la informalidad del administrador del consorcio o la impuntualidad de nuestro amigo íntimo, al punto en que a veces queríamos dejar de verlo?
Si comenzamos a sumar episodios de este tipo y estuviéramos dispuestos a incluirlos en el libro, sería una mala señal. Querría decir que, para perjuicio de nuestra salud, conservamos en la memoria cada instante vivido, sea o no importante. Y nos encontraremos conque las páginas se nos van sin que nos hayamos puesto a escribir sobre nuestros afectos, sobre aquello de lo que nos sentimos orgullosos porque es un logro en el que pusimos nuestro mejor esfuerzo y nuestros mejores recursos, sobre los momentos (breves o prolongados) por los cuales sentimos que todo valió la pena, incluso los dolores, las amarguras y las frustraciones, dado que esos momentos (breves o prolongados) encerraron el sentido de nuestra vida.
LA VISIÓN DEL MONTAÑISTA
En la autobiografía de una persona no todo tiene la misma importancia, no todo alumbra la razón de su existencia. No todo merece ser tenido en cuenta, la biblia y el calefón riman mal. Esa autobiografía, si de veras nos propusiéramos escribirla, y si aspiramos a que sea interesante, valiosa y deje una huella en quienes la lean, debería concentrarse en aquello que nos marcó profundamente (ya fuera desde el sufrimiento o desde la alegría, desde el descubrimiento o desde la comprensión, desde la pérdida o desde la cosecha). Al narrarnos a nosotros mismos se nos ofrece la oportunidad de ver nuestra existencia en perspectiva, como el montañista que observa el camino recorrido durante su ascenso al detenerse en una meseta antes de continuar. Y nos saca de la limitada y fragmentaria mirada cotidiana que nos hace ver partes pequeñas e insignificantes como si fueran un todo imponente y nos alejan de la posibilidad de contemplar el conjunto.
Lo cierto es que este juego de la autobiografía tiene un truco. Consiste en no esperar al editor, en no aguardar a un momento avanzado de la vida para iniciar su escritura. Si la fuéramos escribiendo día a día, mientras vivimos, sería probable que descubriéramos la importancia exagerada e inexplicable que le otorgamos a episodios que, a la hora de la síntesis, acaso no figurarán, quizás porque no tendremos espacio (el mismo estará dedicado a cuestiones más importantes y trascendentes) o porque simplemente los habremos olvidado a pesar de que en el momento ocupan todo el escenario y no nos dejan pensar en nada más ni atender a nada o a nadie.
A propósito de escritura y de gramática, el doctor Gerónimo Acevedo, médico y psicoterapeuta argentino que estuvo estrechamente ligado a Víktor Frankl (psiquiatra austriaco, padre de la logoterapia, corriente orientada a explorar el sentido de la propia vida como herramienta terapéutica), suele decir que somos gerundios. No estamos vivos, explica, estamos viviendo. Una extraordinaria definición de la existencia. Nadie es, todos vamos siendo. Como criaturas vivas, nuestra transformación es constante, estamos abiertos a la vida y al mundo durante cada segundo de nuestro paso por él. No estamos hechos ni terminados, nos estamos haciendo a través de nuestras acciones, de nuestras elecciones y del modo en que respondemos a lo que estas producen en nosotros, en los otros, en el universo que habitamos.
De ahí, entonces, que una autobiografía no se escribe de una vez, sino que se va escribiendo. Cada uno de nosotros (aunque no lo haga en un cuaderno o en una computadora) está en la tarea por el solo hecho de vivir. Tomar conciencia de ello permitirá un mejor y más fecundo aprovechamiento del tiempo y del espacio que el misterioso editor (cada quien puede llamarlo como quiera) nos ha otorgado. Esa conciencia sobre el propio devenir nos guiará para saber qué espacio dedicar a cada cosa. Aquello que finalmente no será incluido en el libro, no debería tomarnos tanto tiempo, tanto murmullo, tanta conversación, tanta ida y vuelta. Y lo que ocupará un breve espacio porque no fue más que una anécdota, no tendría que llevar más de dos líneas. Nuestra vida y nuestra autobiografía deben corresponderse, ser coherentes.
UN NUEVO CAPÍTULO
Si regresáramos ahora a los interrogantes planteados en el segundo tramo de esta página, quizás nos resulte fácil darnos cuenta de la enorme cantidad de espacio y tiempo que dedicamos en el día a día a episodios, situaciones y personas que, al final del viaje, nada agregarán a nuestro relato, nada dirán de quiénes estamos siendo, de quienes fuimos y de por qué nuestra vida es y fue única y necesaria. No está de más recordar en este punto las palabras de Ralph Waldo Emerson (1803-1882) gran poeta y profundo pensador estadounidense, cuando dijo que una vida expresa su sentido “cuando sabes que alguien respiró mejor porque tú viviste”.
Cuando un año termina se cierra un capítulo de la autobiografía en permanente redacción. Y simultáneamente, se abre uno nuevo. Ahora, preparados para continuar en la tarea, se impone prestar atención a cada línea, a cada párrafo, para que el libro de nuestra vida contenga lo importante antes que lo urgente, lo valioso antes que lo vistoso, lo trascendente antes que lo fugaz, lo permanente antes que lo descartable. Que nada ocupe en esas páginas más espacio del que ocupa en nuestra vida. Feliz año y a seguirnos escribiendo.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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