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El último ladrillero

Por Redacción

Dardo Valentini y su familia mantienen una de las pocas fábricas de ladrillos macizos que aún funciona en Los Hornos, una zona de donde salieron las piezas para construir a fines del XIX los primeros edificios de la Ciudad

A sus 85 años y con las manos curtidas por el sol y la carbonilla, Dardo Valentini habla con una rara mezcla de orgullo y tristeza. La tristeza la explica él mismo al recordar lo que era antes ese paraje achaparrado que lo rodea y lo que es ahora. “Llegamos a tener unos catorce empleados y los hornos echaban humo a toda hora -asegura-. En los sesenta y setenta esto era una maravilla. En la región llegó a haber 120 fábricas de ladrillos, pero ahora eso desapareció. Quedamos nosotros, y la verdad es que nosotros trabajamos cada vez menos”. La tristeza le empasta las palabras pero el orgullo surge inevitable, y es ese orgullo, forjado a fuerza de un oficio transmitido por su abuelo paterno, el que aún mantiene humeante y tenaz a esa legendaria fábrica de ladrillos macizos levantada a mediados del siglo pasado en plena zona rural de Los Hornos. Como una gigantesca reliquia de otro tiempo. O como prueba cabal de una época que ya se fue.

Allí, a unos 10 kilómetros al sur del centro platense y donde se unen las invisibles calles 167 y 90, la producción de ladrillos se realiza en forma artesanal como en la época fundacional de la Ciudad. Los hornallones se levantan en medio del campo y, si bien a esas horas no están encendidos ni cocinan ningún ladrillo, Dardo asegura que funcionan como la primera vez. Y la primera vez fue hace mucho. “El 21 de septiembre de 1951 -recuerda como si repitiera un mantra-. En 1950 me asocié con mi hermano Omar y en el 51 hicimos el primer ladrillo. Desde ese momento no paramos nunca más y ahora somos la última fábrica de ladrillos macizos que funciona en La Plata”.

Junto con su hermano y su hijo Daniel, Dardo sigue con orgullo y una pasión desmesurada la tradición dejada por su abuelo David, quien a fines del siglo XIX llegó de Italia para trabajar en la incipiente industria del ladrillo que florecía en la región.

“Mi abuelo llegó en 1884 -cuenta Dardo-. Acá le transmitió el oficio a mi padre Américo Antonio y luego a nosotros. A pesar del tiempo, el método de fabricación sigue siendo el mismo. Y el secreto de un buen ladrillo, también. ¿Cuál es el secreto? El estiércol...siempre es el estiércol”.

A los 13 años Dardo empezó a trabajar con los ladrillos. Aprendió de su abuelo y de su padre en una fábrica que ya no está y que supo levantarse en 76 y 149. “Allí mi abuelo instaló su primer horno -relata el ladrillero-. Después se volvió a Italia junto a mi padre. Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, mi padre volvió al país y puso su fábrica en 84 y 167. Desde que tengo uso de razón que vivo rodeado de ladrillos. Y me encanta. Aunque haya menos trabajo que en otros tiempos, yo me sigo levantando todas las mañanas para venir a la fábrica. Este es mi paraíso”.

De la primera fábrica que levantó el abuelo de Dardo -que apagó su histórica chimenea en 1912- surgieron ladrillos que terminaron haciendo la Catedral, la Casa de Gobierno y otros tantos edificios fundacionales de la Ciudad, en tiempos donde los primeros vecinos y varios inmigrantes se instalaban en Los Hornos atraídos por el trabajo que suscitaba la floreciente industria de la construcción.

EN LOS HORNOS

La historia es conocida: la cuidada y perseverante planificación que se llevó a cabo para dar nacimiento a La Plata contemplaba la construcción de imponentes edificios públicos. Esta situación generó la necesidad de proveer a sus constructores de uno de los elementos necesarios para esta tarea: hacían falta millones de ladrillos.

En aquellos tiempos, se sabe, los ladrillos solo eran provistos por rudimentarios establecimientos ubicados en distintos lugares de la Provincia y, de esa manera, no había más alternativa que padecer el traslado lento que demandaban las distancias de aquel entonces, pese a que el abrumador empuje de la nueva capital demandaba respuestas rápidas y efectivas.

Pero hubo otro factor -en este caso económico- que también influyo para que fuera Los Hornos el lugar elegido para la fabricación de ladrillos: la problemática del presupuesto provincial no permitía a los gobernantes derramar recursos en gastos de transporte cuando la empresa iniciada demandaba más y más recursos.

Fue así que, con la idea de ahorrar tiempo y costos, se decidió que varias zonas de los alrededores de la nueva capital fueran destinadas a la provisión de ladrillos, para la cual se construyeron en ellas varios hornos de ladrillos. De este modo nació, aunque sea como proyecto alternativo al surgimiento de la nueva capital, el barrio de Los Hornos. Y si bien las crónicas cuentan que el nombre original del barrio fue “Villa Unión Nacional”, siempre convivió con la denominación popular de “Los Hornos”, que finalmente se impuso en los registros provinciales.

Para aquel entonces, la zona ya había comenzado a teñirse de verde gracias al trabajo de los pioneros (muchos de ellos de origen italiano) que se derramaron por el lugar transformando las parcelas en chacras y otro tipo de establecimientos agrícolas.

“Esta zona era una belleza cómo trabajaba”, asegura Dardo, quien todos los días dice presente en su vieja fábrica desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde. “Así desde hace 66 años -aclara con una sonrisa de oreja a oreja, mientras muestra ladrillos de otros tiempos como si fuesen piezas arqueológicas que quedaron de otro mundo-. En el año 35 le encargaron a mi padre ladrillos para remodelar el fuerte Barragán de Ensenada, y los hizo tal cual las piezas originales. También lo llamaron para que copiara los ladrillos que necesitaba la Casa Rosada. Antes el ladrillo macizo era cosa seria, indiscutible en la construcción. Pero eso empezó a cambiar a partir de los noventa, cuando irrumpió en el mercado el ladrillo hueco. A partir de ese momento, nuestro trabajo artesanal pasó a quedar en manos de unos pocos hasta llegar a estos días, en los que trabajo yo con dos empleados y nadie más. Antes, para tener una idea, se prendían por lo menos dos hornos cada mes. Ahora no llegamos ni a medio horno cada dos meses. Somos los últimos ladrilleros artesanales que quedan y lo cierto es que se trabaja cada vez menos”

El proceso de fabricación no es sencillo y Dardo lo transmite como si revela el secreto de una vieja receta familiar. “Primero está el pisado artesanal -cuenta-, ese momento es fundamental. Para el pisado usamos estiércol traído del Hipódromo y tierra colorada que viene de Magdalena. Después se arman los ladrillos y se ponen a secar”. Una vez secos, directamente, pasan a cocinarse dentro de los hornallones. “El cocimiento tarda unos nueve días”, precisa.

La industria ladrillera que mantiene Dardo, su hijo Daniel y su hermano Omar nació con la fundación de La Plata y son ellos sus últimos representantes. Con los ladrillos que salían de esos hornos, como se dijo, se irían emplazando los edificios y las primeras casas de familia de la gran ciudad. Ahora, cada tanto, van a cumplir el deseo arquitectónico de alguien que está construyendo y elige un ladrillo macizo en lugar de los huecos que coparon el mercado. “Todavía quedan tres hornos en funcionamiento y voy a seguir”, asegura Dardo con tozudez y el orgullo intacto. “Soy el último artesano de ladrillos -completa, zumbón y con cierta nostalgia-, así que otra no me queda”.

Cifras

9 días
tarda el proceso de fabricación del ladrillo macizo

2.500 kilos
de leña demanda como mínimo cada horno encendido

$ 3,20
es el valor que tiene en el mercado cada ladrillo artesanal

2 meses
La demanda actual lleva a que se encienda medio horno cada dos meses. Antes, en los sesenta, se encendían dos hornos por mes

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