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Palabra en desuso

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

En las conversaciones normales se ha descolocado cierta palabra, o mejor dicho sólo algunos la utilizan sin su significado real o en contextos inadecuados, y los más prefieren no usarla… quizá para acallar su conciencia.

Esa palabra, la más descalificada, es pecado, si bien no por eso ha desaparecido el pecado en sí mismo, todo lo contrario.

El imperio del pecado, es decir del mal que ofende a Dios, es el mayor del planeta tierra.

Pareciera que es difícil - si no imposible - que se hable del pecado con objetividad neutral, tal como podría hablarse de los hechos de la existencia íntima, de la conciencia, de la injusticia, de la muerte…

Todo indica que algo impide emplear sin miramientos la palabra pecado, y puede suponerse que esa molesta circunstancia tenga algo que ver con la realidad significada o denominada con esa palabra.

Por otra parte, no faltan quienes usan dicha palabra para mofarse del orden moral, de la dignidad del ser humano, de la vida de fe, y se deleitan en darle un uso sin la real objetividad.

De todos modos, no por relegada, encubierta o humorizada, la realidad del pecado es una cuestión que haya desaparecido de la conciencia humana, sino que está bien instalada.

Además, cada pecado es en sí mismo un mal inimaginable e indescriptible, ya que es un acto libre, voluntario y deliberado.

Pareciera que es imposible -sino imposible- que se hable del pecado con objetividad neutral, tal como podría hablarse de los hechos de la existencia íntima, de la conciencia, de la justicia, de la muerte...

El pecador, cada uno de ellos, es artífice de un mal personal que contradice su condición de ser creado a imagen y semejanza de Dios.

Por la Palabra de Dios, que es la regla suprema de la fe, sabemos que el pecado no sólo es un mal, sino el mayor de todos los males, la causa de todos nuestros males.

En efecto, el pecado cometido es una laceración interior de la persona, y por consiguiente es alienación de sí mismo y de los demás.

Pero, el pecado en su realidad más profunda es un misterio, que no puede ser plenamente comprendido sin la fe.

Por eso, del pecado se habla muy poco o nada.

Lo lamentable es que todo parece indicar que tampoco lo hacen aquellos que tienen la vocación y la misión de anunciar el Evangelio, en que muchas veces es necesario denunciar el pecado, como lo hizo el mismo Señor Jesús.

Y si aquellos que fueron constituidos en heraldos del Evangelio, los sagrados pastores, no denuncian la perversidad del pecado, no preparan el espacio para el anuncio de la Buena Noticia de la Verdad, de la Justicia, del Amor. Existe cierto pudor en hablar del pecado, porque - claro está - no es un discurso plausible ni convoca admiradores.

Sin embargo, es cierto que nadie puede dar lo que no tiene, y no se puede hablar del pecado si hay un vínculo o compromiso con el pecado.

El empeño debe ser con el pecador, para ayudarlo a salir de las redes que lo oprimen, pero nunca con el pecado que es el opresor y destructor.

Detectar y conocer la existencia del pecado implica tener una exigencia personal de oración y penitencia, que son dos realidades de institución divina, y vivir en la presencia de Dios, haciendo todo para gloria de Dios, aun lo más trivial, sin claudicar en nada.

Si los cristianos viviésemos todos en gracia de Dios, eludiendo incluso todo pecado venial deliberado, ciertamente seríamos - por la gracia de Dios - los artífices de una sociedad más humana.

Es cuestión de coraje y coherencia con la fe que profesamos.

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