El periodista Víctor Hugo Ghitta publicó ayer en el diario La Nación, donde trabaja, una crónica sobre el dengue, pero con una particularidad: él mismo sufrió los rigores de la enfermedad, y en ese artículo describió qué fue lo que pasó con su cuerpo durante “10 días con la fiebre rompehuesos”. “Imagínense -describió- un dolor indecible trepando por la espalda. Una garra de hierro va mordiendo la columna desde la cintura hasta alcanzar la base del cuello después de triturar las vértebras cervicales. Lo que sobreviene es una punzada que te hace pensar en una inyección letal. El cuerpo -los restos del cuerpo- está a 40 °C. No hay una conciencia plena del dolor, porque el dolor lo ha atravesado todo y los músculos -los restos de los músculos- ya no te pertenecen: el cuerpo te abandonó, la vista se nubla con los destellos de luz y tu mente vaga en una bruma fría cercana a la inconsciencia”.
“Dos horas después -añadió- estás en el consultorio. El médico resume el asunto: “Desde este momento sos sospechoso de dengue”. Entonces comienza la convivencia con Aedes aegypti. Serán nueve días cama adentro: seis de fiebre alta y constante, agotamiento físico, dolores en las cuencas de los ojos, erupciones en la piel. En el siglo XVIII, el médico Benjamin Rush la describió como la “fiebre rompehuesos”. Es lo que te espera: cada tanto, un mazazo de Mike Tyson en la nuca te devuelve a la lona”.
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