Por
ALEJANDRO SALAMONE
Si existiera un aparato que midiera los momentos tristes, seguramente el cierre de un restaurante tradicional estaría entre las marcas más altas. Pararse frente al salón vacío de La Aguada y saber que ya más nadie ocupará esas sillas y esas mesas -todavía prolijamente vestidas con manteles blancos y amarillos como queriendo desafiar al destino ya escrito- es tomar noción de que la agonía terminó y que el lugar ya es parte de la historia de la Ciudad.
Ahora allí podría construirse un edificio o bien lucir pilchas de primera marca modernos locales comerciales, o quizás se instale un banco o un gimnasio. Vaya uno a saber... Pasará entonces por el lugar un hombre que peina canas todavía enamorado y se acordará que allí, en una cena de una hermosa noche de verano, le ofreció matrimonio a su amada cuando en 1969 funcionaba La Aguada.
A las 21,30 del martes 8 de marzo de 2016 ya no quedaban milanesas con papas soufflé. Se habían terminado para siempre. Había un parejita joven de unos 25 años cada uno; una familia cuyos padres deberían tener unos 47 años, con sus tres chicos; había también un matrimonio, él acusó 72 años y a ella no le importó decir que tenía 69, los dos lloraban y se resistían a irse, sabían que en el restaurante de toda su vida no iban a cenar más.
Los mozos de siempre iban y venían, desocupaban las mesas como si fuera el primer día y no el último. Iban y venían por el salón vestidos elegantes, con la frente en alto, brindando lo mejor de ellos a los comensales, como si fuera el primer día y no el último. Las botellas vacías arriba de la barra. Las paredes un poco descascaradas. El reloj en lo alto marcaba las 23:40. Las luces se apagaban para siempre. Las mesas, a pesar de todo, seguían bien vestidas.
Sabina en su canción encontró una sucursal del Banco Hispanoamericano en el bar de un pueblo donde conoció a una hermosa mujer. Nosotros, vaya a saber qué encontraremos mañana en tu lugar. Chau La Aguada. Hasta siempre.
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