El homicidio de dos jóvenes mujeres argentinas me motiva a testimoniar la experiencia que mi pareja y yo tuvimos el año pasado en Montañita. Estábamos realizando actividades académicas en Cuenca, otra ciudad ecuatoriana, que consistían en investigación y docencia sobre algunas facetas de la violencia. Por diversas circunstancias nos alojamos varios días en Montañita y pudimos apreciar el notable fenómeno social que allí ocurría. Nuestro testimonio está limitado a la rutina desde las 7,30 hasta las 23, pero el tiempo restante no será difícil de completar para el lector.
En contraste con el resto de Ecuador, nos encontramos con una población predominantemente joven, entre sus 20 y 35 años, que alegremente adicionaba sus acentos foráneos a los intentos de hablar español. Los niños y sexagenarios extranjeros, éramos la excepción. El reducido espacio que ocupa Montañita convocaba a los más diversos biotipos y actitudes. A media tarde se podía ver a una rubia longilínea sentada frente al mar fumando marihuana y a otros, con cuerpos modelados por el deporte, surfeando las olas. Cerca de las 18 comenzaba la deambulación por las informales calles colmadas de artesanos que vendían collares y pendientes junto a la más variada forma de pipas, incluyendo aquella que aconsejaban para fumar marihuana en el baño del lugar del trabajo, porque “produce poco humo”.
Una de las calles que llevaba a la playa era la principal fuente calórica de Montañita. En las dos primeras cuadras se ubicaban los “carritos” que ofrecían deliciosas frutas tropicales, enteras, batidas o cortadas y bañadas en yogurt y granola. En las dos calles siguientes, iguales carritos funcionaban como bares rodantes y servían toda clase de bebidas alcohólicas, desde la simple cerveza hasta el más sofisticado cocktail. Y sí…, como el lector puede imaginarlo, caminaban todos alternando frutas y alcohol, a veces por la calle, donde algún grupo musical o malabarista mostraba sus habilidades a cambio de dólares, a veces por la vereda que enmarcaba bares no rodantes, restaurantes con terrazas abiertas -algunos con sectores de almohadones-, lugares para el baile adornados de cañas tacuaras y hasta hoteles con estética nirvánica. Finalmente, al llegar a la playa, emergían las antorchas y la música preparando el escenario para las horas más tardías.
(En Montañita) vimos un lugar donde la mayoría de las teorías criminológicas podrían ponerse a prueba y sostenerse
En los últimos metros, un par de varones ofrecían a la venta todo tipo de “polvos y pastillas”, entiéndase drogas psicoactivas. En la calle paralela, uno de los bares tropicales que servían buenos jugos naturales a la tarde, tenía, junto a las pistas para el baile nocturno, una especie de piscina o fuente de muy baja profundidad y, arriba, el cartel que anunciaba “jueves de fiesta acuática y mujeres gratis”. En varias esquinas y bares se percibía la interacción entre quienes ofrecían y compraban servicios sexuales.
A las 7,30 el panorama era patético. Sobre las sombras largas proyectadas en la playa por los hoteles, se veía, intentándose parar, al que recién había vomitado en la arena. Caminando con los zapatos en la mano, a una joven cuyos pies descalzos le permitían percibir mejor el suelo y evitar la caída. Riéndose y haciendo torpes juegos de manos, a un grupo de varones. Sacándose fotos junto a una gran tabla de surf que adornaba la costanera, a un grupo mixto cuyo estado psicofísico contrastaba con el símbolo deportivo de aquella tabla.
Notablemente, a continuación de la urbanización tropical y nirvánica se veían, por una parte, habitáculos ofrecidos a bajo costo donde parecía difícil imaginarse que la intimidad, la higiene y las mochilas pudieran tener espacio. Por otra parte, una construcción moderna, de vidrios oscuros, con un pasacalle anunciando que era una escuela para aprender español y que era la 5ta. mejor votada en algún ordenamiento internacional.
En la síntesis de nuestra experiencia podría decirse que vimos un lugar marítimo tropical donde se prioriza el hedonismo y se encuentran excusas deportivas y lingüísticas para hacerlo. Vimos un lugar donde la mayoría de las teorías criminológicas podrían ponerse a prueba y sostenerse. Que el lector no se confunda con la interpretación ingenua de que alguno de esos factores es causa necesaria y suficiente para el crimen; ese tipo de causa no existe. Pero, acertadamente puede interpretar que tales factores interactúan aumentando la probabilidad de que diversos eventos indeseables ocurran: si el vómito se produce en el mar, tendrá más probabilidades de causar la aspiración y la muerte; si la persona vulnerable por intoxicación se encuentra con quien quiere aprovecharse, habrá más probabilidades de violencia.
Los adolescentes y jóvenes tienen una fuerte predisposición, por razones biológicas, psicológicas, sociales y evolutivas, a experimentar con actividades riesgosas. Si bien es bueno reconocerlo para moderar las respuestas punitivas, también es bueno considerarlo para estimular las acciones preventivas, la cautela y la responsabilidad.
(*) Profesor titular de Psiquiatría. Director de la Maestría en Salud Mental Forense, UNLP. Investigador Prometeo del Ecuador
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