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Por YAEL LETOILE

Fueron parte de la explosión de bandas platenses en la adolescencia, y nunca abandonaron los escenarios. Hoy además de ser músicos, trabajan en otras profesiones, son padres y tienen responsabilidades. Cómo es ser rockero a los 40

Nadie creyó que Mick Jagger y Keith Richards llegarían a abuelos. Mucho menos que el líder de los Rolling Stones surcaría los 70 metros de escenario en el Estadio Unico de La Plata al ritmo de Start me up, enrostrándonos que todavía lleva al diablo en el cuerpo y que, claro, canta y baila endemoniadamente, y eso que tiene ya 72 años.

Casi ninguno hubiera apostado que el Indio Solari -que esta noche encantará a más de 100 mil fieles en Tandil- seguiría, a los sesenta, poniéndole su singular voz al “Blues de la libertad”, esa oda sensual que invoca a celebrar: Mi amor, la libertad es fiebre, es oración, fastidio y buena suerte...

En el rock, como en ningún otro género musical, los artistas parecían tener fecha de vencimiento: se catapultó en los ‘50, cuando el mundo conocido se desvanecía y los chicos y chicas prometían revolucionarlo todo, así se forjó de una vez y para siempre esa identidad entre rock y juventud.

Hoy, todo eso es pasado. Ahora la mayoría de los rockeros parecen ganarle al tiempo: si el cuerpo aguanta, el público se renueva y la pasión por la música queda. Porque, si algo no ha cambiado en el rock, después de todo, es “la conexión”, “la epifanía” que produce comunicarse a través de un lenguaje universal que llegó una vez y se quedó para siempre.

Primeros, platenses, perpetuos

En La Plata, probablemente el centro urbano que más rock produce en el país, Peligrosos Gorriones, Estelares y Mr. América -por nombrar algunos- trazaron el circuito rocker del cuadrado perfecto cuando sus músicos tenían 20. Después, crecieron.

Crecimos. Empezamos a cruzarlos más de día que de noche.

Entonces, sin glamour y más acá del estereotipo, hoy, además de ser rockeros son nuestros vecinos o compañeros de oficina, trabajan de profesores o empleados, en inmobiliarias, farmacias, estudios de diseño, diarios. Tienen res-pon-sa-bi-li-da-des, como vos, como yo. Como todos.

No usan jeans con agujeros ni pasan días sin bañarse. Hay quienes hasta duermen la siesta. Y si alguna vez tocaron sólo para conseguir chicas -como indica la mitología popular- hoy se preocupan más por cuidarlas: son sus hijas.

Noches afiebradas

“Salíamos de jueves a domingo, desde bares y centros estudiantiles hasta boliches”, revive Ramiro Sagasti (44), cantante y líder de Pérez, de noche, y periodista de día. ¿Qué cómo logra llevar la doble vida? “Con mucho esfuerzo”, el tiempo libre de su trabajo lo usa para la música, “en las vacaciones grabo discos, hago giras. Es como otro trabajo”.

Casi ninguno hubiera apostado que el Indio Solari -que esta noche encantará a más de 100 mil fieles en Tandil- seguiría, a los sesenta, poniéndole su singular voz al “Blues de la libertad”, esa oda sensual que invoca a celebrar: Mi amor, la libertad es fiebre, es oración, fastidio y buena suerte...

En el ‘89, otra historia. Él terminaba la secundaria y, junto a Kubilai Medina -actual voz de Mostruo!- y otros más, armaron Los Hermanos Macana, de influencia ska con ramalazos de rock-blues. Entonces, tenían 17 y las chicas como yo solíamos seguirlos en sus presentaciones, convertidas en groupies de las nuevas promesas del rock platense.

Épocas de inocencia y, sobre todo, inconciencia. Rocky Velázquez (47) es baterista de Pájaros y Peligrosos Gorriones, la formación platense liderada por Francisco Bochatón que conquistó el gran público en los ‘90. Empezó a tocar a los 17 y a los 20 se lo tomó en serio: “Pasábamos días y noches ensayando porque cuando uno es joven”, cuenta, “el tiempo sobra”. Hoy, Rocky es músico e ingeniero, y reparte su vida entre los escenarios y la Unidad 1 de Olmos, donde dicta clases de Matemáticas.

Los Macana ensayaban todos los días, pero aún así Sagasti duda que a nivel artístico hoy sea lo mismo. “Ahora lo disfruto más. Estoy más concentrado en el ensamble. Es una manera distinta de disfrute, posiblemente más calma”, opina.

Para Kubilai Medina (43) las diferencias entre hacer rock a los 20 y los 40 son las lógicas que se dan en cualquier rubro. Hacer música, cantar y juntarse con los amigos “es lo mejor de la vida”, antes y ahora. “Soy más sabio gracias a los años recorridos, mejor músico por haber tocado tanto, y con los años fui entendiendo mejor el lenguaje y el diálogo musical con mis compañeros, en pos de las canciones y no del ego”, afirma, el líder de Mostruo!, con un pie en la música y otro en el Diseño Gráfico.

¿Es el rock mi forma de ser?

Rockeros de 40, hay un montón en La Plata. Deben ser más de 80. La estimación es de Pipo Mengochea (45), cantautor y conocedor del under local. Para Pipo, el rock es una forma de vida y también un género musical: “Es lo que te mantiene joven”, define mientras se prepara para su próxima presentación con Tandil en Pura Vida, si finalmente levantan la inhabilitación municipal que cerró el altillo del rock ciudadano.

Su caso es diferente porque tardó varios años en darse cuenta de que estaba destinado a dedicarse a la música. “Me pagué la Universidad laburando, quise ser periodista, tuve negocios, y me hice cargo de grande de que las canciones se me ocurren y tengo que subir a un escenario a cantarlas”, relata.

Ahora la mayoría de los rockeros parecen ganarle al tiempo: si el cuerpo aguanta, el público se renueva y la pasión por la música queda. Porque, si algo no ha cambiado en el rock, después de todo, es “la conexión”, “la epifanía” que produce comunicarse a través de un lenguaje universal que llegó una vez y se quedó para siempre

Como el resto, Mengochea vive de su trabajo de empleado y sigue apostando a la música. Es un medio que le permite vivir en estado de “rock”, de posesión, en el sentido que le dio al término la música espiritual negra a principios del siglo XX. Los cantantes de gospel usaban la palabra “rocking” para denominar la “posesión” que experimentaban en determinados eventos religiosos.

Porque el problema es que con los años, salvo que seas un empresario o tengas tu economía resuelta, es difícil mantenerse en ese estado.

“Rock es tener muy pocas responsabilidades, salvo la creación, el compromiso fundamental es con la obra”, define Mengochea. “El que está en el mundo de las canciones está en un mundo de pajaritos, pero cómo le explicas a la gente que tu vida es subirte a un bondi y mirar las calles hasta resolver un estribillo?”.

Esa opción de vida, dice, le costó la continuidad de sus últimas cinco parejas. Pero no teme al paso del tiempo. “Espero que en unos años mis canciones se conozcan”, se esperanza y, antes de terminar la entrevista, arriesga: “¿Ninguno de los muchachos con los que hablaste te invitó a salir?”.

La vida me da palo

Las últimas dos veces que vi un show de Palo Pandolfo (Don Cornelio y la Zona, Los Visitantes), pensé: los años no vienen solos. La primera fue un sábado de invierno, 3 am, un lugar oscuro, lleno humo y gente. Ni él ni Bochatón, con quien compartió escenario esa noche, empezaban a tocar. Con mi pareja cruzamos a Pandolfo entre el público y le imploramos: “Mirá que ya tenemos hijos, ¿a qué hora largan?”. Se rió.

La segunda fue temprano, íbamos con los críos, y el autor de Ella Vendrá convocó a tocar a Facundo Rubio y su hijo Nahuel, de ¡19 años! No hubiera prestado atención, sino fuera porque Rubio (padre) cursó conmigo la secundaria. Sí, el tiempo también nos pasa a los que estamos abajo del escenario.

“En diciembre toqué casi dos horas en Pura Vida, con Casino Ilegal y Pulpo Negro, y me quería matar”, me cuenta ahora Rubio, 38 años, pantalón y camisa, tras ocho horas de trabajo en la inmobiliaria.

Empezó a tocar a los 15, con los compañeros de colegio, y el bajo se le pegó. Pasó por Bellas Artes, pero después vinieron los hijos y tuvo que colgar. “Ensayábamos 15 horas casi siempre en la casa de uno y tocábamos a cualquier hora”, recuerda, “ahora si toco a las tres de la mañana, termino, junto las cosas, y me voy a trabajar”, se resigna.

Rubio rechaza la idea estereotipada que asocia sexo, drogas y rock and roll. “Primero te enamorás de la música, si después eso trae algo ad hoc, depende de cada uno”. Por supuesto que a esta edad se vuelve una carga mayor tocar y vivir de eso. “Uno siempre tiene el anhelo de vivir de lo que le gusta. Si se da, buenísimo, si no, se disfruta igual”, asegura Rubio.

Rocky de Gorriones va más allá: “Sonar en una radio o tener cierta popularidad no significa que uno se llene de plata o se le solucione la vida”. A él, esos dilemas lo llevaron a una gran crisis y llegó a abandonar la música por un tiempo.”Estuve dos años sin tocar y tuve ataques de pánico”, confiesa hoy, de nuevo en el ruedo. Eso tiene que ver con las expectativas, el deseo de llevar adelante una casa, una familia. “La sociedad te hace pensar que el músico es vago”, reniega y opone: “Hay que valorarse y hacer valer lo que uno le gusta”.

S hay algo que no cambia a pesar de las canas, los trabajos, los hijos, es la conexión que se establece con los otros. Eso, y el placer de hacer música.

“Es un lenguaje” –reflexiona Sagasti– “y tal vez porque soy tímido siempre me resultó una manera de relacionarme”. En ese aspecto el rock no cambia. Tampoco, el placer de tocar. “Esa epifanía, la sensación de alegría se mantiene”. En los clímax, Sagasti aprieta el micrófono con las dos manos contra la boca y empieza a saltar. Como cuando era chico.

“Espero en 20 años poder seguir tocando y disfrutar de hacer música como lo hago ahora, porque siempre y cuando exista ese disfrute no hay nada ni nadie que pueda cambiarlo o ponerle fecha de vencimiento”, se imagina Medina. No le faltan ejemplos: días atrás, su viejo, Alejandro Medina (66) -ex bajista y compositor de bandas míticas como Manal y La Pesada del Rock and Roll- homenajeó a Pappo en un recital en el centro porteño.

“Por momentos pienso que va a llegar un día en que quiera salir del circuito, no sé”, duda Rocky, “no sé si voy a estar vivo”. Dice también que hay un contrato de Peligrosos Gorriones por 5 años, que no se imagina el futuro, que... De algo tiene certeza: “De acá a dos años voy a estar tocando seguro”.

ESTEREOTIPO

Ariel Valeri es periodista y desde hace 14 años sigue estos temas. “Rock y juventud me suena a guión de TV, a estereotipo de una época que endiosó dejar un bonito cadáver a los 27”, afirma. “Afortunadamente, el rock es algo más que la edad, algo más que una piel tersa o un abdomen liso”.

Alguien que anticipó el fenómeno de los rockeros viejos se refirió una vez a los “salvajes envejecidos”. En La Plata, son muchos y cada vez que se encienden las guitarras, ahí estaremos nosotros o nuestros hijos, que va. Porque si alguno dio su vida a las canciones, siempre habrá oídos ávidos de escucharlas.

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