ANKARA.- Al menos 34 personas murieron y otras 125 resultaron heridas en un atentado con coche bomba en el centro de Ankara ayer, poco más de tres semanas después de un ataque suicida que dejó 29 muertos en la capital turca. La detonación fue causada por un vehículo repleto de explosivos que se estrelló contra un colectivo en una parada cerca de la plaza Kizilay, un concurrido lugar en pleno corazón de Ankara, que alberga numerosos comercios y una estación de subte y por la que transitan muchas líneas de transporte de pasajeros. “Las primeras constataciones apuntan a un atentado suicida”, indicaron desde los servicios de seguridad turcos. Al menos 23 personas murieron en el acto, las otras durante su traslado al hospital. Diez de heridos se encuentran en estado grave. Las conclusiones iniciales sugieren que el ataque fue realizado por el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) o algún grupo extremista afiliado, pero todavía nadie se atribuyó la responsabilidad.
El 17 de febrero pasado, un atentado suicida con coche bomba reivindicado por un grupo disidente del PKK (separatistas kurdos) contra micros que transportaban personal militar dejó 29 muertos cerca del lugar de la explosión ocurrida ayer. Ese grupo, los Halcones de la Libertad del Kurdistán (TAK), asumió la responsabilidad del ataque tres días después y amenazó con otros atentados, en particular contra lugares turísticos turcos.
El último viernes, la embajada de EE UU en Ankara había difundido un mensaje a los ciudadanos norteamericanos presentes en Turquía advirtiéndoles de un “posible atentado terrorista” en la capital, en el barrio donde se registró la explosión del 17 de febrero. El presidente conservador islámico turco Recep Tayyip Erdogan atribuyó, “sin la más mínima duda”, ese atentado a los combatientes kurdos sirios de las Unidades de Protección Popular (YPG), con el apoyo del PKK. El jefe del Partido de Unión Democrática (PYD), brazo político del YPG, Saleh Muslim, y uno de los responsables del PKK, Cemil Bayik, rechazaron esas acusaciones.
Turquía vive desde el verano boreal pasado en estado de alerta máxima tras una serie de mortíferos atentados, cuatro de los cuales fueron atribuidos por las autoridades al grupo yihadista Estado Islámico (ISIS). El más letal, ocurrido el 10 de octubre pasado, fue perpetrado por dos kamikazes que se hicieron estallar en medio de manifestantes de la causa kurda ante la estación central de Ankara, con un trágico saldo de 103 muertos.
El 12 de enero, 12 turistas alemanes perdieron la vida en otro atentado suicida en el barrio turístico de Sultanahmet en Estambul.
Acusado durante mucho tiempo de complacencia hacia los grupos rebeldes más radicales en guerra contra el régimen de Damasco, el gobierno turco se unió el pasado verano boreal a la coalición antiyihadista y multiplicó las detenciones para luchar contra las células del ISIS en su territorio. Turquía está sacudida, además, desde julio pasado por la reanudación del conflicto kurdo. Sus fuerzas de seguridad se enfrentan en intensos combates con el PKK en numerosas ciudades del sureste del país, poblado por una mayoría de kurdos. Estos combates pusieron fin a las conversaciones de paz iniciadas por el gobierno turco contra el PKK a finales de 2012 para hallar una solución a una rebelión que dejó más de 40.000 muertos desde 1984.
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