La confesión sonó como una puñalada y el silencio se apoderó de los 150.000 presentes en Tandil, en la noche del sábado: “Mister Parkinson me está pisando los talones, pero acá estoy”, confirmó, finalmente, el Indio Solari ante sus fieles, en la que podría ser la última misa ricotera de la historia y el final de una era de pasión y recitales multitudinarios en la historia del rock nacional.
La confirmación de la enfermedad que aqueja al ex líder de Los Redonditos de Ricota la realizó, como suele hacer, sin filtros, frente a los fieles que una vez más se acercaron a participar del ritual ricotero. El Indo, acostumbrado a una relación directa, sin mediación de la prensa, entre su música y sus fans, desoyó la presión durante meses por conocer la verdad sobre su salud, luego de que él mismo manifestara que una enfermedad que le estaba “invalidando el cerebro”, por lo cual, dijo en junio, cesaría pronto sus presentaciones en vivo.
“Es una enfermedad que hay que tomarla en cuenta, pero no es cáncer ni HIV ni nada contagioso, pero hay que tomarla en cuenta porque te va invalidando”, manifestó en aquel momento el músico, de 66 años, comenzando con una serie de especulaciones que recién ayer se terminaron de confirmar, y que transformaron el fuerte aroma de “última misa” que rodeaba el recital en, prácticamente, una confirmación del final.
“Es una enfermedad que hay que tomarla en cuenta, pero no es cáncer ni HIV ni nada contagioso, pero hay que tomarla en cuenta porque te va invalidando”
Un cierre que clausura la anhelada (pero casi imposible desde siempre) reunión de la banda (un recital que tendriá que hacerse en Marte...) y también inicia el fin de la era de las “megabandas” en Argentina capaces de convocar a decenas de miles sin esfuerzo: porque si bien también anda por allí tocando el otro cerebro de Los Redonditos, Skay Beilinson, lo cierto es que era el Indio quien convocaba increíbles multitudes (los 150 mil del sábado representan un record para Solari, tras los 120 mil de Mendoza, en 2013: el llamado “el pogo más grande del mundo”); y ya no están Soda Stereo o Spinetta, Charly atraviesa su era final y en el horizonte no aparecen bandas que generen las apasionadas migraciones masivas hacia el ritual que provocaran los mencionados combos. Apenas La Renga sobrevive todavía.
Las explosiones rockeras de las grandes bandas del rock nacional en multitudinarios estadios ingresa en una paréntesis de incertidumbre: la puñalada del Indio Solari en Tandil, entonces, se convierte no sólo en un cimbronazo para los ricoteros, sino en una parte infame de la historia del rock nacional.
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