La psicología nos dice que la negación es uno de los mecanismos de defensa de los individuos que se sintetizaría en “no ser consciente de algo que es evidente”. Hay una tendencia corriente a no querer ver algunas cosas (negación) y -en sentido inverso- ver realidades que solo aparecen en nuestra mente (ilusión).
Cuando esto ocurre en la vida diaria de una persona las consecuencias son para él y eventualmente pueden extenderse a aquellos con quienes se interactúa: “no, mi hijo no puede ser que se drogue”. Miles son los ejemplos.
Si la “negación” me domina, los problemas que me afectan directa o indirectamente se mantienen invisibles y eso tiene dos consecuencias inmediatas: una es la perduración y posible agravamiento del problema que no es reconocido, y la otra es que las decisiones para solucionar los problemas serán más costosos en todo sentido cuanto más tardemos en aplicarlas. La negación mantiene vivo el problema. Solo pospone y dificulta las soluciones.
La negación ha sido la práctica más recurrente en los últimos años en la política de nuestro país. La existencia de un problema demanda del gobernante “hacerse cargo”. Negar los problemas permite irradiar un relato donde “todo está bien”, y aquello que pueda no estarlo será culpa del accionar de otros.
Inseguridad, pobreza, narcotráfico, corrupción, inflación, crisis energética; recesión, aislamiento internacional, atraso cambiario, fueron problemáticas sobre las que se eligió la “negación” en lugar de su reconocimiento y acción para solucionarlos. El reconocerlos hubiese desnudado aquellas ideas que impulsaron la construcción de una ilusión: que vivíamos una revolución que nos llevaba a una democracia con progreso económico y social.
Sostenido por un gran aparato estatal y para-estatal de información se elaboró un relato de la realidad donde los males se adjudicaban al enemigo o se catalogaban como mentiras. El clímax de la “ilusión” creada mediante la negación lo observamos cuando un ex Jefe de Gabinete afirmó con contundencia ante los medios: “en Alemania hay más pobres que en la Argentina”.
Terminado el gobierno el 10-12-15, desaparece el aparato comunicacional y el dinero para sostener aquel relato. Es el momento donde la realidad desplaza la ilusión. Ahora, frente a nosotros tenemos las consecuencias de años de “negación”. Súbitamente, los gobernadores e Intendentes que compartían la negación, se lanzan a realizar reclamos desesperados de recursos y declaran, como la Gobernadora Alicia Kirchner, que están “quebrados”. Los sindicalistas que participaban de la “negación” mediando aplausos frente a la ilusión, irrumpen en las calles y los medios reclamando por los efectos devastadores de la inflación sobre los salarios. La crisis energética “expresamente negada” por el ex Ministro De Vido frente a los múltiples documentos presentados por el “Grupo de ex Secretarios de Energía”, toma visibilidad y reconocimiento desde el 11-12-15. Un día antes la ilusión se mantenía ya que desde el Estado la crisis jamás se reconoció.
Reconocer un problema era pasarse a la cadena del desánimo
Se entendía que reconocer un problema era pasarse al bando de la “cadena del desánimo”, y que aquellos que advertían sobre las consecuencias de no atenderlos eran “los profetas del odio”.
El mayor crimen de este tipo de política está en que la “negación” sería una conducta inconsciente en los individuos, pero en los grupos políticos se constituye en una estrategia de Poder y dominación deliberada. El voto legitimaría esto ya que la sociedad tiene la tendencia a rechazar las malas noticias y a los aguafiestas que nos quieren despertar y romper la ilusión. Pero, “no hay imperio que dure mil años”. La ilusión necesita financiamiento y hay un punto en que todos los bolsillos quedan vacíos, y nadie está dispuesto a prestarle a un quebrado, que además festeja ser no pagador mediando fallos judiciales que lo obligan.
A fines de diciembre del pasado año comenzó a sonar el despertador. Fin de ciclo que representa el fin de la ilusión. En el despertar, reconocemos la larga lista de crisis que nos rodean, los mudos vuelven a hablar, los que aplaudían hoy abuchean, aquellos que se manifestaban muy conformes hoy están primeros en la fila de reclamos. Todos los que constituían el oficialismo y hoy mantienen funciones de gobierno como gobernadores, intendentes o legisladores, cruzaron de vereda para reclamar por todos los problemas que en sus relatos no existían o silenciaban hasta el día anterior a la asunción del nuevo gobierno. La ilusión termina en el absurdo de mostrar como las grandes problemáticas del país nacen, se desarrollan y reproducen con el solo acto del juramento de un nuevo Presidente. El paso de la ilusión a la realidad es instantáneo.
La fiesta que además no era real sino una ilusión, se terminó. Ahora llegó la cuenta y hay que pagarla sin remedio. No matemos al mozo que la trajo.
La sociedad debe terminar con la impunidad política y social, y la judicial si existieron delitos. Cuando nos despertamos de la ilusión y vemos la crudeza de la realidad solo nos queda un camino: levantarnos y comenzar otra vez.
(*) Abogado, Prof. de Economía Política, Fac. de Ciencias Jurídicas y Soc. UNLP
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