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Una gran jugada para evitar la jurisdicción de un juez riguroso

Por Redacción

El ex mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva logró ayer, por el momento, esquivar la mano del estricto juez Sergio Moro, al aceptar la cartera de Presidencia en el gabinete de Dilma Rousseff, un nombramiento que le otorga fueros y lo blinda ante la Justicia. Dos de los procesos abiertos contra Lula están en manos de Moro, juez del Tribunal Federal de Curitiba que absorbió el grueso de las investigaciones del caso de corrupción en Petrobras y que ya ha aplicado 84 condenas, entre ellas contra importantes empresarios (como Marcelo Odebrecht), ejecutivos de la petrolera y políticos sin fueros.

Lula es el mandatario más popular que tuvo Brasil, y su nuevo cargo de ministro de la Presidencia (jefe de gabinete con poderes ampliados) en el gobierno de Dilma Rousseff lo convierte en un virtual “presidente en la sombra”. La designación se anunció en medio de una grave crisis política que tiene a la mandataria bajo una amenaza de destitución que Lula intentará sofocar con su reconocida muñeca política. Sin embargo, Lula no es el mismo que dejó el poder en 2011, tras ocho años, con una popularidad del 87%. Su imagen hoy está arañada por serios problemas con la Justicia, para los cuales su nuevo cargo será casi un respiro, ya que las causas en su contra por supuesta corrupción pasarán de la justicia común a la Corte Suprema, que no se caracteriza por su celeridad.

El cargo es también un nuevo capítulo en la vida política de Lula, quien huyó de niño de la miseria campesina, se hizo tornero, fundó una formación política (el PT, Partido de los Trbaajadores), llegó a la Presidencia de Brasil en su cuarta candidatura en 2002 y eligió a su sucesora, Dilma, en 2010. Durante su primer mandato, se le atravesó un primer escándalo de corrupción (el “mensalao”, que reveló que el PT pagaba coimas a legisladores opositores para que acompañaran los proyectos del oficialismo). Ese caso descabezó a la cúpula del PT y surgió el Lula pragmático, que se desmarcó de su propio partido para aliarse al centro y la derecha, volver a ser candidato presidencial en 2006 y ganar otra vez. En su segundo mandato se rodeó de una variopinta coalición, que siempre justificó con el alegato de que “se gobierna en función de la correlación de fuerzas políticas”. Logró sacar a 28 millones de personas de la miseria en que el propio Lula se crió. Tras dejar la presidencia, fundó un instituto político con su nombre y se dedicó a dar conferencias pagadas por grandes multinacionales.

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