Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Para los cristianos, ayudar a otros no coloca a nadie en condiciones de superiores, sino sólo de servidores.
Cada una de las obras de misericordia debe hacerse con humildad, sencillez, delicadeza y respeto, al máximo posible.
Ningún beneficiado debe sentirse endeudado con nadie, pues basta que reconozca la ayuda de Dios que se manifiesta por medio de un hermano.
En realidad todos podemos enseñar algo, aunque es mucho más lo que podemos aprender. La ubicación en esta verdad nos ayudará a ser humildes y evitar la soberbia, que es un pecado contra la naturaleza humana, además de una ofensa a Dios, de Quien todo lo recibimos.
Esta obra de misericordia implica un equilibro especial en quien intente realizarla, porque no se trata de dar lecciones a cuantos se nos cruzan por el camino. También es necesario tener cierto conocimiento de la otra persona, a fin de no atropellar ni agredir nunca.
Enseñar al que no sabe es remediar una situación y no complicarla, es prestar un servicio desinteresado
Enseñar al que no sabe es remediar una situación y no complicarla, es prestar un servicio desinteresado a quien es capaz de recibirlo, es ilustrar a quien lo necesita y quiere de buen grado ser ilustrado.
Se trata de enseñar al que no sabe, en aquello que le es necesario, ante todo para su propia salvación eterna, y por lo tanto en los medios que lo irán conduciendo a ella. La enseñanza puede darse directa o indirectamente, a través de palabras, escritos u otros medios de comunicación.
“Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos” (Daniel 12, 3).
Nunca debe darse una enseñanza de modo individual en situaciones públicas, ya que se pondría de manifiesto un defecto o carencia y el destinatario podría incomodarse u ofenderse. Si verdaderamente quiere hacerse una obra de misericordia debe surgir de la caridad.
Quien se propone enseñar al que no sabe, en un caso concreto, debe tener la delicada habilidad de hacerlo de modo que, en lo posible, el otro ni se dé cuenta que está recibiendo una información desconocida para él. Quizás en un diálogo simple, en que la enseñanza sea sobre verdades objetivas, nunca sobre pareceres personales.
Miremos a Jesús, que enseñó las verdades de la salvación a gente sin mayor cultura, pero siempre con simpatía, bondad y claridad: “Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1, 22). Las parábolas fueron el medio del que se sirvió para ello, y sus enseñanzas perduran a través de los siglos.
Una sugerencia: antes de enseñar a otros conviene dejarse instruir, recibir las enseñanzas sabias y prudentes de los mejores, de aquellos que vivieron o viven en la Voluntad de Dios.
Finalmente, recordemos que toda obra de misericordia siempre tiene la impronta de la gratuidad; por lo tanto nunca debe esperarse reconocimiento alguno: Dios ha sido generoso con nosotros. “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10, 8).
SUSCRIBITE a esta promo especial