Desde el próximo miércoles, cuando se inicie la visita del presidente Barack Obama a nuestro país, muchas miradas estarán puestas sobre su esposa, Michelle.
Es una mujer con un carisma extraordinario y con una inmensa popularidad en Estados Unidos. Dueña de un estilo “fresco” y singular, ha marcado una huella en la Casa Blanca.
Convertida en referente de una elegancia “accesible” (es conocida, por ejemplo, su tendencia a combinar alta costura con modelos de tiendas populares como Gap o Banana Republic), Michelle es mucho más que una mujer elegante.
Hasta los republicanos le reconocen a la primera dama norteamericana un gran carisma personal y grandes dotes profesionales y vocacionales en las cuestiones sociales.
El matrimonio Obama vendrá a la Argentina junto a sus dos hijas, ya adolescentes. “Es muy poco habitual que viajen los cuatro”, dicen en la embajada. Irán a Bariloche en “plan familiar”
Michelle Obama nació en el seno de una familia humilde asentada en un barrio obrero del sur de Chicago. Es descendiente de Jim Robinson, un esclavo nacido en Carolina del Sur. Su padre, Fraser Robinson, era trabajador del departamento de Servicios Hidráulicos de la municipalidad de Chicago y sufrió durante muchos años una seria enfermedad degenerativa (esclerosis múltiple). Su madre era ama de casa. Y entre los dos hicieron grandes esfuerzos para que pudiera estudiar.
Su tesón y fuerza de voluntad, la llevaron a un destino que parecía imposible en su adolescencia. Estudió en dos de las más prestigiosas universidades de la Costa Este (Princeton y Harvard), matriculándose en Sociología y Derecho.
En 1985 finalizó su carrera de Sociología y se especializó en Estudios Afroamericanos. Su tesis de graduación se tituló “Princeton – Negros educados y la Comunidad Negra”.
Tres años después, en 1988, finalizó su carrera de Derecho.
Durante su etapa estudiantil se involucró en distintos asuntos de política universitaria. Participó, por ejemplo, de distintas iniciativas para reclamar que se incluyeran en el plantel docente, profesores pertenecientes a minorías.
Su comienzo en el mundo laboral fue en un estudio de abogados de Chicago, donde un año mas tarde, en 1989, conocería a su marido. En 1991, un año antes de contraer matrimonio, falleció su padre a raíz de las complicaciones derivadas de su enfermedad, y casi al mismo tiempo murió una de sus mejores amigas de Princeton.
Estos acontecimientos la marcaron. Y sus biógrafos aseguran que influyeron para que su vida tomara un rumbo diferente. Se dedicó al trabajo social, en el que se introdujo con una profunda vocación de servicio a los demás. Puso especial énfasis en coordinar y animar a las personas para que prestasen apoyo voluntario a vecinos con dificultades especiales.
Comenzó a trabajar en acción social como funcionaria de la municipalidad de Chicago. Allí creó un programa social que prepara a jóvenes para el servicio a la comunidad, donde asumió el cargo de directora ejecutiva.
En 1996, inició en la Universidad de Chicago, como decana asociada de servicios estudiantiles, el primer programa de servicio comunitario de la universidad.
La entrada de su esposo en la carrera presidencial, supuso para ella un firme compromiso de participación muy activa en la campaña. Dejó entonces su trabajo, aunque nunca se apartó de lo que define como su “absoluta prioridad”: la crianza de sus dos hijas, Malia y Sasha.
“Mi principal función seguirá siendo, con toda honestidad, la de madre, y asegurarme de que en esta transición, que será más intensa para las niñas, ellas tengan una vida estable y ordenada” dijo en una entrevista que concedió apenas después de la primera elección presidencial de Obama. Pasaron casi ocho años. Y Michelle parece haber cumplido con aquel propósito.
En el camino, se convirtió también en un sostén fundamental para el Presidente y en un ícono que combina simpleza, sentido común y vocación de servicio.
Michelle tiene 52 años. Según Gallup, es la tercera mujer más admirada por los estadounidenses, detrás de Hillary Clinton y de la presentadora de TV Oprah Winfrey
Ha puesto una gran dedicación a su proyecto “Let´s move” (Movámonos), una campaña multidisciplinaria, a nivel nacional, contra la obesidad infantil y por la vida sana.
Se ha ganado un lugar en la política de Estados Unidos. En la convención demócrata que definió la segunda candidatura presidencial de Obama, tuvo una destacada participación.
Su nombre, su rostro y las historias de su influencia tras bambalinas son una constante en los medios, y muchas veces en palabras e imágenes no muy halagadoras.
Algunos libros la retratan peleando con el personal de la Casa Blanca, las revistas la han caricaturizado como una activista militante y en la televisión a veces se refieren a ella como “una mujer negra enojada”. Con todo, se mantiene centrada en sus asuntos.
Michelle Obama ha ganado confianza y soltura, tiene página de Facebook y cuentas en redes sociales como Twitter y Pinterest, en las que ha compartido algunas fotos de juventud e imágenes con su familia en la Casa Blanca, como si fueran una familia cualquiera.
Obama asegura que está “orgulloso” de su esposa, la considera el pilar de la familia, el amor de su vida y la mujer firme que le ayuda a “no perder el norte”. Su enorme popularidad, está fuera de discusión.
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