En septiembre pasado la foto de Aylan Kurdi, el niño de 3 años de edad que fue encontrado ahogado en una playa de Turquía, recorrió el mundo entero en segundos y avivó la polémica sobre el drama de la emigración. Su familia vivía en Kobane, una ciudad al norte de Siria que durante años fue escenario de crueles enfrentamientos entre el autodenominado Estado Islámico (EI) y las milicias kurdas. Hay allí más de 300 mil muertos en cinco años de lucha. La familia Kurdi intentaba llegar a territorio griego, pero la embarcación se hundió.
La fotografía de Aylan mostraba al pequeñito cabeza abajo, vestido de pantalón azul y remera roja, semihundido en la orilla, como besando el mar que debía llevarlo a la isla griega de Kos, puerta de entrada a Europa.
El mundo se avergonzó en esos días y la principal respuesta fue dada por los artistas gráficos, conmovidos aún por el horroroso atentado contra la revista Charlie Hebdo, pero dispuestos a seguir con su sencilla “Esta foto del niño sirio es el retrato del genocidio”, atinó a decir un periodista. Normalmente la prensa no muestra las fotos de niños muertos, pero esa imagen fue, tal vez, la protesta más viva contra un crimen colectivo que hoy sigue cometiéndose en el Mediterráneo y en numerosos puestos fronterizos. Y sirvió para inspirar, en media Europa, una postura más transigente con los refugiados. Sin embargo, una franja de la intelectualidad europea –tanto de derecha como de izquierda- se mantiene aún distante o indecisa. Europa está siendo interrogada, desafiada.
Mientras tanto, como legiones de un ejército derrotado, sin armas en sus manos, hay miles de personas que hoy buscan huir de la hambruna que reina en el llamado “cuerno de Africa”, en donde la peor sequía en 60 años deja sin comida a más de 12 millones de personas a lo largo de Somalia, Etiopía y Kenia. Otras columnas de refugiados huyen también de Irak, de Afganistán, de Siria, de las tierras sacudidas por conflictos sangrientos. Lo que intentan es ingresar a los países de Europa, en busca de paz y trabajo.
Miles de personas de todas las edades cruzan el Mediterráneo en patachos oxidados, en balsas precarias. Algunos van provistos de un GPS que los comerciantes les vendieron, sin preavisarles que el aparato sólo sirve cuando el objeto está quieto. No cuando se mueve. Para entenderlo, hay que naufragar para poder ser rastreado con los GPS. Son muchos los refugiados que terminan ahogados, extraviados en el mar azul. Los equipos de Médicos Sin Fronteras resultan impotentes para mitigar ese enorme y atomizado naufragio
LA PROTESTA
Aún no existe una literatura consistente que traduzca ese aluvión migratorio que interroga a Europa. Aún no apareció el Albert Camus o el Sartre de este imponente éxodo de dolor, pero el periodismo corre de playa en playa, de frontera y frontera y extrae crónicas desgarradoras sobre la peste y la náusea de tanta muerte.
Los historietistas franceses, los ácidos caricaturistas de las revistas políticas europeas, se muestran como los más comprometidos: “Se ruega a los inmigrantes que se ahoguen en sus costas”, dice una viñeta publicada estos días, que acompaña a la foto de una playa atestada
Frente a la indiferencia de millones de europeos y de muchos de los líderes mundiales, humoristas gráficos y caricaturistas cargan a fondo con sus dibujos y escritos llenos de una honda solidaridad. “No permitas que la Europa de los valores se hunda en el Mediterráneo”, dice otra.
La leyenda se inscribe sobre un mar sereno, rodeada por una figura casi artística formada por doce cuerpos flotando. Se parece a esas escenas de las viejas películas de Hollywood de Esther Williams, pero en esta ocasión los nadadores están muertos.
La fotografía de Aylan mostraba al pequeñito cabeza abajo, vestido de pantalón azul y remera roja, semihundido en la orilla, como besando el mar que debía llevarlo a la isla griega de Kos, puerta de entrada a Europa.
Otro dibujo muestra a un asesino fundamentalista con un cuchillo en su mano, corriendo a una persona que huye hacia el mar; en el segundo cuadro se ve a esa misma persona, ya en Europa, con un guardia que lo pisa con su enorme bota. La ropa del guardia remeda al uniforme nazi.
Los diarios europeos coinciden en señalar que el primero que denunció públicamente esta tragedia fue el Papa Francisco: “Acepten inmigrantes y creen empleos”, le pidió al parlamento europeo. “No podemos permitir que el Mediterráneo se convierta en un vasto cementerio”, imploró en Lampedusa, al sur de Italia adonde llegan muchos cruceros del horror.
La humanidad siempre tarda en advertir la cercana presencia de la muerte. La noticia de la invasión de Polonia por los nazis fue dada a una columna, en la mayoría de los diarios del mundo. Nadie vio que ese episodio iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Tampoco alcanzó las primeras planas el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La noticia salió perdida entre muchas otras en las páginas de Internacionales.
Por ese motivo debe ser que hace pocos meses se desarrolló en la frontera entre Grecia y Macedonia –donde las autoridades habían erigido una enorme cerca de alambres de púa- una batalla desigual, la primera que, por el candente tema de la migración, tuvo lugar en el territorio europeo.
Allí, en la franja conocida como “tierra de nadie”, estuvieron de un lado policías armados con equipos antimotines, con casco, chaleco y cachiporra, parapetados detrás de escudos blindados, bajo la orden expresa de frenar el flujo desesperado de quienes intentaban labrarse un futuro; del otro, miles de refugiados inermes que intentaban pasar al lado griego y que fueron repelidos por la policía.
La única forma que encontraron los refugiados para detener ese ataque a balazos fue colocar a los niños y a las mujeres al frente. “Las autoridades macedonias respondieron como si tuvieran enfrente a provocadores y no refugiados que huyen de conflictos y persecuciones”, denunció Amnistía Internacional.
“Están ahí, en la frontera, porque hay muchas puertas y corazones cerrados. Los inmigrantes de la actualidad sufren a cielo abierto, sin comida, no pueden entrar, no se sienten acogidos. Abran las puertas”, dijo Francisco esta semana, improvisando durante la tradicional audiencia general.
LOS ESCRITORES
Son hasta ahora escasas –según lo señalan críticos de medios europeos- las voces de escritores que hablan de esta terrible marea humana que deriva entre Africa y Europa. “¿Cuántos seres humanos deben ahogarse para que salga a flote nuestra conciencia?, escribió Jesús Bastante, un conocido escritor y periodista español. “Los gobiernos de Europa parecen haber olvidado que fueron ellos, y su política colonialista, las que ayudaron a crear un continente africano paupérrimo y beligerante”.
Poco antes de morir, Umberto Eco dejó el latigazo de su opinión. Dijo que aunque el miedo exista en muchos europeos, lo que debe recordarse es que “Europa es un continente que fue capaz de fusionar muchas identidades sin mezclarlas. Así es como veo exactamente su futuro.”
El filósofo y novelista italiano aseguró que “en el próximo milenio, Europa será un continente multirracial”, remarcando su posición en tiempos en que el neofascismo está empezando a ganar elecciones en medio continente europeo. Frente a este último fenómeno, aseguró que “los racistas son una raza en vías de extinción, como los dinosaurios”.
Santiago Alba Rico es un escritor español que se hizo conocer por su libro “Islamofobia. Nosotros, los otros, el miedo”. Allí le advierte a los lectores europeos que si no se teje una alianza con los inmigrantes “tenemos que prepararnos para una larguísima decadencia tribal, violenta y ultrarreligiosa. Lo que Europa tiene que aceptar es que no van a dejar de venir inmigrantes o refugiados. No van a dejar de entrar. Así que si no estamos dispuestos a reconocerles sus derechos con arreglo a la carta fundacional de Naciones Unidas, tendremos que admitir que no podemos evitar que vengan y que cada cosa que hacemos mal contra los desplazamientos migratorios socava aún más los cimientos de una civilización que está ya tocada de muerte.
LA XENOFOBIA
Hace diez días se publicó en España la siguiente encuesta. Ella refleja que la población de seis Estados de la UE no comparte la afirmación de que su país debería ayudar a los refugiados. Son Hungría (67%), República Checa (66), Bulgaria (61), Eslovaquia (58), Letonia (55) e Italia (46). En el extremo contrario, los más favorables a prestar apoyo a los refugiados son Suecia (94%), Holanda (88), Dinamarca (86), Grecia (85), España (84) y Alemania y Chipre (83). En Francia, ganan los partidarios de ayudarles, aunque la diferencia no es muy amplia: 59 a 33.
Durante los últimos tres siglos, Europa fue el continente que más emigraciones registró hacia los otros continentes. En el caso de la Argentina –cuyo modelo de receptividad de inmigrantes europeos fue elogiado recientemente por un escritor mexicano, como contraste con lo que ocurre ahora en la UE- llegó a tener a fines del siglo XIX un habitante europeo de cada tres que integraban su población. Italianos, españoles, portugueses, ingleses, franceses, alemanes, suizos, polacos, austríacos, no hubo país europeo que no volcara población en otras fronteras.
Ahora, ya en pleno avance el siglo XXI, la ecuación se invirtió. Son los inmigrantes los que están golpeando en las puertas de Europa.
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