La brecha económica que suele existir entre hombres y mujeres no se limitaría a cuestiones de salarios, sino que también se trasladaría al precio de los productos, en detrimento del bolsillo femenino. Las mujeres no solo que ganarían menos que sus homólogos varones, sino que además pagarían más en sus compras. Este fenómeno por el cual algunas empresas tienden a cobrar más caro los productos dirigidos a ellas se conoce como “impuesto rosa”.
Esta diferencia en el valor fue estudiada por economistas de distintos países. En Francia, después de realizar una investigación en la que se compararon tres tipos de productos y tres tipos de servicios, concluyeron que el fenómeno existía aunque no de forma sistemática.
También en Estados Unidos afirmaron la existencia del “pink tax” (tasa rosa). Se estimó que los productos femeninos tenían en promedio un 7% más de recargo adicional. La investigación se basó en un relevamiento de 800 mercaderías de 35 rubros distintos.
Aunque en Argentina no se realizaron estudios similares, en un recorrido por locales de nuestra ciudad se corroboró esta diferencia en algunos tipos de productos como maquinitas de afeitar, desodorantes, también en artículos infantiles como mochilas y despertadores de spiderman y de kitty. Sin embargo, la desigualdad en los valores no siempre se da en igual modo: depende del comercio y de las marcas.
La diferencia en el precio es variable. En algunos casos es mínima y en otros más notoria. Muchos tildan a esta situación como “discriminación basada en el género”, mientras que otros aseguran que se trata de meras especulaciones económicas.
En este sentido, el economista Martín Tetaz explica que normalmente para planificar las estrategias de precio y de segmentación de mercado se consideran las predisposiciones a pagar de los distintos grupos.
“Los empresarios quieren aumentar sus ganancias y le cobran más a los que están dispuestos a pagar. Los hombres gastan más en celulares y autos mientras que las mujeres lo hacen en artículos de perfumería”
“Los empresarios quieren aumentar sus ganancias y le cobran más a los que están dispuestos a pagar. Los hombres, por ejemplo, gastan más en celulares y autos mientras que las mujeres lo hacen en artículos de perfumería”, dice el economista y explica que como en algunos rubros los varones se inclinan por lo más barato, las marcas tienden a ofrecer sus productos a más bajo costo.
“Las empresas especulan con la voluntad de pagar. Por eso la ropa interior femenina es más cara que la masculina. A veces la diferencia está dada por la edad. Las empresas segmentan grupos y ven hasta dónde están dispuestos a pagar”, explica.
El impuesto rosa también se evidencia en algunas peluquerías, dónde a los varones les sale más barato el corte. El peluquero estilista Jorge Montaña señala que “lo que pasa es que los hombres por lo general van más seguido a cortarse el pelo, por eso se les hace precio. Las mujeres, en cambio, se cortan con suerte cada dos meses”.
Los estereotipos aumentan el precio
La socióloga especializada en género y en el mercado de trabajo femenino Norma Sanchís, coincide con Tetaz en que la diferencia de precio descansa en una especulación sobre una supuesta mayor voluntad para pagar dentro del universo femenino. Para la especialista esta creencia se apoya en algunos prejuicios.
“Hay un estereotipo que tiene que ver con el tipo de consumo que se incentiva en las mujeres. Dado el peso cultural que tiene la estética, se supone que vale la pena cualquier inversión”, sostiene la especialista y señala que en algunos productos, como las maquinitas de afeitar, que son muy similares las de hombres y mujeres, la diferencia de precio descansa en que se supone que las mujeres no se fijan en cuánto gastan.
“Otro estereotipo cultural que incide en este fenómeno dice que las mujeres son más gastadoras y consumidoras que los hombres. Eso también lleva a aumentar los precios. Se cree que son más irracionales frente al consumo y las compras y que tienen mayor compulsión”, afirma Sanchís.
Por otro lado, plantea que las mujeres que trabajan no aportan al hogar paterno, y si no tienen hijos se convirtieron en un nuevo foco de interés para las empresas. “Es probable que los productos pensados para ellas sean un poco más caros”, dice.
El precio de los productos femeninos figura como otra de las desigualdades que deben afrontar las mujeres. Y que se agrava al considerar la brecha salarial que existe en relación a los hombres.
En Argentina las mujeres ganarían en promedio un 27% menos que los hombres, según datos del Ministerio de Trabajo. La situación empeoraría en el sector informal, donde la diferencia salarial ascendería a un 40%.
Las actrices de Hollywood no estarían exentas de esta discriminación: en los últimos años varias estrellas reclamaron públicamente una igualdad salarial a la de sus colegas varones. Según se quejaron, ganarían varios millones de dólares menos por roles de igual exigencia y protagonismo.
La remuneración no sería la única diferencia marcada por el género en el ámbito laboral. En un estudio que realizó la empresa de Recursos Humanos Adecco, un 80% de las mujeres encuestadas consideró que a igual capacidad para un puesto, el empleador se inclina siempre por el candidato de sexo masculino.
“Otro estereotipo cultural que incide en este fenómeno sostiene que las mujeres son más gastadoras y consumidoras que los hombres”
Además, al consultarles si consideraban que había puestos destinados específicamente para hombres y otros para mujeres, el 60% respondió de manera afirmativa, indicando que existen muchos puestos de trabajo que son excluyentes por sexo. Cuando se les preguntó si creían que la mujer tiene las mismas posibilidades de conseguir un mismo puesto de trabajo por igual remuneración que un hombre, el 43% respondió que dependía del tipo de trabajo; el 37% respondió que no lo creía posible; y tan sólo el 20% respondió afirmativamente.
De esta investigación participaron 361 encuestadas, el 30% se encontraban trabajando y poseían puestos gerenciales, el 23% puestos de supervisión, un 15% ocupaba puestos ejecutivos, un 12% en puestos de asistencia y tan sólo un 5% se desempeñaba en un puesto directivo.
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