GETT: EL DIVORCIO DE VIVIAN ANSALEM, de Ronit Elkabetz y Shlomi Elkabetz.- Vivian decide divorciarse. No quiere más a Elisah, su esposo. Pero la ley religiosa en Israel marca que si él no lo permite, no hay divorcio. Y él quiere seguir siendo el dueño de ella. No acepta la separación definitiva. Ni el marido ni los jueces entienden que el desamor es un argumento imperioso y suficiente. “¿Su marido le pega, la maltrata, la engaña?” le preguntan a Vivian. No, pero ella no lo quiere más. El film cuenta las interminables presentaciones de esta mujer ante ese tribunal que insiste que ella debe volver a casa, quedarse junto a su esposo y sus hijos y renunciar a la idea del divorcio. Este largo deambular esta contado como una obra teatral. La cámara sólo registra la sala de audiencias y la sala de espera. La pareja, sus abogados y los testigos. No hay nada más. Salvo ese tribunal que por supuesto toma partido por la unidad familiar y que dilata sus decisiones para tratar de desgastar a esa mujer tozuda que ha transformado su lucha en un verdadero símbolo de libertad y resistencia. Película austera, seca, conversada, a veces reiterativa, pero siempre intensa y esclarecedora. El plano no sale de ese único lugar para mostrar la encerrona que padecen esas mujeres sometidas. La libertad de elegir contrasta con las paredes y esos jueces que nunca cambian. No hay revelaciones ni sorpresas (salvo la que lanza el abogado del marido sobre el abogado de ella) y apenas se alude a la religión y la vida íntima de la pareja. Todo se repite como para subrayar el cansancio y la tenacidad de esa mujer a la que el desamor es al fin lo único que la sostiene. Tanto, que hasta en la promesa final renuncia a la ilusión de un mejor futuro con tal de asegurarse la libertad de este amargo presente. Vale la pena. (*** ½)
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