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El barrio del tiempo

Por Redacción

Pisar la zona de la Vieja Estación, viajar en el tiempo pero no en el espacio

Por JOSE SUPERA
ESCRITOR

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Las agujas del reloj de la estación están en las seis y treinta y pico. El viento a veces hace mover las agujas. El viento hace mover al tiempo. Cuándo será que se habrá detenido ese reloj. Me pregunto también si habrá visto algún ojo ese detener. Mis pies caminan calles de adoquines. El pasado en mis pies. Mis pies yendo hacia el futuro. Camino el hall de la Estación Provincial. Trenes invisibles que llegan desde el pasado. Trenes de carga que transportan materiales valiosos como memoria, identidad, recuerdos.

¿Es el tiempo algo real?

Pensar en los desplazamientos, en los lugares que nos unen. La espera. Qué esperamos de aquello que llega. Qué dejamos ir. Qué despedimos desde el andén de nuestra vida. Con qué nos quedamos. Quizá con las voces, los abrazos, las presencias.

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“Esta nace con intereses de orden editorial pero expansivo a otras posibilidades de encuentro. La década del noventa era una década ‘de persianas bajas’ no sólo en la ciudad en general sino en nuestro propio barrio: Meridiano V. Nuestro empeño estuvo dedicado a la examinación del campo de la cultura pero a la vez poder territorializar nuestras apuestas. Darles territorio y no sólo desplazarnos por el centro sino también como dijimos en un manifiesto de MV: Habitar el barrio. Habitar el barrio no como experiencia aislada. Sino como lugar de inventiva, posibilidad incluso de experimentación, dónde no todo está resuelto. Dónde la coexistencia implica compromisos, aperturas y diálogos con referentes y sectores muy diversos. La Grieta produjo en el año 1995 la primea Muestra Ambulante. Y podríamos decir que desde ese momento, incluso un tiempo antes, encontró que este borde de la ciudad era un gran respiradero dónde se cruzaban tradiciones diversas: trabajadores del ferrocarril, o familiares de ex trabajadores del ferrocarril, nuevas generaciones, comerciantes, y por sobre todo la impronta de un barrio que comenzaba a abrirse si se quiere al encuentro de otros cruces, del otro lado de la vía. La expresión cultural como identidad del barrio hoy. Post 2001 comenzamos a cultivar estos cruces que mucho tiempo estuvieron fragmentados por la circunvalación. Hoy podríamos decir que con mucho esfuerzo vecino, pero a la vez la apropiación genuina de la gente, el parque es una experiencia que aglutina, mezcla y cruza, no sólo a los Altos de San Lorenzo sino a visitantes de muchos otros barrios”, me cuenta Gabriela Pesclevi en el galpón de La Grieta. Salimos a caminar un rato por el barrio. La tarde se presta. Me cuenta las experiencias que vivió con la gente ahí en el galpón. Los chicos que van a los talleres, los padres que se prenden en las actividades. Le pregunto si me puede poner en contacto con alguien de la Estación Provincial, y para ahí me lleva, a hablar con una mujer que es historia viva.

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Me espera en una de las mesitas que hay en el hall central de la Estación. Beatriz Belo, vicepresidenta del Centro Cultural Estación Provincial. Nació y se crió en este barrio. Le pregunto qué recuerda. Ella recuerda noches de verano, con la estación en pleno auge, cuando iban a buscar a su papá con sus hermanos. Le pregunto qué más recuerda. Las salidas del tren nocturno a La Pampa, todo el barrio se acercaba a verlo. Se acuerda de los comisionistas que iban en el tren. Que iban de pueblo en pueblo llevando productos que se vendían por catálogos. Se acuerda del reloj funcionando, allá arriba, iluminado, las campanadas en las horas pico. “Mi vida está ligada al ferrocarril. Soy nacida en este barrio. Mi papá trabajó acá en la Estación Provincial, él era telegrafista. Después lo trasladaron. Hasta que volvimos. Ahí empecé a trabajar en Administración, en el año 57, en las oficinas que estaban acá arriba. En el 61 dejaron prácticamente dejaron de venir los trenes. El barrio hasta ese entonces giraba en torno a la estación. Donde está Ciudad Vieja había un almacén de ramos generales; después estaba el bar de Guanzetti, donde después funcionó Ocampos; donde está bar Imperio había kiosko, panadería, peluquería; y donde está Mirapampa ahora, había una oficina de acopio de cereales. El tren corría dos veces por semana pero era lo que activaba el barrio en ese entonces. Cuando dejó de venir el tren fue muy traumático. El barrio empezó a perder su brillo. Los negocios cerraron. La mayoría de la gente se fue. Uno de los pocos que se mantuvo en pie fue Edgardo, con su bar. Y me señala el bar de Edgardo. Y lo veo que está abriendo la cortina metálica. Y entonces me despido de Beatriz, le agradezco y cruzo la calle de adoquines.

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Voy a la fonda de Edgardo Ricci. En una tele de los 90 dan la carrera del hipódromo de Palermo. Hay vinos y botellas de Amargo Obrero con las etiquetas que despegaron los años. Suena un tango. Piazzolla. En la tele gritan Y cruzaron el disco. El tipo anda por atrás. Entre la barra y las botellas, la trinchera que le puso su vida. Un Cinzano con Fernet, me pregunta, o más que pregunta es imposición. Le digo que sí. Al rato aparece con el vaso. Se sienta en la mesa. Un suspiro. Me doy cuenta que es un soplido de tiempo. Se sienta en la mesa que estoy. Me pone el vaso con vermú. Solos. En su restaurant lleno de tiempo y camisetas y cabezas de jíbaro y artículos de colección y recortes. Solos. Antes que todos lleguen. Antes de que todo llegue. Nos ponemos a hablar de la vida. Me cuenta cosas de cuando al barrio ese no iba nadie, pero nadie. Me explica que esto no es Meridiano V, que esto en su momento se llamó Ferrocarril Provincial hacia el Meridiano V, porque el tren iba hacia Mirapampa, que es la última estación de la provincia, antes de pasar a La Pampa, y ahí es por dónde pasa el Meridiano V. Su viejo era ferroviario. Él fue ferroviario. También jugaba al fútbol. En Estudiantes. Si no hubiera sido por esa rodilla hubiera llegado a primera. Cuando dejaron de venir los trenes, con la indemnización compró el bar donde ahora estamos, que para la época era algo moderno, paquete. Se disculpa porque se tiene que meter en la cocina para empezar a preparar todo. En unas horas esa fonda va a estar llena de gente y no es joda. Nos damos la mano y le prometo volver. Me dice que será un placer atenderme.

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Cuando salgo a la calle otra vez, veo el reloj que dejó de funcionar. Veo el artefacto. Miro el barrio. La gente, los chicos, la vida pasando. No dejó de funcionar, pienso.

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