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Las secretarias suelen traer dolores de cabeza. A la empresa, al patrón o a la señora del dueño. Conocen las bambalinas del jefe, organizan sus horarios, lo estimulan, lo muestran, lo ocultan y lo cubren. En ellas hay algo que va mucho más allá de la buena presencia y el escribir rápido. Son las cajas de seguridad de esos señorones que saben repartirse entre el descanso, el trabajo y el placer. Sin una buena secretaria, hasta el mejor estadista puede hacer chambonadas. Diligentes, puntuales, coquetas, lindas y apropiadas, su rol se magnifica a la hora del inventario y el balance. Ahora, cuando estamos asistiendo a un festival de gente memoriosa, hizo su reaparición con menos cautelares y más detalles, la ex del ex, Miriam Quiroga, secretaria de Néstor Kirchner y amante con mandato cumplido. En esta época de arrepentidos y recordadores, tras años de preventivo silencio, ella decidió repasar sus mayores secretos en los finales de un verano con mucho descubrimiento.
Gobernar, como la moda, es el arte de tapar y descubrir. Siempre lo fue. Miriam Quiroga empezó a desarchivar otra vez sus recuerdos cuando se enteró que Obama y el Vaticano habían decidido abrir los armarios para ventilar complicidades y silencios.
No usó metáforas ni puntos suspensivos. Con sus decires ha confirmado que las señoras dominan la escena: la Merkel está jaqueada en Europa. Y Rousseff y Bachelet se sienten contra las cuerdas. Son señoras con énfasis, como la nuestra, que han sobrepasado lo de los cupos para darle vida a un feminismo en cuotas que quiere comprarse todo. Hoy la alemana reforma su política; Bachelet y Dilma necesitan relanzar sus imágenes. Y en la casona de Calafate revisan los pararrayos y le ponen vallados al síndrome de abstinencia.
Gobernar, como la moda, es el arte de tapar y descubrir. Siempre lo fue. Miriam empezó a desarchivar otra vez sus recuerdos cuando se enteró que Obama y el Vaticano habían decidido abrir los armarios para ventilar complicidades y silencios. Todo el país vive ese rebote de confesiones tardías. Los olvidadizos están en retirada. La actualidad exige que quienes repartían la torta vayan contando por qué hicieron lo que hicieron y por qué no hicieron lo que tenían que hacer. Elaskar salió de su silencio y dijo lo que una vez dijo que no dijo. Lo mismo Fariña. Muchos recuperaron la memoria y maquillaron declaraciones. Mientras, ante las cámaras, Echegaray ensaya explicaciones y la “rosadita” llena bolsos de suspicacias.
La guerra de papel se ha desatado. Unos y otros quieren hacer carrera aportando secretos. Por lo que se ve, la vida transcurría mientras una parte de la verdad estaba oculta en los archivos ministeriales, entre memos y facturaciones, protegida por una burocracia que siempre juega para quien tiene las llaves. Hoy la moda es desenterrar papeletas. La batalla de las desclasificaciones domina una actualidad donde se multiplican revelaciones, tarifas y precios.
La palabra secretaria viene de secretos. Ellas valen menos por lo que saben que por lo que olvidan. Miriam llevaba a la cama las confesiones de Kirchner. Las ponía entre las sábanas cuando el jefe tiraba el saco cruzado y los mocasines para disfrutar de un cuarto intermedio. Le ofrecía oreja y algo más a la hora de desclasificar sus gustos. Era una de esas secretarias que estaba cerca del corazón y de los asuntos. De las que te pueden mejorar la noche y complicarte el día.
La mitad de los cuentos infantiles nacen del secreto y las mentiras ocultas. Y hoy nos sentimos niños que nos roban, nos devuelven, nos empaquetan y nos embaucan. ¿Será así la cosa? En los bosques presidenciales las caperucitas siempre terminan entregando hasta la canastita. ¿Las abuelitas de hoy serán los lobos del mañana? La que fuera directora del área de Documentación de Presidencia de la Nación, volvió a recordar sus buenas épocas. “Fui la amante de Néstor durante diez años”. Planta permanente. “Y lo sabe Cristina y lo sabe todo el gabinete”, confesó en el programa El Diario de Mariana, emitido por Canal 13.
La mitad de los cuentos infantiles nacen del secreto y las mentiras ocultas. En los bosques presidenciales las caperucitas siempre terminan entregando hasta la canastita. ¿Las abuelitas de hoy serán los lobos del mañana?
Sus palabras deben haber pegado fuerte en el corazón de una casona de Calafate que en estos días está más atenta a los archivos que al quórum. De a poco, a esa antecocina, va llegando no el cordero de siempre sino las denuncias de nunca. La realidad golpea todas las mañanas, como el cartero, en esa residencia que, como enseñó “la bestia” de Obama, sueña con poder estar blindada contra los ataques. Pero no hay caso, también allí la grieta dejó filtrar lo que jamás quisieran haber escuchado. Y hoy no quieren ver papeles, ni el higiénico, en ese retiro con meditaciones en cadena. Con su mando a distancia, lo que trata de controlar su ilustre moradora no es una tropa algo aturdida sino un pasado que le va derritiendo su presente, como el Perito Moreno, con mucho espectador interesado en asistir al derrumbe.
(*) Periodista y crítico de cine
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