El paro de un sector de los auxiliares docentes, con un alcance muy limitado y circunscripto a sólo ocho escuelas de nuestra ciudad, se parece más a una bravuconada de un pequeño sector sindical que a una legítima medida de fuerza. Así se evalúa, al menos, en ámbitos educativos, donde miran con una mezcla de sorpresa e inquietud las características de la huelga.
No es -ni mucho menos- un paro con impacto significativo. Pero basta que un alumno no tenga clase durante un mes para que la situación sea grave. En este caso, son “sólo” ocho colegios. Pero a esos colegios concurren unos siete mil alumnos. No es irrelevante.
En ámbitos institucionales y sindicales, muchos coinciden en que la medida parece más bien apuntada a una supuesta demostración de fuerza frente al nuevo Gobierno; como si un pequeño núcleo sindical con escasa relevancia intentara mostrar, en forma ruidosa y prepotente, que tiene fuerza para paralizar clases. Lo penoso es que el Gobierno no lo resuelvan con diez ordenanzas que vayan a barrer a la noche.
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