Mientras terminaba de escribir esta columna ocurrió un horroroso hecho en el centro porteño, donde resultó muerto un transeúnte a causa de un disparo.
Las diversas reacciones que se han generado frente al hecho, me llevan a modificar algunos aspectos de lo que deseaba expresar.
No puedo evitar imaginar que un gran banco de niebla se ha posado sobre la moral, el derecho y la política, y esto afecta desde hace tiempo a gran parte de nuestra sociedad. Y digo a una parte porque, como los conductores frente a la niebla matutina, hay quienes son conscientes del hecho y tratan de superarlo con prudencia y responsabilidad, pero también hay quienes se sumergen en ella sin siquiera advertirla, o peor aún, sin responsabilizarse de los efectos que su audaz conducta puede producir.
Moral, derecho y política son palabras que solemos utilizar en forma antojadiza: desde las aulas universitarias, con grandes pizarrones nos ocupamos en señalar sus importantes diferencias. Las conclusiones de famosos filósofos y juristas nos habilitan a argumentar que se trata de áreas diversas que regulan nuestras conductas.
Moral, derecho y política son palabras que solemos utilizar en forma antojadiza
Y esa ceguera teórica causa que olvidamos que en verdad, las acciones humanas no son “cosas” sino una práctica permanente, una tarea inacabada que se construye día a día.
En nuestra abrumadora vida cotidiana no solemos tener esto en cuenta. Nos referimos a las acciones como “cosas”, como si se concretaran en mensajes de redes sociales o WhatsApp, cuando en realidad se trata de conductas que tienen una significación práctica: así es como cosificamos por igual a un ser humano muerto, un acto de corrupción, violaciones, violencia, filmaciones, informes, declaraciones, etc. Esto nos lleva al error de pensar que la respuesta a nuestros problemas se encuentra sólo y únicamente en un sistema legal abstracto, lo cual también viene bien a algunos, pues es una manera de culpar hacia afuera sin responsabilizarnos de nuestros actos (“¡que alguien haga algo!”). Pero en realidad, en el trasfondo de cada problema social están las conductas: nuestras y ajenas.
Ver solamente “cosas” causa que nos acostumbremos fácilmente a ellas, pues las consideramos objetos tan naturales como el Sol y la Tierra. Distinguir en la realidad a las acciones humanas y valorarlas implica que dejemos de “naturalizar” el hecho y nos cause horror determinado obrar.
No sé cuándo ni cómo hemos dejado de tener en cuenta esto, pero lo cierto es que ya lo advirtieron los pensadores griegos hace más de dos mil años cuando organizaron sus vidas en la “polis” sobre la base del “sintagma”, el orden y la coordinación de acciones, lo que hoy entendemos como “constitución”: normas sí, pero que se referían a acciones prácticas básicas relacionadas con conductas humanas presentes y futuras.
La moral se vincula a la honestidad (hago lo mismo que deseo que hagan los demás), el derecho se enlaza con la justicia (no hago a los demás lo que no quiero que me hagan) y la política está unida al decoro (actúo con los demás respetuosamente, de la manera en que yo deseo que ellos actúen respecto de mí). Honestidad, justicia y decoro son las tres cualidades del obrar que legitiman nuestras acciones socialmente. No basta con una sola. La falta de una produce el derrumbe de las demás: no puedo hacer justicia si no soy honesto y no actúo con decoro; no alcanza con el decoro o corrección política sin justicia ni honestidad; y no puedo escudarme en mi honestidad avalando la injusticia y la falta de respeto.
¿Cómo podemos actuar en forma práctica ejercitando estos valores? Me permito adelantar que no será explicando conceptos en un pizarrón. Por supuesto que tampoco escribiendo una columna de opinión.
El jurista y filósofo argentino Carlos Cossio sostenía que “el derecho adquiere vida cuando aparece lleno de sentido común”. Esta plenitud de sentido común es deseable para nuestros actos morales, para la solución de conflictos jurídicos y para las decisiones políticas. Su nombre no nos debe confundir: no se trata de captar y describir sensaciones físicas evidentes, sino de apreciar la realidad de manera razonable, de actuar y argumentar fundadamente, de admitir nuestra responsabilidad y reconocer la dignidad individual.
Honestidad, justicia y decoro son las tres cualidades del obrar que legitiman nuestras acciones socialmente
En fin, en vez de preocuparnos por saber que “cosa” es la moral, la justicia o la política, pensemos si en cada caso nuestras acciones son morales, justas, respetuosas.
La única forma de salir airosos de este banco de niebla es que cada uno de nosotros conduzca desde el lugar que le corresponde haciéndose cargo de las consecuencias de sus actos. De lo contrario, seguiremos viendo muertes por televisión y creyendo que nuestras acciones caben en un mensaje de texto.
(*) Profesor titular ordinario de Introducción al Derecho de la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP. Miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba.
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