¿Hay algo más hermoso y excitante que un avión cayendo en picada? ¿Algo más conmovedor y majestuoso que esas ballenas voladoras que surcan el cielo como animales malignos? Franc Tireur, protagonista de El arponero del aire y alter ego de su narrador, puede dar cuenta de estas inquietudes con desdén y desparpajo: nacido a 30 mil pies de altura en un viaje entre Buenos Aires y Madrid, en un punto del espacio donde no existen reglas claras para definir algo tan claro como hora y lugar, decide no sólo odiar a los aviones -para los cuales tiene boletos ilimitados de por vida- sino también perderse en un alocado propósito: volar ininterrumpidamente y habitar sus aeropuertos durante un año y medio, sin parar, a la deriva de todo contacto con el mundo exterior y terrenal y, a fuerza de una multiplicidad de usos horarios arbitrarios, con el sincero y autodestructivo objetivo de amputarse horas como quien se amputa pedazos del alma. Un reviente aéreo. O mejor: una desorganizada pero minuciosa venganza contra algo imposible de vengar: el tiempo.
Toda gran ficción nos enseña que las reacciones humanas pocas veces son razonables sino contradictorias y hasta incomprensibles. Bajo el imperativo de esta cláusula, la novela de Maximiliano Costagliola (Berazategui, 1975) explota con pulso delirante y ácido y su lectura se nos vuelve, de un tirón, un amanecer para celebrar en el horizonte de las tramas desfachatadas y geniales.
Mezcla extraña de ingenuidad y desamparo metafísico, en la línea de maestros como Grunberg o Fante, la escritura de Costagliola sobrevuela -y el término, perdón, es imposible de obviar- el universo melancólico y disparatado de un alma estafada -como todas, en realidad- pero también los resabios asépticos de la sociedad que la creó. El relato lo sintetiza en las peripecias vertiginosas e inexplicables de alguien que, pese a los años y su vida terrenal, parece continuar anclado a las alturas como la primera vez. “A través de algunos datos algo imprecisos que fui recolectando -nos dice el protagonista- pude deducir más tarde que asomé al mundo cerca de la intersección del meridiano 20º con el paralelo 40º, sobrevolando el Atlántico, patrimonio de la humanidad, que es lo mismo que decir soberanía de nadie”.
Así como advierte el texto desde el principio, El arponero del aire es un ida y vuelta entre el narrador y Tireur, capaces ambos de sentirse engañados por las convenciones temporales de la humanidad y perderse durante horas en un juego de elaboración propia cuya única e inocua finalidad -sin mayores obstáculos que saber identificar las teclas de un teclado- es derribar aviones comerciales como quien arponea ballenas en el cielo. “En ocasiones -nos dice- pienso en la inverosímil posibilidad de que Franc Tireur se apoderase por completo de mí y lograse exterminar docenas de aviones sin que lo descubriesen”.
Con el tono de una alegoría elegante y rabiosa, escalonada a partir de un viaje narrativo imparable, la vida de nuestro entrañable antihéroe del aire se tamiza en una voz que se hace cómplice, confesional y casi conspirativa. La confesión, su desamparo absoluto y por momentos desconcertante, se nos vuelve entonces una voz que nos atrapa y, sin soltarnos en ninguna página, sin dejarnos levantar, nos obliga con ritmo hipnótico a perseguirlo por cada unos de esos aeropuertos y paréntesis que intenta capturar en los cielos lo mismo que en sus cacerías como Casanova de la muerte o en el corazón de una secta cordobesa.
Su reacción y propósito pueden no tener ninguna lógica pero no por eso dejar de ser desgarradoramente humanas. “Seguía colgado de ese vuelo non stop de un año y medio con la misma intensidad con la que un soldado recuerda la velocidad de la bala que mató a su compañero”.
Sorprende y genera admiración Costagliola. Sabemos que estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires, donde se licenció con honores y ejerció la docencia. También que trabajó como editor y corrector literario y que su cuento “Ruidos de alfil” fue publicado en el libro “La Plata, ciudad inventada”, y que la novela que ahora nos llega a través de la editorial Seix Barral, además, fue finalista del premio Emecé y ganadora del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en el año 2011. Su inusual destreza estilística para saltar del humor más corrosivo a la desolación más apabullante, su sinceridad de mentiroso empedernido, nos revela además la innata e inevitable condena que supone la conciencia del tiempo, algo de lo que solíamos tener sospechas pero no, como construye y nos propone este narrador de vuelo alto, una mirada tan aguda, humana y original a la vez.
Editorial: Seix Barral
Páginas: 208
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