TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

¿Cuántas verdades hay?

¿Cuántas verdades hay?

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Imaginemos a tres personas ubicadas en diferentes lugares de un salón y a desiguales distancias de una escultura que se encuentra en el centro de la sala. Ahora pidámosle a cada una de ellas que describa la escultura con la mayor fidelidad posible. Tras escucharlas es probable que nos encontremos con tres esculturas diferentes. En cada descripción influirán múltiples factores. Acaso una persona sea miope. Otra verá desde su posición detalles que para las otras están ocultos (un brazo o una mano de la figura esculpida, un pliegue en la ropa, una zona iluminada). Al mismo tiempo no accederá a aspectos que las otras ven (una sombra que aumenta un volumen, un escorzo). Si guiándonos por las descripciones debiéramos decidir cómo es la estatua, ¿qué diríamos?

Quizás antes de responder debiéramos ubicarnos por un momento en cada uno de los lugares que estas personas ocupaban. Entonces descubriríamos que las tres descripciones eran certeras. Acaso no eran completas, porque ninguna de las tres personas veía la totalidad de la escultura, sino la perspectiva que su ubicación le brindaba. Pero no dejaban de ser certeras. Lo que detallaban estaba ahí y era comprobable. ¿Dónde está la verdad de la escultura, entonces? En cada descripción, no en una sola. Lo que cada una contiene es, en todo caso, una porción de la verdad, una mirada sobre ella. No existe en este ejemplo una verdad absoluta. O sí. La verdad absoluta es que allí había una estatua. Esto es lo único que ninguno podrá negar, salvo que actúe de mala fe, o cegado por la necedad.

Cada día, a cada momento, nos encontramos ante circunstancias, cosas, fenómenos, situaciones que nos tienen como protagonistas o testigos en simultáneo con otras personas. Y frecuentemente este hecho desemboca en enfrentamientos, desencuentros y polémicas desgastantes y dañinas debido a que no aceptamos que no percibimos la totalidad de la cuestión, sino solo aquello que nuestra perspectiva nos permite registrar. Y la misma indignación que nos asalta cuando alguien niega que las cosas sean como las estamos percibiendo desde nuestro lugar, es la que se apodera del otro o de cada uno de los otros, cuando a nuestra vez no aceptamos sus miradas sobre la situación.

LA PARTE Y EL TODO

En la política, en la religión, en el deporte, en la economía, en la cultura y en numerosas facetas de la vida pública y privada, tanto en la intimidad como socialmente, es común que se trate de imponer verdades parciales como si fueran verdades totales. Dogmas, mandatos y consignas que se repiten y se imponen son enarbolados como verdades indiscutibles. Nadie dice “mi verdad” (lo que significaría “lo que veo desde donde estoy”). Se habla de “la verdad” y allí se cierra toda discusión. La posesión de ella pareciera dar derechos y se actúa en nombre de estos. La consecuencia se traduce en descalificaciones, autoritarismos, violencia verbal o física. Quien toma una parte por el todo limita su visión del mundo, empobrece su existencia, cierra su razón, pierde perspectiva, deja de comprender, se ausenta de la empatía tan necesaria y esencial en la construcción de los vínculos humanos. De hecho, abundan quienes abrazados a “su” verdad, convencidos ciegamente de que no hay otra posibilidad, se encierran en un reducto mental y emocional tan pequeño como rígido y quedan de espaldas al mundo, a su riqueza, a su diversidad y a su belleza.

Otras personas admiten la verdad del otro siempre y cuando coincida con la propia y la confirme. Es decir, mientras no las obligue a argumentar, revisar, comprender, evaluar e incluso dudar. Ante situaciones de este tipo refuerza su valor una reflexión del gran novelista británico Graham Greene (1904-1991), autor de conmovedoras y apasionantes novelas que invariablemente plantean agudos dilemas morales, como “El americano impasible”, “El poder y la gloria”, “Un caso acabado”, “El cónsul honorario”, y más. “Intento comprender la verdad, aunque esto comprometa mi ideología”, decía Greene. Y se disponía así a uno de los más difíciles ejercicios de apertura mental, de honestidad intelectual y de aceptación que pueden atravesar los seres humanos en tanto criaturas sociales y morales. Lo habitual es encontrar actitudes que están en las antípodas de la de Greene. Personas que se aferran a su verdad hasta convertirla en armadura protectora. Al parecer temerosas de que la aceptación de otra mirada amenace a su integridad o a su identidad.

Que la realidad tenga matices y que el registro de esos matices termine por dibujar el mapa de la verdad, conlleva el riesgo del relativismo. Por ejemplo, llegar a la conclusión de que al no haber una verdad absoluta, todo vale. El filósofo Allan Bloom (1930-1992) advirtió contra este riesgo en su libro “El cierre de la mente moderna”, en el que señaló que el relativismo acabó con el objetivo central de la educación: la búsqueda de una vida buena. Desde los tiempos de Aristóteles se entiende por vida buena una existencia sostenida por valores puestos en práctica y orientada a la exploración del propio sentido antes que a los simples aspectos materiales.

SIN GRITOS

En nombre del relativismo se dice que todo es según el cristal conque se mire y que no se puede emitir juicio sobre otras conductas. Suena correcto, pero no deja de aparecer como un modo de evadir responsabilidades y compromisos respecto de los temas esenciales de la convivencia social. Aquí regresamos al principio. El hecho de que cada momento, individuo, fenómeno o situación solo pueda ser descripto desde el lugar en que alguien lo ve, no exime a esta persona de definirse acerca de los valores acordados en el contrato moral que hace posible la existencia de la comunidad humana. Pasémoslo en limpio. Cada persona puede elegir su manera de vivir y, mientras no afecte a la mía, yo tendré, a mi vez, otro modelo que no será más “verdadero” que el de aquella persona. Pero más allá de lo que cada uno decide hacer con su vida, hemos convenido en una verdad social y moralmente aceptada: el valor de la vida. Por lo tanto, sin dejar de respetar la diversidad como base esencial de la realidad, tomaré siempre partido frente a quienes atentan contra la vida y la integridad física, emocional o psíquica de otras personas.

Esto no quita que, en una sala y ante una estatua, sigan existiendo las descripciones diferentes. Vemos distintas maneras de vivir (llamémosle diferentes verdades). Las vemos en seres que viven. Que estamos vivos es una verdad “absoluta” e innegable. Lo seguirá siendo en la medida en que nos comprometamos a respetar la vida. Se trata de estar a favor de que la estatua siga allí, aunque luego no todos la veamos igual. Y recordar, quizás, una sentencia de Rabindranath Tagore (1861-1941), poeta y narrador indio, Premio Nobel de Literatura: “La verdad no está de parte de quién grite más”.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD