Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Esta obra de misericordia bien puede encuadrarse en una de las siete peticiones del Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12).
En una de las instrucciones de Jesús a sus discípulos, Pedro le pregunta: “Señor, cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22)
El perdón para el cristiano es ilimitado. Siempre debe darse el perdón, y debe ser auténtico, generoso, total, sin guardar rencor.
Por eso, vale el esfuerzo de olvidar siempre todas las ofensas que pudieron haberse recibido.
Las ofensas dependen de quien las profiere y de quien las recibe. Por eso, si alguien me injuria u ofende, y yo no recibo ese agravio, se perderá… Cabría preguntarse entonces si acaso no existe cierta culpa en aquel que se da por aludido y recibe, haciendo suya, la ofensa de otro.
Sucede también que aquello que para alguien es una broma, para otro es una ofensa.
Todos somos muy distintos, también en cuanto a la sensibilidad frente a las expresiones de otros.
El equilibrio siempre ayudará para dejar pasar y olvidar lo que no nos gusta, e incluso lo que nos molesta u ofende.
Para perdonar de corazón y con total olvido cualquier ofensa recibida es necesaria una actitud de fe que promueva la misericordia.
El perdón para el cristiano es ilimitado. Debe darse el perdón, y debe ser auténtico, generoso, total, sin guardar rencor
San Pablo exhortaba: “Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado, hagan ustedes lo mismos”. (Gal 3, 12-13).
Conviene saber ejercitarse en disculpar siempre a los demás, entonces ni siquiera será necesario perdonar porque nunca nos sentiremos ofendidos.
Generalmente los mezquinos, los egoístas, los resentidos, los soberbios, no son capaces de perdonar de corazón; pero habrá que reconocer que no todos tienen el necesario equilibrio psicológico que les permita una mirada y una actitud de misericordia.
Santo Tomás de Aquino enseña que “La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar de misericordia, porque la manera de demostrar que Dios tiene el poder supremo es perdonar libremente los pecados…” (Suma Teol. 1 q.25, 3). Si Dios es “rico en misericordia” (Ef 2, 4) y está dispuesto a perdonarlo todo a todos, con cuanta mayor razón nosotros hemos de perdonar con generosidad a quienes pudieron habernos ofendido, aunque hubiese sido muy doloroso, con gravísimas consecuencias.
La realidad de que los seres humanos tenemos nuestros límites y debilidades, y que los errores o delitos que podemos cometer son incalculables, puede ayudarnos para tener siempre la mejor comprensión y perdonar todas las veces que sea conveniente, sin guardar rencor a nadie.
Esa actitud de misericordia nos acercará más Dios Misericordioso y nos permitirá vivir con mayor alegría.
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