Compromiso, dedicación, nobleza y una personalidad en la que vida y docencia fueron compañeras inseparables caracterizaron la fecunda trayectoria de Osvaldo Gulli en la enseñanza pública y privada de la Región. Su fallecimiento, a los 73 años, genera profundo dolor entre quienes admiraron y valoraron su carisma y sus virtudes académicas en el terreno de la biología, colegas y estudiantes de varias generaciones que lo consideraron, más que un profesor, una presencia inspiradora.
Hijo de María del Carmen Passarelli y Concepto Gulli, hermano de Alberto y Miguel Angel, Osvaldo Héctor nació en Lanús Este el 6 de marzo de 1943, pero fue el barrio platense de plaza Güemes el que adoptó como suyo desde la infancia, cuando su familia se mudó a una casa frente al espacio verde de 19 y 38.
Integrante de grupos scout desde edad temprana -experiencia en la que consolidó un innato espíritu solidario- y forjado en la adversidad a partir de la temprana pérdida de sus hermanos, comenzó a trabajar en la adolescencia como empleado de la empresa nacional de Correos y Telecomunicaciones para ayudar económicamente a los suyos.
Luego de otra instancia laboral en la administración pública bonaerense, decidió volcarse a la docencia, y el 15 de julio de 1983, a los 40 años, se graduó como profesor en Ciencias Naturales en el Instituto Terrero.
Dos años después, el 28 de octubre de 1985, se sumó al plantel docente de la Escuela Nacional Superior de Comercio, hoy Escuela de Educación Secundaria Nº31, situada en 46 entre 2 y 3. Y en 1988, al del Instituto Superior La Anunciación de la Santísima Virgen, en 514 entre 7 y 8 de Ringuelet.
Reacio a jubilarse, en ambos establecimientos dictó clases hasta la actualidad, y también tuvo un paso por la Escuela Nº10. Pero fue en las antiguas aulas del tradicional Comercial “San Martín” donde se ganó con naturalidad y camaradería el cariño y el respeto de alumnos y compañeros de trabajo.
Impulsor y participante asiduo de viajes pedagógicos y grupos de ayuda comunitaria surgidos en el seno del colegio, marcó su impronta humanista y atenta en gestos mínimos y trascendentes, desde tener siempre a mano una golosina, un consejo y un gesto amable hasta interiorizarse por la salud de estudiantes en recuperación por enfermedades o lesiones, en ocasiones visitándolos en sus casas.
Hincha de Estudiantes en el plano futbolístico, periódicas visitas a Necochea y Tandil, para visitar algunas de las abundantes amistades que supo cosechar como educador, le proporcionaban recreo y descanso.
Muchos de los que pasaron por sus clases lo eligieron, años después, como padrino de sus hijos, y muchos más como protagonista central del acto de entrega de sus diplomas de graduación como peritos mercantiles o bachilleres.
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