En el centro de Chascomús, al igual que en el de Lezama, ningún vecino desconoce las repercusiones que puede tener pagar aquella rifa que hace 20 años no se controló debidamente. En el clima de café se reprocha que las cosas se “hicieron mal”, pero en las calles nadie se atrevió a adjudicar esas desprolijidades administrativas a un acto de presunta corrupción. Y algunos defendieron la “buena fe” de la gestión del entonces intendente Juan Carlos Salas. En Chascomús esa fue la primera vez que se rifaba un premio tan valioso como un campo y también, la última. Sin embargo, no se dejaron de celebrar rifas en todos estos años con un gran éxito. Muchas de ellas son de vehículos y motos pero otras son de casas. Hurgando entre los diarios locales de 1996 en el Instituto Historiográfico me asombré por la costumbre de los sorteos ampliamente promocionados y a beneficio de distintas entidades educativas, culturales, deportivas o -la que parece más prestigiosa en la práctica- de los Bomberos Voluntarios. “Yo tuve mi casa gracias a una rifa de un club de Chascomús”, me dijo una mujer que casualmente estaba presente. Para equilibrar la desconfianza, me vale también esa experiencia.
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