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Gabriel Sorá

Gabriel Sorá

Por Redacción

Fue un humanista que se esforzó por alcanzar el mayor conocimiento posible de la cultura universal; pero además fue un profesional íntegro y un hombre de bien que trabajó movido por ideales solidarios. Por eso, el fallecimiento de Gabriel Sorá causó una profunda consternación entre quienes lo conocieron.

Hijo de Francisca Vilar, trabajadora de talleres textiles, y Gabriel Sorá, operario gráfico en tiempos combativos de esa actividad, había nacido en la capital federal, en el seno de un hogar humilde con raíces españolas y republicanas, el 12 de febrero de 1932.

Su hogar estaba en Boedo, a pocas cuadras del “Viejo Gasómetro”, como se conocía al emblemático estadio de San Lorenzo. Como solía recordar, lo signó ese barrio en cuya historia abrevó, ya sea para describir las vivencias de su club de fútbol o la significación de ese lugar en la vida cultural porteña.

Siendo aún muy joven recibió una oferta para trabajar en los talleres del diario “Los Andes” de Mendoza, y allí se trasladó con su familia. Además completó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional “Agustín Alvarez” y cosechó amigos que mantuvo durante toda su vida. También cumplió con el servicio militar obligatorio en el Regimiento de Infantería de Montaña, experiencia que enriqueció su vasto anecdotario.

Años más tarde, se graduó como ingeniero en la Universidad Nacional de La Plata, donde consolidó su adhesión al ideario de la Unión Cívica Radical que siempre sostuvo como bandera.

Además de ejercer la profesión de manera independiente, se desempeñó como docente de Agrimensura y fue funcionario público en la Municipalidad de La Plata y en el Instituto de la Vivienda. En el año 1983 fue designado administrador en Obras Sanitarias de la Provincia, cargo desde el que volcó -como en muchos otros proyectos- los vastos conocimientos sobre manejo de los recursos hídricos que supo incorporar en su paso por tierras cuyanas.

En el arte se caracterizó por su melomanía en el Coro Sinfónico Universitario de la Universidad Nacional de La Plata; la actividad le permitió conocer a Sara Esther Rozas, una joven comprometida, como él, con la universidad de impronta reformista.

Destacada jurista, ella fue la compañera de toda su vida, los unió una empatía alimentada por el amor y el compañerismo. Ese vínculo trascendió a sus hijos, Gabriel, Eduardo, Alfredo, Gustavo Alejandro y Diego, todos destacados docentes universitarios.

Su compromiso cívico con las asociaciones profesionales que lo tuvieron como protagonista, y en la cooperadora de la Escuela N° 10, en la que participó activamente durante los 10 años en los que sus hijos concurrieron, le valió el afecto y el respeto de quienes compartieron esos ámbitos.

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