Uber ha instalado el debate en toda la sociedad. Con posiciones a favor y en contra, el sistema genera dudas e incertidumbre en la calle, y también en muchos ámbitos institucionales. Muchos legisladores, funcionarios y jueces admiten que no es un tema fácil de abordar. Uber habla, de alguna forma, de los dilemas que plantea la tecnología; de las zonas grises y de los vacíos normativos que provocan los nuevos dispositivos tecnológicos y de la velocidad a la que se producen las transformaciones, siempre mayor que la del sistema regulatorio.
No se descubre nada nuevo si se dice que, permanentemente, las redes sociales, las nuevas “aplicaciones” (ahora llamadas apps), las plataformas digitales y otras novedades, revolucionan hábitos, costumbres y sistemas que han funcionado durante décadas de una determinada manera.
Uber puede provocar una “revolución” -controvertida, por cierto- en el transporte urbano. Pero “revoluciones” similares han atravesado y atraviesan a muchas otras actividades, servicios y sistemas.
En el lanzamiento y la instrumentación de Uber hay algo de imposición que inevitablemente hace ruido. La ausencia de reglas claras; la competencia en muchos aspectos despareja con los taxis y remises (que deben subordinarse a costos y exigencias que no tienen los conductores de Uber) y la “prepotencia” con la que se impone, sin atender reparos ni aceptar condiciones, son suficientes para justificar recelos e interrogantes.
Este mismo debate que ahora se instala en Argentina y en La Plata, se ha producido antes en distintos países del mundo. En algunas ciudades (como París, por ejemplo) la reacción de los taxistas incluyó protestas de alto voltaje violento.
Uber desafía a cada ciudad en la que desembarca. No pide permiso, eso está claro. Y se hace lugar a la fuerza.
Hablar de Uber es hablar, en definitiva, de los complejos dilemas que plantea el futuro. Y confirma algo elemental pero cierto: el futuro ya llegó. Habrá que convivir con él. Y tratar de que no nos pase por arriba.
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