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Egresados, tan lejos y tan cerca

Por Redacción

Las historias de reencuentros con ex compañeros de aula proliferan en la Ciudad. Hay grupos que renacen, otros que son inseparables y algunos que recurren a la tecnología para encontrarse o para seguir viéndose. De qué hablan, de qué callan, qué comen, dónde se juntan. El impacto de reunirse después de años de ausencia

Por

JUAN MANUEL MANNARINO

Carlos Fanjul mira fotos y dice que no entiende. Aparecen unos hombres canosos brindando con vino tinto entre fuentes de asado, canastas de pan, soda y ensalada. Egresado del año 1972 de la Escuela Superior Nacional de Comercio, “Carlitos” o “El rengo”, como lo llaman los amigos, sigue desorientado. No se explica cómo la cena anual de egresados se convirtió en reunión mensual y luego quincenal. Cómo los integrantes del grupo, con los que dice tener poco en común, se transformaron en amigos. Cómo, para Fanjul, verlos es juntarse a rememorar relatos de la vida adolescente. Aquellos tiempos de travesuras, de tiempo libre, de inocencia. Una suerte de paraíso perdido.

“Hay veinte anécdotas que nunca dejan de circular. Actuamos como si tuviéramos quince años”, dice, entre risas.

Fanjul (60), habitual anfitrión, es uno de los ocho para quienes suspender una reunión es herejía. “Es casi un ritual religioso”, cuenta. Y agrega un dato: después de que todos pasaron los 50 años, los encuentros se hicieron más intensos y regulares. “Quizás se deba a la vejez, a que hubo algunos problemas de salud -reflexiona Fanjul-, pero el grupo se unió mucho más”.

Las historias de reencuentros con ex compañeros de secundario proliferan en la Ciudad. En la era digital de WhatsApp, Twitter y Facebook, ponerse en contacto es algo fácil y cómodo. Pero los vínculos humanos no corren a la velocidad de lo tecnológico y se vuelven a definir con el paso del tiempo. Así como hay grupos que se hicieron inseparables como los de Fanjul, otros se reencontraron por internet como el de Andrea Stochetti (54), egresada de la Escuela Media N°2 conocida como “La Legión”. Y algunos, como los de Maxi Dumon (36) y Nico Lamberti (29), que pertenecen a generaciones más jóvenes, suelen ir desde el cambio de rutinas y horarios a la fijación de un único patrón de encuentro.

“Son tiempos de hiperconexión y de múltiples relaciones simultáneas amparadas por la tecnología. Los encuentros a escala humana, entonces, son afectados por la velocidad y el ritmo de lo virtual. El tema es ver qué tipos de presencias se generan en los grupos, porque tanto jóvenes como adultos son parte de esta nueva trama social”, explica la psicoanalista Beatriz Janin.

De novia con un ex compañero

En algunos casos, las redes sociales funcionan como el punto de partida. Andrea Stochetti (54), egresada de la Legión, cuenta que fue por el Facebook personal que se reencontró con una ex compañera de secundario. Un día se dio cuenta de que le había mandado una solicitud de amistad. La aceptó. A los pocos minutos empezaron a chatear y se armó la idea de juntar a la división.

“Se organizó una cena por los 30 años de egresados. Nos entusiasmamos y buscamos a otros para que se sumen. Hoy ya somos más de 15 fijos”, dice Andrea, docente jubilada. Y se sorprende, entusiasmada: “Fue como encontrarse con desconocidos. La imagen de la secundaria no tiene que ver con la realidad de hoy. Lo que se siente es que de grandes tenemos más posibilidades de charlar y te empezás a descubrir con el otro”.

Pero en la vida de Andrea hubo algo más que un simple revivir de juventud. Hace cuatro años, en una de las reuniones, charló con Gustavo, un ex compañero. Nunca, en el pasado, se habían tratado más que para convidarse cigarrillos en los recreos. Tres décadas después, sin embargo, se dieron cuenta que compartían afinidades, ideas políticas en común y gustos personales. “Me había separado hacía poco y empezamos a salir. Fue algo que surgió de manera espontánea. Hoy vivimos unos días en Villa Gesell y otros acá en La Plata, pero cada uno tiene su espacio”, dice Stochetti.

Para el resto fue una novedad, pero se acostumbraron rápido a verlos juntos. El grupo se encuentra cada uno o dos meses. Cuando lo hacen, suelen preparar almuerzos con una carne a la parrilla y a veces piden comida. Prefieren reunirse en casas aunque suelen salir a cenas shows. Allí escuchan música y corren las sillas. Bailan en ronda. Como en los viejos tiempos.

La división de roles

A la hora de organizar están los que toman la iniciativa y los que funcionan de puente para unir los detalles. Para Nicolás Lamberti (29), comunicador social, es una tarea imprescindible. Si en su grupo alguien no hubiera propuesto fijar una pizzería como punto de reunión, ejemplifica, la continuidad de los encuentros se habría desvanecido. “Los viernes son sagrados. Somos un grupo de ocho varones que la mayoría se conoce desde el jardín Santa Rosa, hicimos primario y después secundario. Nunca dejamos de juntarnos”, explica Nicolás, que además subraya una particularidad: a la pizzería suelen ir dos profesores y un preceptor. “Es raro, pero son la apoyatura de esos relatos del pasado que nunca dejan de contarse, que no son exactos sino que se reinventan todo el tiempo”, bromea.

Maxi Dumon (36) es Ingeniero en Sistemas y se reencontró con sus compañeros del Normal Nº 2 mucho tiempo después de graduarse. Les costó reconocerlos: hacía tiempo que no sabía nada de ellos. Se juraron verse, al menos, una vez por mes, aunque no podían arreglar un día. “La mayoría tiene familia y organizar es complejo”, dice. En un principio, usaban el mail. Nadie se propuso como líder y entonces confiaron en el nuevo método: un grupo de Whattsapp. “Se descentraliza la carga de un solo organizador. A veces es un caos pero funciona bien. Y lo más importante: seguir viéndose dejó de ser una promesa”, comenta.

A Fanjul el Whattsapp no le parece una buena idea. Cree que alguien debe agarrar el timón. En su grupo, dice, hay un compañero que manda “400 mensajitos de texto por semana pero no trae ni una botella de soda”. Luego, otro se encarga de comprar las cosas para armar la comida en casa ajena. “Es un enfermo que ni siquiera permite que le compren el carbón. Pero los dos son eficientes”, dice. Suelen cenar asado y en ocasiones comen pizza o picada. Antes salían a comer a los clubes de barrio pero en las casas no hay límites de horario para la sobremesa. Dice que son todos varones y que, de tanto en tanto, aparece un grupo de mujeres. Que una vez salieron de pesca a San Miguel del Monte y otra a una cabaña de Chascomús. El récord fue cuando, en 2013, se juntaron 40 egresados, entre los que habían personas que viajaron de Corrientes y Neuquén.

Entre la exposición y la exclusividad

Todos aprecian las nuevas formas de comunicación pero rescatan más lo que sucede después de cada encuentro. Según Andrea Stochetti, en el grupo también comparten cumpleaños y otros festejos. Eso, dice, hizo más estrecho el vínculo. “Antes convocábamos por Facebook pero después nos pasamos al WhatsApp. Fue un éxito, hasta se enganchó un ex compañero que vive en París. Casi todas las semanas hablo con él, le cuento cómo anda el grupo, en qué anda cada uno”, comenta.

Para Andrea, el intercambio por celular no sólo se creó para fijar el próximo día de encuentro. Allí hablan sobre los hijos, el trabajo, las vacaciones. En los últimos chats se discutió sobre ir a pasar unos días a Villa Gesell o hacer remeras con el año de egresados. En cada reunión se sacan fotos. Cuando alguien las sube a Facebook, empiezan los problemas. “Estamos pendientes sobre si salimos peinados o en buena pose. Y si no nos gusta, pedimos sacar la etiqueta”, confiesa Andrea.

“A mí no me importa si aparezco más feo o más lindo. Pero a otros les interesa lo público y hasta hicieron videos. Lo lindo es que ahora se está reuniendo un archivo con los videos del viaje de fin de curso”, cuenta Fanjul. Para Maxi Dumon, después del impacto del reencuentro –y de la circulación de frases como “estás igual”, “qué alto o gordo que estás”, “no te puedo creer lo cambiado que estás”-, sobrevino la discreción. “Subimos fotos de las reuniones, pero no de cuando estábamos en el colegio. A nadie le interesa tanto que los demás vean cómo nos sentimos. Es algo más privado”, enfatiza.

Según Mónica Cruppi, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, en las reuniones de egresados suele producirse un “choque” con el pasado. “No cualquier persona puede asimilar los cambios –reflexiona-. Por eso muchos se niegan a ir por el desfase entre la imagen de ayer y la de hoy. Pero para otros es una situación novedosa. En la sociedad actual, que se está tan pendiente de la imagen, cuesta entender que haya grupos a los que sólo le importa verse y conversar y no que tan pelados o gordos están”.

Sin embargo, hay quienes confiesan sentirse cómodos en la exclusividad y no tanto en la exposición. Lamberti dice que su pequeño grupo funciona como una isla en relación al resto de sus ex compañeros de secundaria. “Tenemos nuestro propio grupito de Face, donde subimos en tiempo real lo que pasa en las juntadas. Somos como una pequeña familia que no permite intromisiones. Al que falta a la reunión le escribimos por WhattsApp diciéndole ‘dónde carajo estás’? o ‘tu novia no te dejó salir, ¿qué pasó?’”.

“Efecto Secundario”, una obra de teatro

Ratón Losada, director de teatro de La Plata, creó la obra “Efecto Secundario” inspirada en el reencuentro de ex graduados de un colegio secundario. Se interesó con el cambio que producen los años “no sólo desde lo físico sino en el pensamiento”. ¿Qué pasa cuando te encontrás con alguien que te juntabas a jugar al fútbol y hoy está en la vereda opuesta de tu vida?, fue la pregunta que disparó un trabajo de creación colectiva con actores. “En una juntada dejás de lado las diferencias para pasar una noche tranquila de pizzas y cervezas, pero en la obra buscamos que esas situaciones exploten y aparezca lo bizarro del paso del tiempo”, cuenta Losada.

Quizás ese tipo de reunión, dice el director, funciona como el puntapié de un acontecimiento que es ideal para el escenario. “Ya no somos los que fuimos, sin embargo esa noche queremos seguir siendo los mismos de hace tanto tiempo. Pero es imposible. Es algo que los personajes viven entre el juego de la apariencia y la realidad en un instante que es poderosamente dramático”, remata Losada.

Lo prohibido y lo permitido

En las mesas de egresados no es posible hablar de cualquier tema. Suelen prohibirse, por ejemplo, las discusiones sobre política. Es una constante de los encuentros íntimos: evitar los conflictos como pacto de convivencia. “Varias veces me peleé con amigos por eso. Pero con este grupo hay un sano respeto. Existe un cuidado del otro a pesar de las miradas intensas, nos conocemos las debilidades y se omiten comentarios porque sabemos que se pudre. Soy el zurdito del grupo y no me emparenta ideológicamente nada a ellos, que son comerciantes, odontólogos, contadores”, dice Fanjul.

En el grupo de Stochetti ocurre algo semejante: se retorna a las anécdotas de secundaria para no debatir sobre política, fútbol u otro punto de discusión. “Tenemos como objetivo disfrutar el rato, divertirnos. Algunos son medio cerrados y no se profundizan debates para evitar peleas”, comenta Andrea.

El humor, subraya Nico Lamberti, es el antídoto para disimular la tensión. En su grupo también predominan la variedad de profesiones: policía, profesor de artes plásticas, financistas, mecánico de aviones, analista de sistemas, comerciantes. “Nos conocemos hace 23 años y a diferencia de otros ex compañeros, somos muy amigos. De ahí que circule la ironía y la acidez. El chiste corta la discusión, por ejemplo hay quienes estuvieron con el gobierno anterior y otros apoyan a éste. Y después nos reímos de nosotros mismos. Es todo transparente. El eje de la cargada suele ser un profesor, que es el más callado y tímido. Lo apodamos ‘el sacerdote’”.

Para Carlos Cuestas, especialista en psicología social, el desafío es aceptar al otro en su versión actual y no en la foto estancada de egresados. “Están los miedos de mostrarse auténticamente porque se teme el rechazo. Entonces, cada grupo construye su propio parámetro de confianza”, analiza. Y distingue dos posibles modos de relación: “Los que se conocen más recurren a la ironía como método de aliviar las diferencias. Y los que no se tratan tanto hacen acuerdos de no comunicar todo lo que les pasa o sienten para no generar problemas”.

Dumon cuenta que, lejos de la confrontación, ente sus compañeros saben que el instante vivido funciona como una recreación del entretenimiento. Dice que se impone un mecanismo extraño. “Alguien se acuerda de detalles muy divertidos y los demás deliberan si fueron parte o no de esa historia. Y si corre el alcohol, la memoria se pone más frágil”, ríe.

Cierta vez el recuerdo fue una profesora que “puso de punto” a los menos aplicados de la división. Entonces pasaba lista y detenía la lapicera. “¿Le puedo poner un 1?”, preguntaba, inquisitiva. Y desde el fondo del aula le respondían: “No, profesora, ¿por qué?”. En un tono severo, la profesora replicaba: “¿Estudiaste? Porque si no, te pongo un 1”. Cuando rememoraron la anécdota, discutían quiénes eran los apuntados. “En aquel momento sufríamos. Pero ahora nos cagamos de risa”, dice Dumon. Y siguen, en grupo repasando esa vida, que fue la de ellos. Tan lejos. Y tan cerca.

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