Aunque no lo parezca a primera vista, los estudios sobre personalidad en los individuos vinculados a escándalos de corrupción, se enfocan con más intensidad en el sector empresarial, privado, que en el ámbito público.
Casos resonantes como los de Enron en Estados Unidos o Parmalat en Italia dieron marco y relevancia a una nueva rama de la psicología, la “Corporate Psichopathy” (psicología corporativa o empresarial), cuyos enunciados parecen muy atendibles para describir no solo su campo específico sino también características centrales de la sociedad contemporánea.
Trabajos como los de Slavoj Zizek: “Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales”, Buenos Aires, 2009; Robert Hare: “Sin conciencia. El inquietante: mundo de los psicópatas que nos rodean”, Barcelona, 2003; Zigmunt Bauman: “La sociedad sitiada”, Buenos aires, 2004, y el más conocido entre nosotros: “La muerte del prójimo”, del eminente psicólogo italiano Luigi Zoja (Buenos Aires, 2015), testimonian el vigor del nuevo enfoque disciplinario.
La idea central que sostiene este abordaje es la comprobación de que los escándalos de las últimas cinco décadas no constituyen casos de inmoralidad ocasional, cometidos por personas que podrían arrepentirse de un eventual error, sino que tales sujetos evidencian perversiones morales permanentes, sin experimentar sentimientos de culpa, lo que define la estructura psicopática de su perfil.
El libro de Luigi Zoja es tal vez el más holístico y abarcador. Según su análisis de los empresarios de alto rango, estos cursan un proceso de deshumanización y erosión del respeto por los demás. Ya sea por las presiones que cargan, causadas por las exigencias de la creciente revolución informática o la competencia del mercado, adquieren “falta de escrúpulos, de sentido de la responsabilidad, tendencia a la mentira y a la manipulación, y cinismo”.
Por su parte el ensayista Robert Hare, en el trabajo citado, desarrolla una “escala de evaluación psicopática” (Psichopathy checklist) que arroja resultados severos, en línea con la investigación realizada por la Universidad de Surrey, que compara a “empresarios exitosos” con criminales y pacientes psiquiátricos graves, diferenciando a estos últimos de los primeros sólo por la inestabilidad, la inadaptación y la agresividad descontrolada. Con todo, la hipótesis de comparación es estremecedora.
Otra distinción significativa es la que separa a los “empresarios exitosos” de los rezagados. La dinámica de la empresa en los altos niveles favorece la promoción de los sujetos avasalladores, intuitivos y oportunistas, relegando a las personas dotadas de fidelidad, cautela y escrúpulos, es decir perjudicando a personas equilibradas y, según la directa expresión de Luigi Zoja, “liberando un chorro de psicópatas”.
LOS CORRUPTOS EN EL SECTOR PÚBLICO
Decíamos arriba que este abordaje arroja interesantes caracterizaciones de la sociedad contemporánea, sobre todo a partir de las mutaciones políticas y socioculturales producidas a partir de la década del sesenta, en el siglo pasado.
Desde esa marca temporal, fenómenos como la Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam o el Mayo Francés, y otros movimientos contestatarios, más allá de sus dispares conquistas políticas, instalaron un tópico progresista según el cual el mundo avanza hacia la igualdad. En contraposición a esta noción, muchos estudiosos de la corriente que comentamos definen el período como “la nueva revolución de los ricos”. Es una hipótesis provocadora. No se puede negar que en ese período los gobernantes fueron abandonando las costumbres austeras y altruistas, reemplazándolas por los egoísmos y prerrogativas crecientes del poder, y la exhibición impúdica de la riqueza material.
Por supuesto que la contracara de esa vida glamorosa es la inocultable vacuidad y falta de valores, la vulgaridad de los romances “de alto perfil” con artistas de la farándula o el exhibicionismo mediático a cualquier precio, que por un lado los beneficia pero también los desnuda crudamente.
En similitud con el ámbito empresarial, en el sector público también se imponen los que saben captar “las ventajas inmediatas, perdiendo de vista el sentido último de la acción política”. Los gobernantes pueden declamar sobre preocupaciones futuras como el cambio climático o la escasez de recursos vitales, y enunciar políticas de largo alcance, pero su acción concreta sólo reconoce el horizonte de la próxima elección. En las cancillerías trabajan profesionales dedicados a armar “cumbres” y “simposios” sobre temas estratégicos donde los mandatarios “actúan” esas inquietudes y producen retórica.
En muchos países de nuestra región los escandalosos negociados realizados en los últimos años entre gobernantes y empresarios afines tienen en estos días una dimensión exponencial. En particular en Brasil y Argentina el cerco judicial se extiende a los estratos más altos de la administración. El empresario actual carente de escrúpulos y el funcionario público se transforman fácilmente en “cínicos carentes de honor”, y sus escuetas declaraciones ante la justicia los muestra como negadores y sofistas profesionales.
Según el brillante estudio de Luigi Zoja, que en parte motivó este comentario, “en la actualidad no sólo se dan las rapidísimas concentraciones de riqueza, sino que además la más perturbadora novedad es que los puestos clave los ocupan personas de una inmoralidad sin precedentes”.
La “nueva revolución de los ricos”, la obscena acumulación de bienes lograda en pocos años por muchos políticos y funcionarios contrasta en forma abismal con la creciente pobreza de amplios sectores de la sociedad, porcentajes altísimos de personas carentes de lo más elemental para una vida digna.
El afamado psicoanalista Luigi Zoja concluye su libro afirmando que “si bien no es posible realizar un análisis clínico de todo el estrato superior de la sociedad, es lógico suponer que hay un innegable concentrado de psicopatías en la cima de los sectores que la componen”. Parece difícil contradecirlo.
(*) Escritor. Profesor en Letras (UNLP)
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