Un viejo dicho asegura que “cuando se resfría Brasil, estornuda la Argentina”. Resulta gráfico para ilustrar el fuerte impacto que siempre tiene en nuestro país lo que ocurre en la nación vecina.
No es necesario decir que Brasil es para Argentina un socio absolutamente estratégico. Es el principal destinatario de las exportaciones nacionales. Y la economía brasileña -que durante décadas ha actuado como una potente locomotora regional- está íntimamente relacionada con la de nuestro país.
Por eso todos los gobiernos, los grandes empresarios y los operadores financieros de Argentina, viven con un ojo puesto en Brasilia y en San Pablo.
La crisis política e institucional que sacude ahora a ese país genera una especial preocupación en Buenos Aires. Sobre todo, porque la crisis también es económica y la contracción de la economía brasileña es, inevitablemente, una mala noticia para la Argentina. Algo similar ocurre, por supuesto, en los otros socios del Mercosur.
En voz baja, muchos actores empresariales y políticos fuera de Brasil coinciden en que lo mejor que podría pasar es que, de una u otra manera, la crisis política se resuelva lo antes posible. Dicen que la agonía en la que ha entrado el gobierno de Dilma tiene efectos muy nocivos sobre la economía y paraliza además las relaciones bilaterales.
COMERCIO EN BAJA
Ya desde el año pasado, los indicadores comerciales entre Argentina y Brasil son desalentadores.
Hace exactamente un año, el comercio bilateral entre los dos socios mayores del Mercosur había caído 23,7% y acumulaba 20 meses continuados de caídas. Ya a esa altura era la peor marca desde que la Argentina padeció entre 2001 y 2002.
Se estima que desde abril del año pasado hasta abril de este año, el desplome del comercio bilateral se acentuó.
Lo que se observa es una caída de las importaciones desde Brasil y un derrumbe de las exportaciones argentinas hacia aquel destino, el mayor de los últimos seis años.
“Cuando se resfría Brasil, estornuda la Argentina”
En su momento, tuvo una fuerte incidencia en esta situación la vigencia del cepo cambiario en Argentina y las restricciones que el gobierno anterior había impuesto a las importaciones. Pero no puede soslayarse el peso que ha tenido, y tiene aún, la desaceleración de las economías de ambas naciones.
A partir de la implementación del cepo, en noviembre de 2011, las restricciones fueron deformando el carácter de la relación bilateral. Sin embargo, “con una economía normalizada, sin cepo ni restricciones, se observa una especie de déficit estructural de la Argentina respecto de Brasil por el peso del desequilibrio industrial”.
Lo cierto es que estas situaciones estructurales y coyunturales, se han agravado ahora con el proceso de incertidumbre política e institucional que atraviesa Brasil.
Muchos creen que una eventual destitución de Dilma puede dar lugar a una oxigenación política que abra rápidamente un horizonte de recuperación económica. Pero no hay certezas en ese sentido. Y todo dependerá, además, de la forma en la que se produzca ese eventual desenlace.
Lo que ha mostrado hasta ahora la crisis brasileña es un nivel enorme de aceleración e imprevisibilidad. No está claro, por otra parte, si el Vicepresidente Temer podría asumir un gobierno de transición y reordenamiento institucional. Carga también él con pedidos de juicio político y con una situación muy inestable en términos de alianzas y respaldos institucionales.
De una u otra forma, Argentina duerme con un ojo puesto en su socio. Sabe que no es una crisis para mirar con indiferencia.
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