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Citas de amor para lectores

Por MARCELO ORTALE

Un encuentro que se originó en los juegos florales de la Antigua Roma. La batalla entre el soporte papel y los ciberlibros. Cómo fueron y son las ferias del libro en la historia de la humanidad. El caso de Cuba

Un dilema de siempre para las ferias del libro –y la palabra “siempre” significa el paso de centenares de años, pues el origen de estos encuentros se remonta al siglo XV, cuando arrancaron las ferias alemanas de Frankfurt y Leipzig, con exposiciones de rollos, códices y manuscritos previos a la era Gutenberg- es si ellas existieron para que el lector se acerque a los libros o para que los libros se acerquen a los lectores.

El dilema no implica sólo un mero juego de palabras, sino que traduce un debate secular acerca de la mejor forma de instrumentar esos encuentros, casi amorosos entre lectores y libros, que se extienden hasta hoy en numerosos países. Alguien vinculó esta duda a la que sigue rigiendo entre Mahoma y la montaña, en donde nunca queda totalmente claro quién es el que debe venir o o quién el que debe ir.

Ahora, en pocos días más, empezará en nuestro país la casi siempre muy exitosa Feria Internacional del Libro que se realiza en el predio de la Sociedad Rural, en Palermo. Se trata de la 42 edición anual consecutiva y la de Buenos Aires está considerada entre las seis más importantes del mundo, junto con las de Frankfurt, San Pablo, Guadalajara, Londres y la Book Expo América de Chicago.

En este encuentro que empieza este 21 de abril y finaliza el 9 de mayo próximo, se dirimirá también –como lo adelantaron los organizadores- un combate cada vez más intenso: el de los libros en papel con los libros digitales.

Hay un cuadro a la entrada del predio porteño. Allí se lee: “Más book, menos face”. Es una defensa del soporte papel frente al avance de los libros electrónicos o ciberlibros. De todos modos la programación le da generoso espacio los booktubers, a los bloggers y a los bookstgramers, es decir a una juventud literaria que viaja por youtube y allí elige su lectura, comenta sobre los libros que compra, sobre los que lee y por qué les gustan o desagradan.

Pero también estará presente la armada de los ilustres que publican en papel, entre ellos dos premios Nobel: el peruano Mario Vargas Llosa y el sudafricano J.M. Coetze. Y estarán también Rick Yancey, autor de “La quinta ola”, Sophie Jordan, Romina Russell, Manu Carbajo y otros. También vendrán el italiano Paolo Giordano, las españolas Julia Navarro y Milena Busquets, el nicaragüense Sergio Ramírez, el colombiano Pablo Montoya y los chilenos Carlos Franz, Alberto Fuguet y Diego Zúñiga, acompañados por una legión de argentinos.

EVOLUCION

En cuanto a su evolución, podría reseñarse que en marzo de 1975, cuando se inició la serie de sucesivas ediciones de la Feria del Libro en Buenos Aires, participaron 116 expositores de siete países, instalados en un predio de 7.500 metros cuadrados. En esa ocasión concurrieron 140.000 visitantes. Lo cierto es que la feria no dejó de crecer y últimamente creció en forma exponencial: ahora el predio que se ocupa es de 45.000 metros cuadrados, con unos 1.500 expositores de 50 países y una concurrencia masiva de pública que supera los 1.200.000 visitantes.

Las primeras –pero esporádicas- ferias del libro en la Argentina se desarrollaron en diversos y muy curiosos escenarios. En 1928 tuvo lugar la primer de ellas en el Teatro Cervantes. Diez años después se concretó la denominada Exposición del Libro en el Palais de Glace, en Recoleta. Las dos habían gozado –dicen los historiadores- de una excelente organización, aunque no encontraron el respaldo de un público masivo.

En cambio, la que convocó a una multitud fue la feria del libro de 1943, que se realizó en medio de la avenida 9 de Julio, a metros del Obelisco. Se avanzaba entonces, desde 1936, en el ensanche de la Avenida a sus famosos más de cien metros que hoy van de Cerrito a Pellegrini, en una tarea que demandó décadas. Pero algunas manzanas continuaron ocupadas por edificios y, entre ellas, la que se encontraba entre Cangallo (hoy Perón) y Bartolomé Mitre. Allí se realizó la llamada Primera Feria del Libro Argentino, una exposición inaugurada por el presidente Ramón Castillo y con un discurso del escritor Ricardo Rojas, autor de “El Santo de la Espada”. La exposición, dicen las crónicas, fue visitada por 2 millones de personas que participaron en distintas programaciones y adquirieron libros a menor precio.

Ya en los últimos años, las ferias del libro se desarrollan en distintas provincias y ciudades de nuestro país, con mucho éxito. O, a veces, con casi nada de éxito, como ocurrió con una realizada en la zona norte y que mereció esta calificación por parte de un indignado crítico, publicada en el principal diario de esa provincia: “Lo mejor de la Feria fue la limpieza que exhibieron los baños”.

Las ferias de libros también se realizan ahora en numerosos países. La expansión comenzó y se acentuó poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial en 1945. Los estudiosos del tema aseguran que las ferias son una derivación de los remotos juegos florales que se realizaban en Roma, allá por el siglo II después de Cristo. Estos juegos tenían un origen religioso y se desarrollaban mediante certámenes literarios, en los que resultaban premiados las mejores obras en prosa y verso.

Cabría reseñar que, antes de la imprenta, ya existía un comercio dinámico de los papiros, códices y rollos predecesores del libro. El códice se trataba de un conjunto de hojas cosidas en forma rectangular. El papel sustituyó progresivamente al pergamino. En cuanto las ferias del libro, tal como se dijo, se iniciaron en el siglo XV en Alemania, para encontrar luego renovados auges en Francia , España, Suiza y los Países Bajos. En los últimos dos siglos se crearon y consolidaron las asociaciones de libreros y editores que apelaron el método de las exposiciones como escenarios comerciales en las que el libro formaba parte de la oferta mercantil. De ese tipo de ferias, que eran a cielo abierto, perduran como principales las de Madrid (que se realiza en el Parque del Retiro) y la de Barcelona (en las Ramblas), con presencias masivas de público.

LA FERIA EN LA ISLA

En febrero pasado la poeta platense Norma Etcheverry fue invitada a participar de la Feria del Libro Cuba 2016, que se desarrolló en La Habana y en la que presentó su antología de 35 poetas cubanos titulada “La isla escrita”, editada por la Editorial Universitaria La Plata. ¿Qué conocen ahora, en la isla, de la literatura argentina?, se le pregunta: “En general, creo en Cuba conocen muy poco de la gran cantidad de literatura argentina. Han leído Borges y admiran a Cortázar. Los poetas especialmente conocen a algunos escritores como Gelman…pero no es mucho más amplio. Por mi parte, presenté una ponencia sobre los poetas platenses Horacio Castillo y César Cantoni y fue gratificante comprobar la atención de los asistentes, y luego también hubo quien se acercó a pedirme material sobre la obra de estos poetas nuestros”, dice Etcheverry.

La oferta de la Feria cubana –añade- es demasiado amplia y uno de sus principales problemas es que se desarrolla en distintos puntos de La Habana, de modo que resulta a veces engorroso para el visitante. “De todos modos, sin ser la cubana de las más grandes –pues hay ferias muy importantes en muchos países del mundo- es un encuentro de alta participación y cuando finaliza su presentación en La Habana, se traslada a otras provincias de la isla, completando así un espíritu federal y de integración que podríamos imitar” añadió.

“La última edición, a su vez, fue dedicada a Uruguay promoviendo el intercambio y el acercamiento con el pueblo uruguayo. Pero lo más importante, a mi juicio, consiste en que, para una inmensa mayoría de cubanos, la lectura es parte fundamental de su vida cotidiana, y esto es lo que destaca a esta Feria, entre otras”, concluyó Etcheverry.

Cabría agregar que los libros se venden a precios módicos, accesibles, pero ello también responde a las circunstancias particulares de la economía vigente en la isla, con editoriales administradas por el Estado.

APLAUSOS, SILENCIOS

En las ferias se suceden muchos tipos de actos, pero los centrales corresponden a las presentaciones de sus obras por parte de los escritores. Hace unos años, en una cita que tuvo lugar en una ciudad bonaerense, pudo verse a un escritor consagrado –ensayista- que presentó su último libro ante un público compuesto por ocho personas. Cuatro de ellas en la primera fila y las cuatro restantes desperdigadas en el resto del amplio salón.

Mientras hablaba se podía adivinar, a través de los tabiques y por un rumoreo constante, la presencia de un numeroso público en la sala lindera. Al acudir a ese lugar, pudo verse a más de doscientas personas siguiendo la charla que daba el presentador de su libro, que era un conductor de TV, con un programa destinado al seguimiento de la vida sentimental de la farándula. Las ferias del libro abarcan todo el espectro de la realidad humana.

En 2008, ya por entonces Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez fue el más aplaudido en el acto de homenaje que rindió la XXII Feria Internacional del Libro de Guadalajara –considerada la más importante del mundo- a su colega mexicano Carlos Fuentes, que se encontraba a su lado. Junto a ellos estaban los escritores Carlos Monsiváis (mexicano), el nicaragüense Sergio Ramírez y el británico Stephen Boldi.

García Márquez tributó ese homenaje en absoluto silencio, sin abrir la boca. Se mantuvo así, detenida e intencionadamente. Gabo sonrió –dice la crónica- y tomó una de las manos de Fuentes para alzarla y mantenerla en alto, entrelazada con la suya, durante esos largos instantes. Unos segundos antes, sin saber lo que vendría, el presentador del acto había dicho “García Márquez escribe para no tener que hablar”. En las ferias de los libros también despierta ovaciones –como ocurrió en ese día- el silencio de los escritores que nacieron para eso, para escribir.

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