Separados solo por un bulevar, en la capital de Brasil se levantan dos campamentos de manifestantes con opiniones contrarias que ponen de manifiesto la importante división ideológica del país que se ve reflejada en la Cámara de Diputados, donde los legisladores debaten si la presidenta Dilma Rousseff debe ser llevada a juicio político.
A un lado del emblemático Eixo Monumental de Brasilia, que atraviesa el centro de la ciudad y desemboca en el Parlamento, varios cientos de críticos han erigido carpas, adornadas con banderas brasileñas. Al fondo se escucha el Himno nacional.
Acusan a la Presidenta del mal momento económico del país y de los casos de corrupción, que se reflejan en los elevados impuestos y el mal estado de hospitales públicos, escuelas y otros servicios básicos. Alegan que un nuevo inicio con un nuevo mandatario es la única esperanza para insuflar aire en una economía que se espera se contraiga alrededor de un 4% este año.
POR UN CAMBIO
“Queremos un cambio”, dijo uno de estos manifestantes, Joao Pedro Netto, una de las personas que han acampado aquí y que apoyan un juicio político. Viajó durante más de 24 horas en autobús para llegar a Brasilia desde su casa en el estado central de Minas Gerais. “Si Brasil sigue así, va a hundirse”, insistió.
Al otro lado de la calle, varios miles de partidarios de Rousseff levantaron su propia ciudad improvisada de carpas, donde también duermen en hamacas y se alimentan de arroz y frijoles servidos por voluntarios en cocinas comunitarias.
En su mayoría son sindicalistas y activistas a favor de la reforma de la tierra, pobres y de piel oscura, que llegaron en autobuses desde todas las partes del país para defender a Rousseff y a su formación, el izquierdista Partido de los Trabajadores, al que responsabilizan de los importantes avances que han tenido en sus vidas.
Alegan que el debate sobre el juicio político en la cercana Cámara de Diputados, donde se espera que se realice la votación hoy, es un intento de las élites brasileñas para recuperar el poder tras 13 años de dominio del Partido de los Trabajadores.
La ironía de la ubicación del campamento de los partidarios de la Presidenta no pasó desapercibida para sus rivales del otro lado de la calle. Sus tiendas están sobre el estacionamiento del estadio Mané Garrincha, que se sometió a una remodelación de 900 millones de dólares para el Mundial de 2014, convirtiéndose en el segundo campo más caro del mundo. Y esto a pesar de que en Brasilia no hay un equipo de primera división que pueda utilizarlo.
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