Un reportaje publicado el lunes pasado por la revista The New Yorker logró instalar al voyeurismo como tema de debate mundial. Su autor, el escritor norteamericano Gay Talese, cuenta allí la historia del propietario de un motel en Denver que durante quince años se dedicó a espiar a sus huéspedes por unas mirillas en las habitaciones con la complicidad de su mujer. Los principales diarios del mundo se hicieron eco de la historia que desató un aluvión de críticas tanto a la conducta de su protagonista como a la del propio Talese, quien reconoció haber sido alguna vez cómplice de él. Pero si el artículo tuvo tanto impacto fue además porque puso en foco una conducta que -salvando las distancias- se ha venido institucionalizando de algún modo a nivel social.
Con la popularización de las redes sociales, el secreto placer de espiar la vida privada de los otros no sólo parece haber encontrado una poderosa tecnología a su servicio sino también algo que no había tenido nunca a lo largo de la historia: cierta convalidación social. Es así que personas que no se atreverían a asomarse por la ventana de sus vecinos hoy no dudan en reconocer que dedican horas enteras a hurgar en la intimidad de otros para enterarse cómo piensan, dónde viven, con quiénes se juntan, qué se ponen... De algún modo internet nos ha hecho creer que tenemos derecho a espiar la vida de los demás. O acaso, como decretó hace unos años Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, “la era de la privacidad llegó a su fin”.
Aunque se trata de un voyeurismo menos sexual que social, el placer que produce -como reconocen muchos usuarios de redes no resulta por ello menor. “Me encanta ver los perfiles de los conocidos”,-admite Sofía Cabrera, una empleada de 32 años usa su cuenta de Facebook sobre todo para enterarse “que están haciendo los otros”. “Uno llega a enterarse de las cosas más insólitas, pero lo que más me divierte es ver de qué presumen porque eso habla mucho de cada quien”, dice.
Es una “diversión siempre a mano y no tiene ningún costo: nadie se entera si estuviste viendo su perfil. Además te da mucha letra para cuando te juntás con tus amigas a charlar. Nada más lindo que coincidir en lo mal que te cae tal persona o reírte de lo que subió tal otra”, reconoce Alicia (57), también usuaria de Facebook, para quien “el placer pasa tanto por espiar a los otros como por chusmear después”.
LA OTRA CARA DE LA MONEDA
Pero ¿puede hablarse de “voyeurismo” o de “intimidad” cuando los propios espiados son quienes comparten los detalles de su vida eligiendo qué desean mostrar y qué no? Para el profesor de Psicología Tomás Chamarro, el gran éxito de las redes sociales consiste en haber reunido dos compulsiones humanas que se complementan a la perfección. Son “el sitio donde el exhibicionista se conecta con el voyeur”, dice el académico al señalar que además “nos igualan a todos porque en ellas los tímidos y los extrovertidos consiguen la misma información”.
“Lo primero que me fijo cuando entro a Facebook es si me dejaron algún comentario de las fotos que subí. Me interesa mucho saber qué dijeron. Recién después me pongo a ver lo que subieron los demás”, cuenta Camila Ríos, una estudiante de 19 años que comparte toda clase de contenidos en su perfil: desde las salidas a boliches con amigas hasta fotos de su perro o la ropa que se compró
“Obvio que nadie sube una selfie que no lo favorece ni cuenta ahí que la novia lo engañó. Ponés lo que querés mostrar: las fotos de tus vacaciones, el asado que te comiste con tus amigos, algún posteo que anda circulando y te parece divertido… Uno está pensando todo el tiempo en quienes podrían entrar a tu perfil y mostrás sólo lo mejor de vos”, explica Rodrigo (32) para quien lo que uno sube a las redes “es un poco lo que te define ante los demás”.
De algún modo internet nos ha hecho creer que tenemos derecho a espiar la vida de los demás. O acaso, como decretó hace unos años Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, “la era de la privacidad llegó a su fin”
En este sentido las redes sociales serían el espacio donde se canaliza la necesidad que existe hoy de ser mirado por los otros, entiende la antropóloga Paula Sibilia, autora del libro “La intimidad como espectáculo”. “Mientras que el sujeto moderno, del siglo XIX a los años 60 del siglo XX tenía su eje en su interior, en ser fiel a su esencia y no variarla a lo largo de su vida; hoy el eje se ha desplazado hacia el exterior. Nos construimos en función de la mirada de los otros. De la esencia hemos pasado a la apariencia”, señala la investigadora al explicar que las redes sociales “consisten en la exhibición pública del Yo”.
ENVIDIA DE “INSTAGRAM”
Si las redes sociales son el lugar donde mostrar nuestro mundo sin defectos, una de ellas parece llevar al extremo la experiencia del marketing personal: Instagram. Como la definió alguna vez una nota del New York Times, este sitio que alienta a sus usuarios a crear perfiles fotográficos de sus vidas y les ofrece herramientas para que sus fotos luzcan como una revista de moda, se ha convertido en “el mayor logro del voyeurismo de las redes sociales” y a su vez en “una nueva forma de tortura” por internet.
Instagram -como muchos saben ya que posee 400 millones de usuarios en el mundo- es una red social creada especialmente para impresionar a los demás. Y es que más allá de ofrecer filtros preinstalados que permiten que uno se vea más lindo o que sus fotos tengan un toque de artístico, en ella los usuarios tienden a mostrar los instantes ideales de su vidas: los lugares exóticos donde estuvieron, las fiestas glamorosas a las que fueron invitados, la costosa botella de vino que se acabaron de bajar… en fin, los trofeos de su existencia.
De ahí que a la par del crecimiento de esta red haya comenzado a surgir un fenómeno que el diario neoyorquino bautizó como “envida de Instagram” y que Diego Soto, un usuario de 37 años, reconoce bien. “Es como una pequeña puñalada que uno siente a veces al ver los perfiles de los otros, y no sólo en Instragram: es como que te dijeran `esta es la vida maravillosa que yo tengo y vos no`”. Acaso no se trate de otra cosa que una tardía revancha de los espiados a sus voyeurs.
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