“A partir de ahora se debe crear el ambiente político necesario para que se avance y superar esta lucha por el poder”, clamaba ayer un diputado brasileño en el Parlamento, en medio de la mayor tormenta política que sufre el país en décadas y que lo convirtió en un gigante a la deriva. Leonardo Picciani, del Partido de Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) -ex aliado del Gobierno y ahora el principal impulsor de los intentos por destituirlo-, apelaba a la responsabilidad de los políticos y de la sociedad en una jornada histórica para definir el futuro de la presidenta, Dilma Rousseff.
Pero sus palabras parecen haber caído en saco roto entre los legisladores, divididos entre los partidarios del ‘impeachment’ contra Rousseff y los defensores de la presidenta, que consideran que el maquillaje contable que realizó el Gobierno entre 2014 y 2015 no constituye un motivo suficiente para remover al Ejecutivo. Con discursos encendidos y en medio de un clima de tensión que derivó incluso en algún enfrentamiento durante el maratónico debate sobre el juicio político, los diputados brasileños trataron de defender sus posturas con la justificación del bien común, aunque el telón de fondo es una encarnizada lucha por el poder alimentada por la crisis económica.
TODOS SALPICADOS
Escuchando las apasionadas intervenciones de los diputados, nadie diría que todos los partidos están salpicados por casos de corrupción y procesos judiciales pendientes y que, en la práctica, si Rousseff cae, no hay un dirigente que garantice un recambio sin roces con la Justicia. Tras ser aprobado en Diputados, el proceso de juicio político pasará al Senado que, en caso de apoyarlo, abriría las puertas de la Presidencia a Michel Temer, el actual vicepresidente, del PMDB, el poderoso partido que tuvo la llave del poder durante décadas en Brasil. Pero Temer enfrenta también la amenaza de un impeachment similar al impulsado contra Rousseff, y su principal aliado en esta guerra es el tercero en la lista sucesoria, Eduardo Cunha, presidente de la Cámara de Diputados, acusado de corrupción y blanqueo de dinero.
En conjunto, más de un centenar de políticos de todas las tendencias fueron condenados, acusados o están en la mira de la Justicia. Mientras tanto, los brasileños toman las calles, en una expresión de la profunda fractura social del país, y crecen las voces a favor del “fuera todos” que reclaman una depuración para sacar adelante a Brasil. Pocos en la tribuna del Congreso se atreven a hablar de los problemas reales del país: el crack económico, el desempleo y la inflación. Un combo que favoreció la debilidad del Gobierno de Rousseff, celebrada por los mercados.
Por si fuera poco, Brasil hace equilibrio para enfrentar las epidemias de dengue, zika y ahora también gripe A, y parece haberse resignado a perder la guerra contra la inseguridad y la violencia que se cobra cada año cientos de vidas.
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