Dedicación, rigor científico y comprensión de los fenómenos geológicos del presente y sus consecuencias futuras caracterizaron la fecunda trayectoria profesional y docente de Enrique Schnack. Con su fallecimiento, a los 74 años, la ciudad despide a un académico cuya jerarquía en el terreno de la investigación oceanográfica trascendió las fronteras.
Hijo del destacado ingeniero agrónomo Benno Schnack -quien fue parte del equipo formado por el pionero de la fitogenética Salomón Horowitz-, Enrique Jorge nació en nuestra ciudad el 5 de julio de 1941.
Creció en una casa en la que, supo recordar, “Mendel y Darwin eran prácticamente compañeros de mesa”; atraído hacia la geología por los recuerdos cordilleranos de su infancia en Mendoza -donde se mudó temporariamente su familia-, una vez en la facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata se volcó a la oceanografía, con Luis Capurro como referente.
Una vez graduado como Licenciado Geólogo y Doctor en Ciencias Naturales, en los años ‘60 integró los grupos de trabajo del LEMIT que abordaron la morfodinámica de playas en el país, para luego llegar a Gran Bretaña como becario del Conicet, y hacer lo propio en Estados Unidos, en la Universidad de Stanford.
Dinámico e incansable en su búsqueda de la excelencia, creó en Mar del Plata el Centro de Geología de Costas del Cuaternario, con becarios, técnicos y personal universitario; trabajó en el laboratorio de Oceanografía de la UNLP; y como investigador de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) bonaerense, tuvo a su cargo un proyecto de la Unión Europea denominado “Evaluación comparativa de la vulnerabilidad costera del nivel del mar a escala continental”, vinculado con sus estudios acerca de los incrementos en el nivel del mar y las técnicas viables para mitigar la erosión que provocan.
Distinguido con el “Premio a la Trayectoria” por el Senado de la Provincia, en el plano docente fue profesor titular de la cátedra de Geología del Cuaternario en Ciencias Naturales de la UNLP. Activo conferencista, frecuentemente requerido en países europeos y americanos (Alemania, México, EEUU, Canadá), era bien recibido tanto por su saber como por el don de gentes que le permitió ganar amigos en todas las latitudes.
Destacado atleta, “Eni” -tal como lo conocían los suyos con afecto-, solía referirse al fútbol como “la vocación más fuerte” de su juventud. Su habilidad con la pelota lo llevó a integrar seleccionados colegiales y al plantel de Arsenal de Llavallol, donde compartió campos de juego con futuras estrellas como Rubén Magdalena y Antonio Angelillo. Ya veterano, llevó a un equipo amateur de California a obtener un campeonato y un ascenso; sus viajes le permitieron vivir desde las tribunas la consagración intercontinental de Estudiantes.
Radicado en City Bell, se casó con Lucrecia Nogueira, junto a quien tuvo dos hijos -Sofía y Mariano-, que se prolongaron en una nieta: Luisa.
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