Se cumplió el tercer paso de lo que el Gobierno define como “el camino de la normalización”.
El primero fue el levantamiento del cepo cambiario; el segundo el ajuste de las tarifas; el tercero, el final del default. ¿Y ahora?
Hay un punto en el que coinciden todos los economistas, aún los más alejados de la administración nacional: era necesario el cierre del prolongado conflicto con los holdouts. No habría chances de normalización económica sin una solución definitiva e integral a ese litigio que mantenía a la Argentina “fuera del mundo”.
Sin embargo, también hay coincidencia en que la salida del default no garantiza, por sí sola, una lluvia de inversiones ni un inmediato acceso a líneas de crédito internacionales.
En el Gobierno se respiraba ayer un clima de euforia contenida. Los funcionarios definían el cierre del conflicto como “un éxito gigantesco”. Y destacaban que antes de completar el primer cuatrimestre del año se han “sentado las bases” para la recuperación económica. Ahora apuestan a los resultados. Y subrayan, una y otra vez, que empezarán a verse en el segundo semestre.
La situación económica, sin embargo, muestra síntomas preocupantes. Nadie puede decir que la inflación esté controlada ni mucho menos superada. Si empieza a notarse una pequeña desaceleración inflacionaria, sería más por la baja del consumo que por el resultado de una eficaz política monetaria.
¿Ayudará la salida del default a cambiar el rumbo de la economía? En el Gobierno están convencidos de que así será. Y creen que están dadas las condiciones para que el país empiece una etapa de crecimiento y desarrollo. Admiten, sin embargo, que no habrá efectos inmediatos y que las tendencias recién van a empezar a revertirse hacia el final del año.
Confían en que el financiamiento externo permitirá frenar drásticamente la emisión de moneda y que eso traerá aparejado una baja de la inflación. Creen, al mismo tiempo, que ese mismo financiamiento permitirá poner en marcha un ambicioso plan de obra pública que demandará mano de obra y actuará como un dínamo del sector privado, al menos en varios rubros sensibles. Y pronostican que, al mismo tiempo, se empezarían a concretar grandes inversiones que van a generar nuevos puestos de trabajo y mayores oportunidades. Es lo que podría definirse como una “apuesta al ciclo virtuoso”.
Hay coincidencia en que la salida del default era indispensable
La incógnita está en los plazos y en la articulación de ese proceso. ¿Llegará a tiempo ese despegue para amortiguar, por caso, el impacto que ya tiene sobre las clases media y baja la escalada inflacionaria? ¿Alcanzarán estos efectos positivos para compensar los desajustes de un tarifazo sin anestesia que ya empieza a desequilibrar las cuentas de hogares, comercios e instituciones?
Dentro de seis meses, el Gobierno ya estará parado en la antesala de su primer desafío electoral. No hay ningún despacho del oficialismo en el que se pase por alto este dato. Saben que las legislativas del año que viene serán para la administración de Macri algo así como una prueba de fuego. Y que para enfrentarlas con fortaleza deberán mostrar resultados en materia económica y social.
Por eso hay algunos sectores del propio oficialismo que ya empiezan a exhibir ciertas dosis de ansiedad. Preguntan: ¿Se cumplirán los buenos pronósticos para el segundo semestre? ¿Se podrá demostrar que los sacrificios valían la pena?
La salida del default -sellada ayer con el pago a los bonistas y el levantamiento de las medidas cautelares contra el país en la Justicia norteamericana- no contesta estos interrogantes.
Se dio un paso necesario. Habrá que ver ahora si la articulación de las medidas adoptadas hasta ahora da los resultados que el Gobierno busca, en los plazos que demanda la sociedad y que, políticamente, necesita el oficialismo. Por ahora sólo hay pronósticos, expectativas e interrogantes. Y todo eso, en medio de algunos síntomas que generan cierta inquietud.
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