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Los chuecos han ocupado una escena que cambia a cada rato sus protagónicos. Después de Fangio, el gremio de los patituertos había hecho mutis ante la falta de grandes exponentes. Pero la llegada de Adrián Suar empezó a reinstalarlos. Y esta semana, el chuequismo creció mucho con la búsqueda y repatriación del abogado de Báez, un Jorge buscado y confundido que puso otra vez a los encurvados bajo las luces de los grandes reflectores. Este abogado, acostumbrado a esconder papeles -no es el único- era un incumplidor por naturaleza. Hace unos días, por carta, había prometido suicidarse pero no cumplió. Su frustración es una marca más en el registro de suicidas famosos que últimamente han ganado mucha presencia en el ruedo nacional. ¿Hay que creerles a los que dejan cartas o a los que no dejan nada? La primera noticia que obligó a repasar el tema fue la muerte del fiscal Alberto Nisman, el mayor secreto de Puerto Madero. Su desaparición dejó dudas aún no disipadas. Muchos consideran que se eliminó porque no aparecieron rastros de homicidio, pero otros se preguntan por qué un tipo tan afecto a los escritos y a las revelaciones, no dejó al menos un párrafo, una señal, algo que delatara su fatal propósito. Es un suicida bajo sospecha, una incógnita más en ese colectivo que en cada adiós deja preguntas envenenadas.
Cuando Jorge eligió marcharse hacia La Garganta del Diablo -un nombre que le hacía acordar a Fariña- su idea fue alejarse de todo. Anduvo primero por las ruinas de San Ignacio, como preparándose para un posible derrumbe y recordando quizá aquella impecable frase de César Fernández Moreno: “A cada rato estoy en las últimas”
Cuando Jorge eligió marcharse hacia La Garganta del Diablo -un nombre que le hacía acordar a Fariña- su plan fue alejarse de todo. Decidió irse a Misiones. Más que el paisaje lo atraía la triple frontera. Anduvo primero por las ruinas de San Ignacio, preparándose para un posible derrumbe y recordando quizá aquella impecable frase de César Fernández Moreno: “A cada rato estoy en las últimas”. Se alojó en dos hoteles vecinos para despistar a seguidores y conserjes. En Iguazú, las confesiones de Comodoro Py le llegaban como cascadas. Se lo vio bebido, estropeado, flaco y angustiado. Dejó una nota anticipando su final, mientras armaba un bolso con dólares por si en tierras paraguayas le daban ganas de seguir viviendo. Ahora está aquí. Llegó con más custodios que Obama. No saben si hablará o dejará otra carta, una modalidad muy usada en Comodoro Py. Hoy, cuando evoca tras las rejas cómo Martín Báez contaba plata ante las cámaras, se acordará del chueco Suar y se preguntará: “¿me casé con un boludo?”. Con Lázaro y sin la Bertucelli, este doctor Chueco de alto rating está listo para estrenar su stand up en una cartelera judicial que se ha convertido en la apoteosis de los arrepentidos.
«El suicidio es el supremo sacramento del dandismo», escribió Baudelaire. “No pude suicidarme”, dice el chueco de las Cataratas, un turista afligido que sentía que las caídas de agua le hablaban de su futuro. Mientras vagabundeaba, a kilómetros de allí, el paisaje tribunalicio le quería pedir explicaciones por sus amigos, una legión de chuecos ladinos a quienes la DGI no les pudo seguir el paso. Jorge fue un hacedor de papeles camuflados que se suma a un escenario de documentos ocultos que le han enchuecado las horas a un Presidente al que le da más trabajo un apellido que unos buitres.
Hoy, cuando evoca tras las rejas cómo Martín Báez contaba plata ante las cámaras, se acordará del chueco Suar y se preguntará: “¿me casé con un boludo?”. Con Lázaro y sin la Bertucelli, este Chueco de alto rating está listo para estrenar su stand up en una cartelera judicial que se ha convertido en la apoteosis de los arrepentidos
Los bolsos de La Rosadita, la mochila millonaria de Chueco, los sobres en la Departamental de calle 12, las bolsas con drogas que olvidó la Prefectura en Costa Salguero, los paquetones que según una de la Tupac reenviaban a Olivos, todo pasa por allí, por esas encomiendas cuantiosas que llevaban y traían millones en tránsito. La realidad se ha escondido detrás de esos envoltorios demoledores. Mochilas rebosantes de billetes, bolsas repletas de drogas, sacas bancarias llenas de divisas... No había lugar para tanto. “Me hace falta un sacón”, grita la chica de la propaganda del Galicia, coloreando el presente de un país embolsado de sospechas.
Esta semana, otra forma de suicidio estuvo merodeando por Costa Salguero y ancló en ese festival de la disipación donde por 500 pesos la muchachada desafiaba la muerte entre drogas, danzas y amigos. Se ha dicho que todo suicidio es un asesinato social o una variante del asesinato, un crimen que desde el vamos repudia toda investigación. Entre los jóvenes, esta forma de inmolarse adquiere el perfil de un juego peligroso que trae en papel celofán los caramelos de la muerte. Ahora los chicos se suicidan sin saber que se están matando con ese cóctel de éxtasis y desesperación que les promete el cielo para llevarlos al infierno. Así como los que bailan en Comodoro Py precisan chalecos anti balas por su pasado, los chicos parecen necesitar chalecos anti drogas por lo de siempre.
(*) Periodista y crítico de cine
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