Por
Irene Bianchi
Lo formidable de las propuestas del “Cirque du Soleil”, es que son todas diferentes unas de otras. Cuando vimos “Corteo” en 2014, la sensación que uno se llevaba era la de una majestuosa teatralidad, un estallido de color que encandilaba la vista.
En “Kooza”, el espectáculo montado en Costanera Sur, la principal línea de fuerza es el riesgo, en el sentido más amplio del término.
Siempre hay un hilo conductor. En este caso, el personaje que va desenvolviendo la trama es “Inocente”, un payaso ingenuo, solitario y algo melancólico, sujeto a un barrilete casero, buscando un sitio de pertenencia.
De una caja de sorpresas (significado de “kooza” en sánscrito), como una suerte de “Jack in the box”, se despliega el mágico mundo del circo tradicional, con sus contorsionistas, equilibristas, acróbatas, trapecistas, malabaristas, magos, zancos, bailarines, cómicos, bufones, todos ellos haciendo gala de una gracia, osadía y destreza inimaginables.
Quien introduce a este payaso raso en ese universo de fantasía es “Trickster”, un pícaro con poderes sobrenaturales, quien a la vez adopta y se burla de Inocente, prestándole por un ratito (o dejándose arrebatar) su varita mágica. ¿Es acaso Trickster un aspecto oculto del propio Inocente, que pugna por salir?
El espectador, sentado al borde de la butaca, “sufre” (por decirlo de alguna manera), al contemplar las situaciones de verdadero peligro que proponen los artistas. La gente, tan “inocente” como el protagonista de Kooza, grita: “¡Nooo!, “¡Bastaaa!”, “¡Cuidado!”, como si esas advertencias fueran a disuadirlos o detenerlos. Es más, cada vez que algo no sale pefecto, estos inimitables artistas lo repiten hasta lograr su cometido.
“Kooza” lo deja a uno sin aliento. El número en altura sobre la cuerda, la Rueda de la Muerte, las pirámides humanas, la torre de sillas, casi todo efectuado sin arneses ni redes de segurid ad, todo genera temor por la suerte de estos arriesgados artistas, que literalmente se juegan la vida en cada función. Y habla además de un entrenamiento tan riguroso y disciplinado, como para alcanzar esta admirable excelencia.
Hablar del suntuoso vestuario, de la sofisticada puesta de luces, de la asombrosa maquinaria, del impecable sonido, la música en vivo, sería casi redundante, ya que son la marca en el orillo del Cirque du Soleil, cuya sexta visita a Buenos Aires –como las anteriores- es verdaderamente imperdible. Hay tiempo hasta el 22 de mayo.
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