Siempre se vuelve al primer amor, y Argentina, con sus contradicciones, sus bocinazos y corrupciones, es un país que enamora a quienes allí nacen. Por obra de esa ley, entonces, es que Alejandro Agresti regresa al cine nacional con “Mecánica popular”, que se estrena este jueves, su primera película argentina desde 2002 (“Valentín”), exitosa experiencia tras lo cual al cineasta le llegó el canto de la sirena de Hollywood.
En California, Agresti filmó con Sandra Bullock y Keanu Reaves la romántica “La casa del lago”, remake de un dramón asiático con elemntos fantásticos, para luego dedicarse a escribir guiones y, también, tomar un respiro de una carrera que había dado, en 25 años, casi una veintena de filmes.
Pero el respiro llegó a su fin y con la vuelta al trabajo y a la geografía patria, regresó Argentina como obesión para Agresti, que adelantó la década del 90 en “El amor es una mujer gorda”, retrató a una generación porteña en “Buenos Aires Viceversa” y “Una noche con Sabrina Love”, y vuelve a sumergirse en la inextricable argentinidad en “Mecánica popular”.
Presentada en el pasado Festival de Mar del Plata, la cinta retrata mediante una interpretación grandiosa de Alejandro Awada el “esnobismo intelectual porteño”, afirma su director: “Hay gente que se viste con un traje Armani y otra gente se viste con libros. Eso es lo que le pasa a Zavadikner (Awada), del que en el barrio se podría decir que es un burgués intelectual, un tipo que en vez de comprarse un Mercedes se compró libros”.
La película, una cinta cargada de los conceptos que eran moda en Buenos Aires en los 70 (particularmente, Lacan: “Hay gente que puede usar el lacanismo para no encontrar soluciones”, sentenció el director) hace debatir al cínico protagonista en crisis existencial, a la joven suicida que llega a la editorial que maneja por sorpresa (Marina Glezer) y a un sereno representante de cierto “sentido común” (Patricio Contreras), sobre el valor de la filosofía, la ficción, la estética y, sobre todo, el psicoanálisis, lo cual resulta en una crítica a la visión de mundo de una generación que construyó al país más psicoanalizado del mundo y que, reflexionó Awada en torno a una línea de la película, “tiene que ver con quitarnos la culpa como sociedad de lo que nos sucedió en los 70”.
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