Es cierto, todo puede terminar cero-cero por aquello de que “cuanto más hay en juego, menos se juega”. Una ley que, con sus excepciones, suele ser universal. Una de las mejores definiciones que leí sobre un clásico es brasileña. “El Fla-Flu –dijo el escritor Nelson Rodrigues- nació cuarenta minutos antes de la vida”. Su colega José Lins do Rego, que era fana de Flamengo, escribió otro texto hermoso en el que describe que nunca vio “tanta semejanza entre la gente” como en un clásico contra Fluminense. Todos sufren, insultan, gritan. Fútbol como carnaval, como “agente de confraternidad”. “Un pueblo en plena creación”. Difícil de aplicar también cuando los barras amenazan. Creemos que sólo en Argentina suceden algunas cosas, como la suspensión del primer Superclásico Boca-River de la era profesional, el 20 de setiembre de 1931, que paró a los 25 minutos con el marcador 1-1 porque tres jugadores de River expulsados se negaron a dejar la cancha. Bien, también el primer Fla-Flu, de 1916, tuvo que suspenderse por invasión de campo. Eran fanáticos de Fluminense que se fueron contra el árbitro Guilherme Witter, furiosos porque hizo repetir un penal.
Como sucede muchas veces con rivales clásicos, Flamengo nació de una fractura en Fluminense. “El padre –escribió Eduardo Galeano en “Fútbol a sol y sombra”- se arrepintió de no haber ahogado en la cuna a este hijo respondón y burlón, pero ya no había nada que hacer. Fluminense había generado su propia maldición y la desgracia no tenía remedio”. Desde entonces, sigue Galeano, “padre e hijo rebelde, padre abandonado, se dedican a odiarse. Cada clásico es una nueva batalla de esta guerra de nunca acabar”. Peor fue un Peñarol-Nacional de 1933, el clásico del “gol de valija”. El kinesiólogo de Nacional, Juan Kirchberg, olvidó su valija (pesada, eran otros tiempos) cerca del arco tras atender al arquero. Un tiro desviado del jugador Bahía volvió al campo porque la pelota rebotó en la valija. Braulio García aprovechó y tiró a gol y el Flaco García, arquero de Nacional, la dejó pasar. Gol de Peñarol, sancionó Teléforo Rodríguez, un guardia de tren que dirigía de blanco. Los jugadores de Nacional se lo querían comer al pobre Teléforo. Tuvo que suspender el partido. Los dos grandes acaparan el 93 por ciento de los hinchas uruguayos: 52 por ciento para Peñarol, 41 para Nacional.
En Italia, los hinchas de Roma y Lazio se pelearon ya en el primer clásico de 1929. Dos años después, los Carabineros entraron con los caballos a la cancha. Alguna vez conté una de las anécdotas más divertidas en el clásico de la capital italiana. La del DT Delio Rossi, que por la noche, tras el partido, cumplió su promesa y, pese al frío tremendo en pleno invierno, fue a darse un baño a la fuente de la Gianicola. “Pensé que el agua iba a estar más fría”, dijo al salir ante las cámaras de TV. Se la habían entibiado los hinchas de Roma. El partido ya estaba definido (Lazio ganó 3-0) y los hinchas de Roma habían salido rápido hasta la fuente a orinar todos juntos. Durísimos eran los choques entre el Milan de Nereo Rocco (“El Patrón”) y el Inter de Helenio Herrera (“H.H”) , duelos de puro catenaccio entre rivales clásicos que jugaban a no dejar jugar. Una tarde, enojado con el periodista que siempre lo interpelaba por su juego defensivo, Rocco prometió que en el partido siguiente “verá a todos mis jugadores adelante”. Fue mentira, por supuesto. “Todos adelante, sí, adelante de Pin”, completó Rocco su respuesta tras el nuevo partido a la defensiva. Pin, claro, era el arquero.
El Superclásico que más recuerdo es la semifinal de la Libertadores de 2004 en el Monumental, el de la “gallinita” de Carlos Tevez. Cuando Tevez anotó su gol, en el sector de prensa, hubo quien no pudo contenerse y gritó “gl”, sin la “o”, conciente de que ese festejo podía ser mortal, porque sólo estaba permitida la hinchada local. Fue el inicio de los partidos sin hinchas visitantes
En España, Barcelona-Real Madrid (aún con el Atlético del Cholo Simeone que mete la cola) acaparan casi todo. Títulos, prensa y TV. Ninguna Liga reparte los dineros de la TV de modo tan injusto como la de España. Los dos grandes, que agrupan casi el sesenta por ciento de los hinchas, reciben además favores políticos, económicos y deportivos. Real Madrid es más físico, Barcelona más técnico. Uno es el centralismo, el otro es independentista. El Real Madrid de Cristiano Ronaldo suele exhibirse arrogante. El Barcelona de Leo Messi más humilde. Real Madrid ficha estrellas a golpe de talonario. Barcelona, aunque no hay más Messis, elige formarlas desde niños. La cartera versus la cantera, se dijo alguna vez. Cuando se enfrentan, juegan algo más que un partido de fútbol. Real Madrid (aunque presidente y medio equipo, todos republicanos, fueron a la cárcel cuando estalló la Guerra Civil) siempre fue considerado el equipo que mejor representó a la España franquista. El Barcelona, en cambio, desafiaba prohibiciones del franquismo y en el Camp Nou se hablaba de política y en catalán. Pero, hasta que llegó Alfredo Di Stéfano, Barcelona, en pleno franquismo, ganó más Ligas de España que Real Madrid. Luego sí hubo algunos arbitrajes de escándalo. Barcelona debate hoy su independencia. Eso sí, nadie se imagina a Leo Messi, Luis Suárez y Neymar jugando una Liga Catalana contra equipos como Reus, Olot, Hospitalet, Llagostera, Gramanet y Palamós. Impensable creer que puede dejar de existir el gran clásico ante Real Madrid.
En Inglaterra, Manchester United y Manchester City comparten ciudad. Las diferencias de años (el United era siempre superior) ya no son tales. Tampoco la identidad. El United pertenece a un magnate de Estados Unidos. Y el City a los petrodólares de Abu Dhabi. Algunos clásicos hoy en el fútbol europeo, más que tradiciones locales, juegan rivalidades de jeques del Golfo Pérsico que compran clubes y camisetas para ver cuál logra más visibilidad y abre más puertas. El fútbol argentino reflotó en los últimos días debates sobre Clubes SA, SuperLigas y TV de Turner. Pero estamos lejos todavía de ver a magnates chinos, rusos o árabes comprando a nuestros clubes. Sabemos que un siglo atrás, clubes como Boca y River, nada menos, nacían juntos, tenían hasta algún jugador que actuaba en ambos equipos al mismo tiempo y sus canchas estaban separadas apenas a doscientos metros. Y que en los años ’30 los presidentes de ambos clubes vivían a doscientos metros de distancia. Y que la hija de uno de los presidentes se casaba con el arquero del equipo rival. Y que los dos presidentes fundaban un club social en el barrio de La Boca. Juntos.
De eso se tratan los clubes argentinos. Clubes sociales. Comprometidos con su barrio. Identitarios. Y con más de cien años de vida muchos de ellos. Las cosas cambian, claro. Y esos clubes han visto pasar a dirigencias desastrosas. El Superclásico que más recuerdo es la semifinal de la Libertadores de 2004 en el Monumental, el de la “gallinita” de Carlos Tevez. Cuando Tevez anotó su gol, en el sector de prensa, hubo quien no pudo contenerse y gritó “gl”, sin la “o”, conciente de que ese festejo podía ser mortal, porque sólo estaba permitida la hinchada local. Hinchas de River buscaron con ojos inyectados de odio al osado. Por suerte no lo encontraron. Fue el inicio de los partidos sin hinchas visitantes. El entonces funcionario Javier Castrilli avisó que, si querían hinchas visitantes, Boca y River debían jugar de tarde. Así iban a hacerlo, por respeto a sus hinchas, hasta que José María Aguilar, que era presidente de River, contó que lo llamó el capo de Clarín, Héctor Magnetto, y que le indicó que la TV precisaba que el partido fuera nocturno. La ausencia de los hinchas visitantes se hizo costumbre. Un futuro Boca SA podrá jugar acaso con sistema de TV cerrada y en una Nueva Bombonera. Pero sin visitantes. Clásico argentino.
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