Me pregunto… ¿realmente nos sorprendió tanto? ¿Nos sorprende que cinco jóvenes hayan perdido la vida por consumo de drogas? ¿Nos sorprende que no hayan podido decir que no? Si como padres no sabemos poner un límite que les dé seguridad y confianza.
¿Nos sorprende que hayan consumido alcohol en manera desmedida? Si sucede que es cada vez más habitual que los chicos hagan la “previa” en casa y lo permitimos porque nos parece “más seguro”.
En medio de esta gran confusión, de una marea cotidiana que nos lleva de un lado a otro, nos cuesta asumir nuestro rol de liderazgo como educadores
¿Nos sorprende que haya droga? Si permitimos y naturalizamos la circulación de la marihuana, porque es una droga “sana”.
En lugar de sorprendernos, deberíamos reflexionar y analizar cuánta responsabilidad nos cabe como adultos, pero fundamentalmente como padres y educadores. Desde hace ya un tiempo hemos perdido la brújula en esta sociedad del vale todo. Esta sociedad donde son difusos los límites entre lo que está bien y lo que está mal; donde aparecen en los medios, incluso en la voz de comunicadores de cierto prestigio, argumentos para legitimar lo que otrora era impensable.
En medio de esta gran confusión, en medio de una marea cotidiana que nos lleva de un lado al otro, nos cuesta asumir nuestro rol de liderazgo como educadores. Nos da miedo poner un límite, una simple regla en casa; nos da temor que nuestro hijo sufra, que nos vea como un enemigo y hacemos lo imposible por ahorrarle cualquier disgusto. Nos desvivimos por evitarle desde una pequeña frustración hasta la confrontación de la consecuencia natural de sus acciones….y así, poco a poco, con las mejores intenciones, pero con cierta miopía parental, vamos minando poco a poco su confianza y su seguridad…
¿Cuántas herramientas les damos, entonces, para la vida?
Nos hace falta asumir la autoridad que nos es inherente por padres, por docentes y que no es más que un acto de amor, pero a la que le tememos
¿Cuántas herramientas para que puedan decir que no frente a un dealer, frente a la presión de los amigos o frente a la inquietud por transgredir propia de la juventud?
Como madre y educadora pienso que ciertamente nos hace falta retomar las riendas, que es menester para poder brindarles a nuestros hijos y alumnos una formación que les permita desarrollarse en libertad pero a sabiendas que muchas veces será en un contexto adverso, en un mundo con contravalores. Nos hace falta asumir la autoridad que nos es inherente por padres, por docentes, esa autoridad que no es más un acto de amor pero a la que le tememos. Es indispensable que acompañemos a nuestros niños y jóvenes con esos límites que van haciendo de faro en sus momentos de confusión, de descrédito de los adultos, de angustia. Esos límites no hacen más que reafirmar cuánto los queremos y lo valiosos que son.
Esta tragedia evitable, con este saldo doloroso y estremecedor, debe sacudirnos, hacernos reflexionar, invitarnos a motivar a nuestros hijos y alumnos a una genuina diversión, al disfrute de situaciones naturales y saludables que no distorsionan la capacidad de discernir y que no los ponen en peligro, para que nunca estén presos de este siniestro circo de intereses, para que, en última instancia, en pleno uso de su libertad, puedan elegir decir que “no”.
(*) Docente, directora del colegio Crisol
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