Los allanamientos que encabeza el fiscal Marijuan en Santa Cruz han agregado nuevas imágenes a una historia cada vez más “cinematográfica”. Sería entretenido, si no estuviera en juego un asunto de máxima gravedad. La causa por la llamada “ruta del dinero K” tiene todos los ingredientes de una serie de Netflix: autos lujosos; espectaculares operativos policiales; cámaras ocultas que registran “el botín”; whiskys y habanos mientras se cuentan millones sobre una mesa... Y ahora máquinas excavadoras con las que se revuelve la tierra árida de la Patagonia en búsqueda de un supuesto “tesoro” escondido.
Como ocurrió hace pocos meses con aquella triple fuga de los condenados por los crímenes de la efedrina, el país asiste ahora a una secuencia noticiosa que parece, en realidad, escrita por guionistas de series de suspenso.
Pero detrás de esa espectacularidad y esas imágenes entre indignantes y pintorescas, se esconden inquietantes interrogantes: ¿Hubo efectivamente un plan sistemático para vaciar cajas del Estado a través de una red de corrupción tejida alrededor de la obra pública? ¿Hay una tardía reacción judicial, con operativos espectaculares que deberían haberse hecho antes? ¿Responden estos allanamientos a un riguroso y ordenado trabajo de investigación judicial o son, en cambio, una respuesta a las apuradas frente a la presión social?
¿Hasta dónde llegará la Justicia? ¿Se agota la trama de corrupción en la presunta responsabilidad penal de Lázaro Báez?
La impresión generalizada es que se ha abierto una caja de Pandora y ahora nadie la puede cerrar. Pero todavía hay más preguntas que certezas.
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