Con las denominadas “fiestas electrónicas” parece querer aplicarse el viejo e inaceptable criterio de prohibir aquello que no se puede o no se sabe controlar. Después de la conmocionante tragedia en la que murieron cinco jóvenes por consumo de drogas y alucinógenos durante una fiesta de este tipo, la primera reacción ha sido prohibirlas. ¿Es la solución? No sólo no se resolvería así el problema de fondo sino que, además, se afirmaría un criterio peligroso. Llevado a un extremo absurdo, ese criterio aconsejaría cerrar las escuelas para evitar la violencia que muchas veces se produce dentro de sus aulas.
Ya se ha seguido esta lógica con el fútbol. Se han prohibido las hinchadas visitantes ante la impericia policial para garantizar el orden en los estadios. Ahora se pretende hacer algo similar con las “fiestas electrónicas”. ¿Qué más se va a prohibir ante la incapacidad del Estado y de las fuerzas de seguridad en particular para garantizar orden, cumplimiento de las normas y controles adecuados?
El planteo de estos días abre varios interrogantes: ¿Qué son concretamente las fiestas electrónicas? Son aquellas en las que se pasa un determinado tipo de música y se baila con un estilo particular. ¿Eso es lo que se quiere prohibir? ¿Se llegará al absurdo de censurar un determinado tipo de música por la suposición de que potencia consecuencias dañinas? ¿No se habilitarían así otros planteos absurdos, como la prohibición de las fiestas de rock si se supone que ese género atrae algún tipo de exceso o desmesura? Suena anacrónico y disparatado: en la Inglaterra victoriana, a principios del siglo XIX, prohibieron el vals porque lo consideraban ofensivo; en la Alemania prusiana, juzgaban al tango como “una danza de proxenetas y prostitutas” y prohibieron que los oficiales lo bailaran si vestían uniforme. Podría decirse que aquí no se haría desde el “escándalo moralista” sino desde el temor al descontrol. En cualquier caso, la prohibición de un determinado tipo de música o de baile resulta cuestionable.
Hay algo, además, que no queda claro: ¿Cómo se definiría, a partir de la prohibición, qué es exactamente una fiesta electrónica? ¿Dejaría de serlo si en el menú musical se intercalaran algunas canciones de rock, de jazz o de rap?
A lo que debe apelarse es a la eficacia de los controles para asegurar que en cualquier encuentro multitudinario -sea del tipo que sea, del género o el estilo que sea- se cumplan las normas de seguridad, no se comercialicen sustancias prohibidas, se acaten las regulaciones vigentes y se respeten los límites que corresponden. Prohibir lo que no se puede controlar no es una opción razonable.
Los cinco jóvenes que murieron en el Time Warp de Costa Salguero no murieron por la música electrónica. Murieron, en todo caso, porque en ese lugar les vendieron droga; porque estaban hacinados (con una capacidad excedida), porque no había suficiente hidratación; porque quizá no hayan sido auxiliados a tiempo. Eso es lo que debe revisarse. Prohibir las fiestas parecería un retroceso a una sociedad primitiva que, por impotencia e impericia, cierra alternativas de esparcimiento o diversión que no son malas en sí mismas, más allá de los gustos y opiniones de cada uno.
El problema son los excesos, es el descontrol, es la corrupción, es el narcotráfico... Eso es que lo debería combatirse con herramientas legítimas y eficaces.
El mundo ofrece ejemplos que merecen ser observados. Gran Bretaña terminó con la violencia barrabrava sin “matar” al fútbol. Es apenas un ejemplo.
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