Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
En la Sagrada Escritura se encuentran numerosos casos en que se pone en práctica la obra de misericordia de corregir al que yerra, sobre todo cuando ese error es sinónimo de pecado. Así el mismo Jesús afirma: “Si tu hermano peca, vé y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt 18, 15).
En el trato diario con las personas más allegadas, en la propia familia, en el trabajo o en otra parte, quizás podamos observar que hay quienes tienen actitudes o proceden de un modo que no coincide con el ser cristiano, llegando a formar hábitos o costumbres que los distancian de Dios, y hasta del prójimo. Así, por ejemplo, pueden darse críticas, burlas, impaciencias, faltas de puntualidad, desplantes, y muchas otras actitudes.
En realidad, sólo Dios puede mover el corazón humano que se encuentra endurecido y obtener el mejor resultado
Quizás, si nos examináramos con objetividad, nosotros mismos podemos reconocernos como desatentos, apresurados, desordenados, o carentes de paciencia, mansedumbre, etcétera, y una corrección fraterna recibida a tiempo, con caridad, sería saludable y nos ayudaría a mejorar. De hecho, todos tenemos muchos defectos y cometemos continuos errores, ante todo como consecuencia del pecado original, pero también por la rutina o la falta de consideración, o por no ejercitarnos en la práctica de las virtudes.
Precisamente por eso, Jesús enseña: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen o no serán juzgados… ¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo’, tú, que no ves la viga que tienen en el tuyo?...” (Lc 6, 36 ss). Esta obra de misericordia y gran ayuda espiritual - me refiero a la corrección fraterna - nace de la caridad, pero también podría ser una exigencia de la justicia. Quien ha resulto en la oración ayudar a un prójimo por medio de este servicio, ha de saber que no es fácil y que, posiblemente, sufra mayor incomodidad el que lo haga que quien lo recibe.
La corrección al hermano que la necesita siempre ha de ser en consonancia con el Evangelio, es decir en la verdad, en el momento oportuno, en privado, con caridad, mansedumbre, sencillez, y hasta con buen humor. La humildad nos enseñará a encontrar las palabras adecuadas, de modo que el otro nunca se sienta ofendido, sino que llegue a dar gracias a Dios y ponga por obra la enmienda que ha quedado sugerida. En el caso que la corrección haya fracasado, el hermano que ha querido tener ese acto de misericordia, todavía tiene algo importante que hacer: ante todo no insistir y respetar al otro, pero sobre todo rezar por él y ofrecer alguna mortificación e incluso alguna penitencia. En realidad, sólo Dios puede mover el corazón humano que se encuentre endurecido y obtener el mejor resultado; y sin embargo no son muchos los que alcanzan la santidad que Él quiere para todos. Finalmente, si bien esta obra de misericordia - corregir al que está equivocado - está al alcance de todos los que quieran vivir el Evangelio, es necesario evitar el fracaso: no es prudente que el otro quede afectado o molesto. Por lo tanto, si en la oración previa se vislumbrara la posibilidad de un resultado negativo, conviene seguir rezando y ofreciendo a Dios actos de reparación, pero sin hacer la corrección fraterna hasta que se de un momento propicio.
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