“De a ratos te sentís como un chico. Es como volver a la infancia”, dice el arquitecto Gustavo Colombo (45) que acaba sus carreras sucio de tierra y del roce con la naturaleza, con la ropa húmeda y con el pelo revuelto y duro de barro. Es que para llegar a la meta tuvo que haber cruzado ríos caminando, charcos o largos tramos de terreno blando. Hace seis años se empezó a entrenar en runnig y ya participó en más de 20 carreras de aventura.
“Soy un adicto a todo esto. Es un escape a la rutina. Cuando salís a correr desaparece toda la cotidianeidad, no hay nada, sólo vos, la naturaleza y la carrera”, comenta Gustavo y valora que esta modalidad le permite adentrarse en lugares que de otra forma, dice, sería casi imposible o demasiado arriesgado.
El Cruce Columbia es una de las carreras de aventura más conocidas de Latinoamérica que se desarrolla en febrero, desde hace 14 años, en la Patagonia. Se corre en etapas (dura tres o cuatro días) y busca unir simbólicamente Argentina con Chile: el objetivo es cruzar la Cordillera de los Andes. Dado que existen varias opciones para enlazar ambos países, el recorrido cambia todos los años. En esta edición participaron más de una treintena de platenses.
“Una de las dificultades de este año fue que tuvimos que caminar 800 metros con el agua hasta la cintura. Es divertido, pero además son increíbles los paisajes que ves en esos lugares”, recuerda Gustavo, que anualmente participa de unas siete carreras de aventura.
“Por suerte a mis dos hijos, que tienen 10 y 12 años, y a mi mujer que es profesora de educación física les gusta el deporte y aunque ellos no participan de estas competencias, nuestras vacaciones siempre implican actividades como subir montañas”, cuenta Gustavo, y bromea: “Claro que después tengo que equilibrar con días de compra”.
Las carreras de aventura crecieron a un ritmo vertiginoso en los últimos 20 años. La cantidad de adeptos llevó a que se multipliquen las opciones de competencias: se organizan en varios países, en terrenos muy diversos, con distintas reglas y kilometrajes.
El juez Ricardo Sosa Aubone (56) cuenta que el año pasado participó de una competencia en la montaña, que se corría en equipos de doce personas: “Si uno abandonaba, el equipo quedaba descalificado. En ese sentido era mucha presión. Además teníamos que subir 900 metros y el tramo que se hacía en altura era muy exigente”.
Ricardo empezó con el running antes de que el término se volviera popular, hace 34 años. Recuerda que en esos tiempos habían tan pocos corredores que los entrenadores no cobraban: como un hobbie preparaban a los interesados en participar de maratones. Él -dice- compitió en tantas, que ya no recuerda en cuántas. El año pasado salió campeón argentino de la categoría veteranos, en una carrera de pista. Y el primero de enero de 2015 formó parte de la afamada maratón de Nueva York que reúne a más de 40.000 runners. Cuenta que entrena casi todos los días y que suma entre 60 y 100 kilómetros semanales.
Ricardo, que en las competencias busca superar su marcación personal (“Para mí es un desafío grande porque a medida que pasa el tiempo vas perdiendo fuerza y vas corriendo más lento”), considera que a pesar de que las carreras de aventura siempre implican atravesar caminos arduos, hay en ellas algo desestresante: “Estás rodeado de un bello paisaje y no te preocupás tanto por el tiempo porque como hay subidas, bajadas y tramos en los que se debe caminar, es casi imposible de calcular. En una de calle vas obsesionado con el ritmo”, compara.
Roxana del Cid (40), que es runner e instructora para quienes aspiran a serlo, explica que las carreras de aventura requieren de una preparación especial. “Buscamos terrenos desparejos para entrenar. El Parque Pereyra es ideal. Los domingos a la mañana es un hormiguero de corredores ejercitándose”.
Cuenta que entrena cuatro veces por semana. Dos meses antes de cada carrera o maratón ajusta su entrenamieto al objetivo. El año pasado participó de 15 competencias, pero aclara que lo puede hacer porque lleva casi dos décadas de entrenamiento.
“Las carreras de aventura son como un lugar natural para mí. Me siento súper cómoda. Me gusta conectar con la naturaleza. Uno se siente más íntegro. Superarse en cada obstáculo te fortalece un montón. ”, dice, y aclara que no cualquier persona puede participar de estas competencias: “Hay muchos que quieren correr y nunca se subieron a una bici. Al menos hay que tener uno o dos años de entrenamiento. También influye el antecedente de ejercicio. Tampoco es bueno perseguir alocadamente carreras. Hay que buscar objetivos que sirvan. Siempre hay ansiedades que controlar”.
Alejandro Vilchez, médico deportólogo y miembro de la Federación Argentina de Cardiología, dice que en los últimos años este tipo de carreras crecieron a un ritmo vertiginoso porque resultan divertidas y algunos las planean como unas mini vacaciones. “Ahora estas competencias convocan a más participantes que las de pistas. Mucha gente del atletismo formal migró a ‘la aventura’”.
Sin embargo, el especialista en salud advierte que no es algo para tomárselo a la ligera: “El problema es la dificultad supone este tipo de competencias. Tenés que saber ascender, descender, soportar condiciones extremas. Para afrontar las subidas tanto los músculos como el corazón deben estar muy preparados. Por eso requieren de una preparación extrema y no cualquiera puede soportarlo”.
Tampoco sería recomendable e incluso podría resultar bastante riesgoso para el corazón empezar a entrenar como un profesional de un día para otro. “Cuando en cuestión de meses se incrementa demasiado el entrenamiento ocurren modificaciones en el sistema nervioso autónomo (encargado del control automático del aumento y la disminución de la frecuencia cardíaca en el esfuerzo y en el reposo). Y cuando aparecen anormalidades en este funcionamiento se puede producir una disminución importante en el pulso o en la frecuencia cardíaca, bloqueos o arritmias graves. Incluso hasta una muerte súbita”, explica Vilchez.
En esta edición del Cruce Columbia, el platense Pedro Billordo, cárdiologo, formó parte del plantel médico que asistió a los corredores durante los cuatro días de competencia. “Eran frecuentes las lesiones, esguinces, desgarros, problemas por uñas encarnadas y ampollas. Tuvimos entre 10 y 15 casos graves de runners que por problemas de salud, como desmayos o deshidrataciones importantes, debieron abandonar la competencia”, recuerda, y agrega: “La mayoría de las lesiones se producían por falta de preparación, ya sea por un entrenamiento inadecuado o por indumentaria inapropiada: llevaban mochilas con demasiada carga o que no se ajustaban al cuerpo, ropa nueva o zapatillas y medias que no eran recomendadas para ese tipo de carrera”.
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